Que sea solo una noche

Capítulo 31: La despedida que se avecina

El invierno en Vancouver se sentía más crudo y despiadado cada día, como un reflejo de la cuenta regresiva que Aiko y Adrián no podían detener. Las calles cubiertas de una fina capa de escarcha, los días cada vez más cortos, y el frío en el aire parecían una metáfora perfecta para la sensación de despedida inminente que se cernía sobre ellos. Adrián solo tenía unos días más en Canadá antes de regresar a México, y la sombra de ese último adiós se volvía más pesada con cada amanecer.

El apartamento de Aiko, que había sido un refugio cálido y seguro, ahora estaba cargado de una tristeza silenciosa. Aunque seguían compartiendo momentos juntos, riendo en ocasiones y abrazándose con fuerza, había una nube que no podían disipar: la despedida que se avecinaba y que ninguno de los dos sabía cómo enfrentar.

Una tarde, mientras paseaban por el parque donde tantas veces habían caminado, Aiko se detuvo de repente, su rostro tenso y sus labios temblando ligeramente. Adrián, al darse cuenta de que algo iba mal, la miró con preocupación. Sabía que este momento llegaría, pero aún así, no estaba preparado.

—Adrián... —dijo Aiko en voz baja, con una mezcla de miedo y resignación—. Tenemos que hablar sobre lo que va a pasar cuando te vayas.

Esas palabras cayeron como una losa sobre el corazón de Adrián. Aunque había intentado no pensar en ello, la realidad lo golpeó con toda su fuerza. El tiempo que compartían juntos se estaba agotando, y pronto, la distancia sería una barrera tangible que separaría sus vidas.

—Lo sé —murmuró él, su voz casi inaudible. Bajó la mirada, buscando las palabras que no quería pronunciar—. Pero no sé cómo hablar de eso sin sentir que me estoy despidiendo de ti... para siempre.

Aiko levantó la vista hacia él, y aunque intentaba mantener la compostura, sus ojos traicionaban su verdadero sentir. Estaban llenos de tristeza, de incertidumbre, y de una fragilidad que Adrián no había visto antes. Era como si todo el dolor que había estado acumulando durante semanas finalmente saliera a la superficie.

—No quiero que te vayas —confesó Aiko, su voz temblando—. No quiero tener que decir adiós, pero no podemos ignorarlo más. No sé qué va a pasar cuando ya no estés aquí.

Adrián sintió que su corazón se rompía en mil pedazos al escuchar esas palabras. Sabía que Aiko estaba siendo honesta, y eso lo aterrorizaba tanto como a ella. La realidad de la despedida era inevitable, y el miedo a lo que eso significaría para ellos comenzaba a ahogar cualquier esperanza.

Se acercó a ella y tomó sus manos entre las suyas, como si ese contacto físico pudiera evitar que el tiempo los separara.

—Aiko, no quiero que pienses que esto es el final. No quiero que sientas que, porque me voy, vamos a perder lo que tenemos —dijo Adrián, su voz rota por la emoción—. Te amo, y no voy a renunciar a ti solo porque la distancia se interponga entre nosotros.

Aiko lo miró, sus ojos llenos de lágrimas que luchaba por contener. Quería creerle, quería aferrarse a la promesa de que todo estaría bien, pero sabía que no era tan simple. Las relaciones a larga distancia eran duras, y había visto demasiadas historias de amor que se habían desmoronado bajo el peso de la separación.

—¿De verdad crees que podemos hacerlo funcionar? —preguntó Aiko, su voz apenas un susurro—. Las relaciones a distancia... son tan difíciles. Tengo miedo de que, cuando te vayas, todo cambie. Que dejes de sentir lo mismo.

Adrián sintió un nudo en la garganta. Sabía que Aiko estaba asustada, y él también lo estaba. Pero más que el miedo, sentía una convicción profunda de que lo que tenían era especial, algo por lo que valía la pena luchar.

—Aiko, sé que será difícil. No voy a mentirte. Pero lo que tenemos es real, y no quiero perderlo solo porque estemos lejos. Vamos a encontrar una manera de hacerlo funcionar. Te lo prometo —dijo, apretando sus manos con fuerza.

Aiko apartó la mirada, sus lágrimas finalmente cayendo mientras hablaba.

—Tengo miedo de que la distancia nos destruya. Nunca hemos estado separados... No sé cómo será estar sin ti, y no quiero que todo termine en dolor —dijo ella, su voz rota.

Adrián la abrazó con fuerza, sintiendo cómo sus lágrimas empapaban su camisa. La sostuvo como si de alguna manera, al aferrarse a ella, pudiera evitar que todo lo que temían se hiciera realidad.

—No voy a dejar que eso pase —susurró, su voz apenas audible contra su cabello—. No importa lo lejos que estemos, voy a seguir amándote. No puedo prometer que será fácil, pero sí puedo prometer que lucharé por nosotros.

La intensidad de sus palabras hizo que Aiko sollozara más fuerte. Lo abrazó con todas sus fuerzas, como si temiera que al soltarlo, él desapareciera para siempre. Sabía que Adrián lo decía en serio, pero el miedo a la incertidumbre del futuro la desgarraba por dentro.

Esa noche, de vuelta en el apartamento, se sentaron en el sofá, en un silencio que hablaba más que cualquier conversación. El miedo y la tristeza seguían ahí, palpables, pero también había una determinación compartida. Sabían que la despedida era inevitable, pero también sabían que estaban dispuestos a intentarlo, a no dejar que la distancia los venciera.

Aiko tomó la mano de Adrián, sus dedos entrelazados, como si al hacerlo pudiera detener el tiempo.

—Siempre he tenido miedo de lo desconocido —confesó ella, su voz apenas un susurro—. Y esto... esto es lo más aterrador que he enfrentado. No saber qué pasará con nosotros, no saber si podremos soportar la distancia.




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