El cielo estaba despejado, con un sol que parecía brillar más de lo habitual, como si Vancouver quisiera despedir a Adrián y Aiko con un último día perfecto. Pero aunque la ciudad se vestía de luz, ambos sabían que la sombra de la despedida pendía sobre ellos, envolviendo cada momento en una sensación de tristeza inminente.
Desde el momento en que despertaron esa mañana, una tensión silenciosa llenaba el aire. Habían decidido pasar su última jornada juntos en el parque, el lugar que había sido su refugio, testigo de tantas conversaciones, risas y momentos que ahora sentían más preciosos que nunca. Mientras caminaban por los senderos cubiertos de hojas caídas, el frío invernal acariciaba sus rostros, pero el verdadero frío estaba en sus corazones, donde la cercanía de la despedida empezaba a pesar más y más.
—Siempre me ha gustado este parque —dijo Aiko, su voz un susurro suave mientras observaba el paisaje—. Aquí todo parece detenerse. Como si, por un momento, el tiempo no importara.
Adrián la miró, con una sonrisa melancólica pintada en su rostro. Apretó su mano con ternura, sintiendo cómo ese simple gesto adquiría un significado más profundo en su última tarde juntos.
—Tal vez por eso siempre venimos aquí —respondió él—. Es nuestro lugar, lejos de todo lo que podría alcanzarnos.
Ambos siguieron caminando en silencio, escuchando el crujido de las hojas bajo sus pies, dejando que el sonido llenara los huecos de las palabras que no se atrevían a pronunciar. Sabían que el final estaba cerca, pero intentaban mantener a raya la tristeza que comenzaba a envolverlos. No querían que esa última tarde fuera dominada por el dolor.
Se sentaron en una banca frente al lago, observando a los niños correr y jugar, mientras los rayos del sol del atardecer comenzaban a teñir el cielo de tonos anaranjados y rosados. Aiko, que había mantenido una apariencia tranquila durante la mayor parte del día, sintió cómo una oleada de emociones comenzaba a apoderarse de ella. Sabía que, en cuestión de horas, tendría que despedirse de Adrián, y ese pensamiento era casi insoportable.
Adrián, notando el cambio en su expresión, la atrajo hacia él y le dio un suave beso en la frente. No había palabras que pudieran aliviar lo que ambos sentían, pero ese gesto era su manera de decirle que estaba allí, que comprendía lo que ella estaba viviendo.
—Lo sé... —murmuró él, con la voz cargada de una tristeza que intentaba mantener a raya—. No quiero que este día termine.
Aiko apoyó su cabeza en su hombro, cerrando los ojos para disfrutar ese momento, a sabiendas de que sería uno de los últimos que compartirían antes de la separación. El peso de la despedida comenzaba a oprimir su pecho, y aunque no quería llorar, sentía cómo las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos.
El sol finalmente comenzó a desaparecer en el horizonte, y con él, la realidad de lo que venía se volvió imposible de ignorar. Cuando llegó el momento de marcharse, caminaron en silencio hacia la estación de metro, con las manos aún entrelazadas. Cada paso los acercaba más a la despedida, y el dolor de esa certeza se volvía más agudo con cada minuto.
Subieron al tren, sentándose uno junto al otro, en un silencio que pesaba sobre ellos como una manta húmeda. Aiko apoyó su cabeza en el hombro de Adrián, buscando consuelo en su cercanía, mientras el tren avanzaba lentamente por la ciudad. Ninguno de los dos dijo una palabra, pero ambos sentían el dolor de la separación que se acercaba inexorablemente.
—Mañana estaré en el aeropuerto para despedirme de ti —murmuró Aiko, con la voz temblorosa—. No puedo no estar ahí, necesito verte una última vez antes de que te vayas.
Adrián asintió, tragando con dificultad el nudo que se formaba en su garganta.
—Yo también lo necesito —respondió él, su voz apenas un susurro, llena de tristeza contenida.
Cuando el metro llegó a la estación de Aiko, ambos sabían que el momento había llegado. Adrián la acompañó hasta la puerta de su edificio, y cuando se detuvieron, Aiko lo miró con los ojos llenos de lágrimas que ya no podía contener.
—No quiero decir adiós, Adrián —dijo ella, su voz quebrándose—. No sé cómo voy a hacer esto. No sé cómo seguir sin ti.
Adrián la tomó en sus brazos, abrazándola con fuerza mientras ambos comenzaban a llorar en silencio. "No es un adiós...," susurró él, con la voz quebrada, "A veces el amor no es suficiente para detener el tiempo, pero es suficiente para seguir luchando contra él."
Pero ambos sabían que esa promesa, aunque sincera, no aliviaba el dolor que sentían en ese momento. Aiko se aferró a él, deseando que el tiempo se detuviera, que el mundo les diera un poco más de tiempo. Pero el tiempo seguía su curso implacable.
Finalmente, Aiko le dio un último beso, uno lleno de tristeza y amor, antes de desaparecer en la oscuridad de su edificio. Adrián la vio marcharse, y mientras ella subía las escaleras, sintió como si una parte de él se quedara atrás con ella. Caminó de regreso a la estación de metro, con el corazón tan pesado que le costaba respirar.
Esa noche, de vuelta en la casa de su familia anfitriona, el ambiente era cálido pero teñido de tristeza. Connor y Allison, quienes habían sido como una segunda familia para él, lo miraron con comprensión.
—Es difícil, ¿verdad? —preguntó Connor, con una sonrisa triste mientras le daba una palmada en la espalda.