Después de un largo día de compras, Adrián y Aiko caminaban de regreso al apartamento de ella, cargados con bolsas llenas de ropa nueva. La tarde en Robson Street había superado las expectativas de ambos, y Aiko seguía sorprendida de lo fácil que había sido disfrutar de su compañía, más de lo que esperaba. A medida que la ciudad se llenaba de luces y el cielo se teñía de colores oscuros, ambos se sentían relajados, pero la picardía en sus miradas no había desaparecido desde aquel comentario que Adrián había hecho en la tienda.
—No puedo creer que realmente te guste ir de compras conmigo —comentó Aiko mientras subían lentamente las escaleras hacia su apartamento, con una sonrisa juguetona en los labios.
Adrián sonrió, sintiendo el calor de su mirada recorrer cada centímetro de su cuerpo.
—Me gusta pasar tiempo contigo, no importa dónde estemos —respondió él, su voz profunda resonando en el espacio cerrado—. Además, disfruto verte feliz, y eso es lo que realmente importa.
Aiko lo observó con una mezcla de cariño y diversión, sus ojos brillando bajo las luces del pasillo. Aún sentía el cosquilleo en su estómago por aquel comentario atrevido que Adrián había hecho sobre uno de los vestidos que ella se había probado.
—Eres un romántico —dijo ella, acercándose lo suficiente como para que sus cuerpos apenas se rozaran—. Aunque lo del vestido… no lo vi venir.
Adrián dejó escapar una risa baja, casi un susurro, mientras abría la puerta del apartamento. Sus manos rozaron la suya brevemente, lo suficiente para que la electricidad entre ambos aumentara, haciendo que el ambiente cambiara al cruzar el umbral.
—No suelo decir ese tipo de cosas, pero contigo… todo parece salir solo —admitió, dejando caer las bolsas junto a la entrada.
Aiko cerró la puerta suavemente detrás de ellos, sus movimientos lentos, casi calculados, mientras se quitaba la chaqueta. El suéter ajustado que llevaba se pegaba a su piel de una forma que hacía imposible para Adrián apartar la mirada. Cada curva de su cuerpo parecía estar esculpida por la luz suave que llenaba la habitación, y su presencia lo atrapaba, como si fuera la única persona en el mundo.
—¿Te gusta cómo me queda esto? —preguntó ella, acercándose con un paso suave, sus ojos fijos en los suyos, con una intensidad que lo hizo contener el aliento por un segundo.
Adrián se acomodó en el sofá, sin poder apartar los ojos de ella. Su mirada recorría cada detalle, desde el sutil movimiento de sus caderas hasta la forma en que el suéter se ajustaba a su torso. Su voz salió más grave de lo habitual, casi un susurro cargado de deseo.
—Te ves increíble con todo lo que compraste… —murmuró, sus palabras cargadas de una sinceridad que hacía que el aire se sintiera más denso—. Pero si soy honesto, prefiero verte con menos ropa que con más.
Aiko rió suavemente, intentando disimular el rubor que comenzaba a subir por sus mejillas. Sabía que Adrián estaba jugando, pero la cercanía entre sus cuerpos y la tensión que había crecido durante toda la tarde hacían que el momento se sintiera más inevitable de lo que ambos habían anticipado.
—¿Ah, sí? —dijo ella, inclinándose lo suficiente como para que sus labios rozaran los de él, sin llegar a tocarlos del todo—. Tal vez deberías tener un poco de paciencia.
La provocación estaba clara en su voz, pero el tono suave y tentador hacía que cada palabra pareciera una invitación. Aiko se levantó lentamente, permitiendo que sus dedos rozaran los de Adrián mientras se alejaba hacia la cocina. El contacto, aunque breve, fue suficiente para que un escalofrío recorriera su espalda.
—¿Tienes hambre? —preguntó desde la cocina, su voz flotando en el aire como una caricia.
Adrián sonrió para sí mismo, sabiendo que Aiko estaba jugando con él. Se recostó en el sofá, todavía sintiendo el calor de su cercanía, mientras el deseo latente entre ellos crecía a cada segundo.
—Un poco —respondió, su tono despreocupado, pero cargado de intenciones—. Pero no tanta hambre como para no disfrutar de la compañía.
Aiko apareció en la puerta de la cocina, con dos copas de vino en las manos, su mirada intensa, llena de una chispa que decía mucho más de lo que cualquier palabra podría expresar. Sus movimientos eran lentos, sensuales, mientras cruzaba la sala y le entregaba una copa. Ambos brindaron en silencio, sus ojos conectados en una conversación muda, donde el deseo parecía gritar lo que sus bocas callaban.
Bebieron lentamente, pero la tensión en el aire seguía aumentando. Las miradas, los pequeños roces de sus cuerpos, cada gesto parecía más cargado de promesas. Aiko dejó su copa sobre la mesa y, con un movimiento suave, se acomodó junto a Adrián en el sofá, su cuerpo rozando el suyo, haciendo que la distancia entre ambos se desvaneciera por completo.
—Me gusta cómo estamos ahora —susurró ella, acurrucándose en su pecho, su aliento cálido acariciando su cuello—. No pensé que podría sentirme tan conectada con alguien tan rápido.
Adrián deslizó una mano por su espalda, su toque suave, pero firme. Sus dedos seguían las curvas de su cuerpo, disfrutando de la suavidad de su piel bajo la tela. El momento se llenó de una intimidad que iba más allá del deseo, algo que ambos sentían pero no necesitaban poner en palabras.
—Yo tampoco lo esperaba —dijo él, besando suavemente su cabello, mientras su mano bajaba hasta su cintura, atrayéndola más hacia él—. Pero me alegra que haya pasado.