Que sea solo una noche

Capítulo 34: El vuelo hacia lo incierto

Adrián observaba por la ventana del avión cómo las luces de Vancouver se desvanecían lentamente bajo una capa de nubes. Con cada kilómetro que lo alejaba de la ciudad, sentía como si una parte de él quedara atrás, atrapada en ese último abrazo con Aiko. El horizonte se perdía en la oscuridad, y con él, el eco de las promesas que se hicieron.

El omamori descansaba en su mano, el suave tejido japonés era su único consuelo. Lo apretaba con fuerza, como si ese pequeño talismán pudiera mantenerlos conectados a pesar de la distancia, como si ese simple gesto pudiera impedir que el tiempo los separara.

Pero, ¿realmente podrían sobrevivir a la distancia? Esa duda pesaba en su corazón más que la propia despedida. El tiempo era cruel, implacable, y Adrián lo sabía. Mientras el avión surcaba el cielo nocturno, las preguntas que no se atrevió a hacer en el aeropuerto lo golpeaban con fuerza.

Cerró los ojos, tratando de concentrarse en los últimos momentos que compartió con ella. Aiko, de pie frente a él, con el rostro bañado en lágrimas, mientras le decía entre sollozos que no estaba lista para despedirse. El dolor en su mirada era una imagen que jamás podría olvidar. El sonido de su nombre en sus labios seguía resonando en su mente. Ese momento, esa despedida, era tan final y, sin embargo, tan incompleta.

El avión alcanzó su altitud de crucero, pero Adrián se sentía atrapado entre dos mundos. Su cuerpo estaba aquí, volando a miles de metros sobre la tierra, pero su corazón seguía en Vancouver. A pesar de todas las promesas, no podía dejar de preguntarse si ese sería realmente el final. Si volvería a verla, si algún día cumpliría su promesa de regresar.

El amor que compartían había sido intenso, pero ¿sería suficiente? Las vidas que tenían por delante, la distancia y el tiempo parecían insuperables en ese momento. No era solo la separación física, era la duda de si ambos, con el tiempo, cambiarían más allá de lo que podían controlar. Si sus caminos, que ahora se bifurcaban, algún día volverían a cruzarse.

Abrió los ojos y observó el omamori de nuevo. Era tan pequeño, tan frágil. Y sin embargo, representaba tanto. Un símbolo de todo lo que Aiko le había dado, de la vida que compartieron por un tiempo breve pero inolvidable. ¿Pero cuánto duraría ese vínculo? El tiempo seguía avanzando, y con él, sus vidas continuarían.

"Voy a volver", se había prometido. Y aunque quería creerlo con todo su ser, en el fondo sabía que no todo estaba bajo su control. No todo dependía de su deseo o su amor. La vida tenía formas de cambiar el destino, y aunque le dolía admitirlo, tal vez este fuera el final de su historia con Aiko.

A su alrededor, los pasajeros dormían, ajenos al dolor que lo invadía. La soledad lo envolvía en el silencio del avión, pero en medio de ese vacío, algo en él aún se aferraba a la esperanza. Tal vez, solo tal vez, el destino les daría una segunda oportunidad. Quizás un día, cuando menos lo esperara, encontraría su camino de regreso a ella. O tal vez ella lo encontraría a él.

Pero también sabía que era posible que nunca volviera a verla. Que lo que compartieron se convertiría en un recuerdo distante, algo hermoso y doloroso que guardaría en su corazón, junto al omamori, como un eco de lo que fue y lo que podría haber sido.

Una lágrima silenciosa rodó por su mejilla mientras miraba por la ventana, hacia las estrellas que brillaban sobre la vasta oscuridad. Eran tan distantes, pero tan persistentes, como el amor que aún sentía por Aiko. Tal vez ese amor, aunque distante, nunca desaparecería del todo. Y eso, pensó, tal vez era lo único que realmente importaba.

El avión continuaba su curso, pero el futuro seguía siendo incierto. Adrián comprendió que algunas historias no tienen un final claro, que algunos amores no terminan, simplemente cambian de forma. Aunque el tiempo y la distancia intentarán separarlos, siempre llevaría a Aiko consigo, en los recuerdos, en el talismán, y en lo más profundo de su ser.

Mientras miraba el vasto cielo oscuro desde su ventana, una reflexión lo llenó de un inesperado consuelo: "A veces, el amor más profundo no es el que permanece siempre cerca, sino el que sobrevive a pesar de la distancia y el tiempo. Aunque nuestros caminos se separen, mi amor por ella siempre será parte de quien soy."




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