Que sea solo una noche

Capítulo 33: La despedida en el aeropuerto

El día había llegado. El reloj marcaba las primeras horas de la mañana, y aunque el sol apenas empezaba a asomarse en el horizonte, la casa de la familia anfitriona de Adrián ya estaba en movimiento. Connor y Allison lo acompañaban en la sala de estar mientras Adrián daba los últimos toques a su equipaje. El aire en la casa estaba cargado de una mezcla de nostalgia y tristeza, ya que sabían que el tiempo de Adrián en Vancouver estaba a punto de terminar.

—Bueno, muchacho, parece que ha llegado el momento —dijo Connor, con su característico tono amigable, aunque su voz estaba teñida de melancolía—. Ha sido un placer tenerte aquí. No olvides que siempre serás bienvenido en esta casa.

Adrián sonrió, aunque el peso de la despedida ya comenzaba a apoderarse de su corazón.

—Gracias por todo, de verdad —respondió, con la voz quebrada—. No sé cómo agradecerles por todo lo que hicieron por mí. Han sido como una segunda familia.

Allison, con lágrimas en los ojos, lo abrazó con fuerza.

—Siempre tendrás un lugar aquí, Adrián —dijo suavemente—. Cuídate mucho, y por favor, no olvides escribirnos de vez en cuando.

Adrián asintió, sintiendo cómo las emociones lo inundaban. Después de un último abrazo, salió de la casa con su maleta en mano, justo cuando la minivan de la escuela llegó a la puerta. El vehículo estaba ahí para llevarlo al aeropuerto, junto con varios otros estudiantes que también se despedían de Vancouver ese día.

Subió a la minivan, encontrándose con algunos de sus amigos de la preparatoria, quienes lo saludaron con entusiasmo. Había risas y charlas animadas en el aire mientras compartían sus experiencias en Canadá, pero Adrián, aunque intentaba sonreír, se mantenía en silencio, perdido en sus propios pensamientos. Todo lo que podía pensar era en Aiko. La despedida que tanto temía estaba a solo unas horas, y aunque intentaba no dejarse llevar por la tristeza, cada kilómetro que recorrían lo acercaba más a ese momento.

Mientras el paisaje urbano de Vancouver pasaba por la ventana, Adrián recordaba cada sonrisa, cada risa, cada instante que había vivido con Aiko. No podía dejar de preguntarse cómo sería verla una última vez antes de su vuelo. El miedo de no volver a sentir esa cercanía lo asfixiaba.

Uno de sus amigos lo sacudió ligeramente.

—¡Oye! ¿Estás bien, Adrián? Estás muy callado, hombre —dijo, sonriendo.

Adrián parpadeó, sacudiéndose de sus pensamientos por un momento.

—Sí... sí, solo pensando en algunas cosas —respondió, con una sonrisa forzada.

El resto del viaje lo pasó en silencio, mientras sus amigos continuaban hablando. Adrián, en su mente, solo podía anticipar ese momento final con Aiko.

Cuando la minivan finalmente llegó al aeropuerto, Adrián sintió una mezcla de alivio y angustia. Salió del vehículo con su maleta, pero no podía concentrarse en nada más que en encontrarla. La zona de embarque estaba abarrotada de gente, familias y amigos despidiéndose, y por un momento, Adrián se sintió abrumado por el caos. Sin embargo, su mirada vagó por la multitud hasta que la vio.

A lo lejos, Aiko estaba de pie, esperándolo. El corazón de Adrián se detuvo por un segundo. Ella estaba más hermosa que nunca, con su cabello suelto y una chaqueta oscura que resaltaba la suavidad de su piel. Pero no era solo su apariencia lo que lo dejó sin aliento. Era la expresión en su rostro: una mezcla de tristeza y amor que le recordaba por qué nunca podría olvidarla.

Aiko lo vio al mismo tiempo, y por un breve instante, el mundo pareció detenerse. Sus miradas se cruzaron, y en ese momento, no importaba el bullicio del aeropuerto, ni las personas que los rodeaban. Solo existían ellos dos.

Sin pensarlo dos veces, Adrián dejó caer su maleta y comenzó a correr hacia ella, con el corazón latiendo rápidamente en su pecho. Aiko también comenzó a correr, sus ojos llenos de lágrimas, y cuando finalmente se encontraron, se abrazaron con una fuerza que parecía capaz de detener el tiempo.

El abrazo fue largo, profundo, lleno de desesperación y amor. Aiko enterró su rostro en el pecho de Adrián, sollozando suavemente mientras él la sostenía, con los ojos también llenos de lágrimas.

—Aiko... —susurró Adrián, sin poder contener el temblor en su voz.

Ella lo miró, con los ojos brillantes por las lágrimas.

—No quiero que te vayas... —murmuró, su voz quebrándose—. No quiero hacer esto.

Adrián la abrazó con más fuerza, sintiendo cómo su corazón se rompía ante la tristeza de sus palabras.

—Yo tampoco quiero irme —respondió, con la voz ahogada—. Pero te prometo que esto no es un adiós. Voy a volver, te lo prometo.

Aiko asintió, pero las lágrimas seguían cayendo. Sabía que, por mucho que quisieran que el tiempo se detuviera, el reloj seguía avanzando, y el momento de la despedida estaba cada vez más cerca.

El altavoz del aeropuerto resonó con un anuncio que parecía retumbar en los corazones de ambos: era el llamado para el embarque del vuelo de Adrián. Ese sonido, que indicaba la inminente separación, cayó como una losa sobre ellos, y el peso del momento se volvió insoportable.

Aiko lo miró, sus ojos grandes y oscuros llenos de lágrimas que luchaba por contener, pero que finalmente caían. Su labio temblaba, y aunque trataba de hablar, las palabras se le ahogaban en la garganta.




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