Vancouver estaba empezando a enfriarse, y la llegada del invierno se sentía más intensa con cada día que pasaba. Adrián, quien no estaba preparado para las temperaturas frías de la ciudad, se había dado cuenta de que su ropa no era suficiente para enfrentarse al clima. Así que, un fin de semana, Aiko lo convenció de que debían ir a comprar una buena chaqueta para el frío.
—No puedes seguir usando esa sudadera —bromeó Aiko mientras caminaban por la famosa Robson Street, el centro neurálgico de las compras en Vancouver—. Te vas a congelar.
Adrián sonrió, rascándose la nuca con un gesto de vergüenza.
—Lo sé, lo sé... pero nunca pensé que haría tanto frío. En mi ciudad, esto no pasa.
Robson Street estaba llena de tiendas de moda, desde boutiques de lujo hasta tiendas más accesibles, y el bullicio de la gente llenaba el aire. Aiko, con su acostumbrada elegancia casual, guió a Adrián hacia una tienda que le pareció adecuada.
—Vamos aquí, seguro encontramos algo que te quede bien —dijo con una sonrisa, mientras abría la puerta de la tienda.
Adrián la siguió, sorprendido por la cantidad de opciones. Aiko comenzó a revisar los abrigos y chaquetas colgados, palpando las telas y verificando el precio, mientras él la observaba en silencio, admirando lo natural que era verla en ese entorno.
—¿Qué te parece esta? —preguntó Aiko, sosteniendo una chaqueta gruesa de color oscuro, con forro térmico por dentro.
Adrián tomó la chaqueta y se la probó frente al espejo. Se miró un momento, pero no estaba del todo seguro.
—¿Qué tal? —preguntó, esperando su opinión.
Aiko lo miró con atención, evaluando cómo le quedaba. Se acercó y ajustó el cuello de la chaqueta, mientras él la observaba de reojo, disfrutando del cuidado que ponía en cada detalle.
—Te queda bien, pero... no sé —dijo Aiko, pensativa—. Quizá deberías probar algo más claro, algo que destaque más.
—¿Crees? —respondió Adrián, sorprendido por su sugerencia—. No pensé que los colores claros fueran para el frío.
Aiko sonrió con una chispa de diversión en los ojos.
—Bueno, no todo es práctico. A veces es cuestión de estilo, ¿no? —respondió mientras le mostraba una chaqueta gris claro, de líneas más simples.
Adrián se la probó y, para su sorpresa, le gustó cómo se veía. Aiko lo miró satisfecha.
—Mucho mejor. Realmente resalta con tu tono de piel —comentó, dando un paso atrás para observarlo completo.
Adrián, riendo, se miró en el espejo.
—Vaya, parece que tengo una asesora de moda a tiempo completo —bromeó, agradecido por su ayuda.
Después de pagar la chaqueta, Adrián pensó que su aventura de compras había terminado. Pero para su sorpresa, Aiko le dijo con una sonrisa maliciosa:
—Bueno, ya que tú ya tienes lo que necesitabas... ahora es mi turno.
Adrián la miró, fingiendo horror.
—¿Ahora me vas a arrastrar a tus tiendas de ropa? —preguntó en tono juguetón.
Aiko rió, empujándolo suavemente hacia adelante.
—Sí, y más vale que no te quejes.
Lo que Aiko no esperaba era que, a diferencia de muchos hombres, a Adrián no solo no le molestara acompañarla, sino que parecía disfrutarlo. Entraron a varias tiendas de ropa, y mientras Aiko se probaba diferentes vestidos y suéteres, él le daba su opinión, sorprendiéndola con sus comentarios atentos y acertados.
—Ese color te queda bien, pero creo que el corte no es el mejor. ¿Y si pruebas ese vestido verde? Creo que resaltaría más —sugirió mientras ella evaluaba las opciones en un vestidor.
Aiko lo miró, con una ceja levantada.
—¿Desde cuándo eres tan bueno para esto? —preguntó, divertida pero impresionada.
Adrián se encogió de hombros, sonriendo.
—No lo sé, pero si me vas a arrastrar a ir de compras, al menos quiero hacerlo bien.
Ambos rieron, y Aiko se dio cuenta de lo mucho que le gustaba tener a Adrián con ella en ese momento. No muchos hombres disfrutarían pasar tiempo en una tienda, menos aún sugiriendo qué ponerse. Y, sin embargo, ahí estaba él, no solo acompañándola, sino también mostrándole un lado atento que la hacía sentir especial.
Después de elegir varios vestidos y suéteres, Aiko entró al vestidor con una prenda que había captado su atención: un vestido ajustado, negro y elegante, que Adrián no dejó de mirar mientras lo sacaba de la percha.
Cuando salió del vestidor, Adrián se quedó sin palabras. El vestido le quedaba increíble, resaltando cada curva de su cuerpo de manera sutil pero llamativa.
—¿Qué te parece? —preguntó Aiko, girando ligeramente para mostrarle cómo se veía.
Adrián sonrió, pero no era la típica sonrisa de aprobación. Sus ojos brillaban con un toque pícaro que Aiko notó al instante.
—Se te ve... increíble —dijo él, pero luego agregó con un tono bajo, inclinándose ligeramente hacia ella—. Aunque... también te verías muy bien si te lo quitas luego, esta noche.