Quédate con mi cara

JAULA DE GRILLOS

El olor a cuero limpio del coche y el zumbido monótono del motor siempre conseguían darme náuseas a esas horas de la mañana.

Miré por la ventanilla tintada. Madrid se despertaba envuelto en una capa de neblina gris mientras avanzábamos por la carretera de Aravaca. A mi derecha, perfectamente repeinado y vistiendo el uniforme del instituto como si fuera un traje de pasarela, Biel ni siquiera parpadeaba. Tenía los ojos fijos en la pantalla de su teléfono, sus dedos largos moviéndose con una agilidad casi agresiva.

A veces olvidaba que compartíamos el mismo techo, el mismo apellido ficticio y el mismo aire asfixiante de una casa en Somosaguas que se nos caía encima. Y otras veces, como hoy, su sola presencia me quemaba en la piel.

—¿Vas a seguir ignorándome todo el camino o tengo que pedirle a Marcos que apague la radio para que me escuches? —su voz sonó baja, rasgada, con ese deje de superioridad que lograba ponerme los pelos de punta.
No me giré. Mantuve la vista en las luces traseras del coche que iba delante de nosotros.

—No tengo nada que decirte, Biel.
Escuché cómo bloqueaba el teléfono. El silencio que se instaló en los asientos traseros se volvió denso, eléctrico. De reojo, vi cómo se inclinaba hacia mí, acortando esa distancia de seguridad que yo tanto me esforzaba por mantener. Pol, sentado en el asiento del copiloto con los auriculares puestos a todo volumen, ni se enteraba de la tormenta que estaba a punto de estallar a su espalda.

—Anoche te escuché bajar a la cocina —susurró Biel, acercándose tanto que pude oler su colonia, esa mezcla de madera y arrogancia que solía confundirme cuando éramos más jóvenes, antes de que todo se volviera tan jodidamente complicado—. Te estuve esperando en el pasillo, Gala. Pero pasaste de largo.

—Estaba cansada —mentí, apretando los puños sobre mi falda del uniforme. El corazón me iba a mil por hora, golpeándome contra las costillas. Su cercanía me abrumaba, me restaba el aire.

Biel soltó una risa seca, despectiva, que me dolió en el centro del pecho. Esa era su especialidad: un día me miraba como si fuera lo único que importaba en su mundo y al siguiente me trataba como si fuera un estorbo en su perfecta vida de niño rico.

—Ya. Cansada —repitió, y de pronto, su mano atrapó mi barbilla con firmeza, obligándome a girar la cara para mirarlo. Sus ojos oscuros estaban clavados en los míos, fijos, posesivos—. No me gusta que me evites. Sabes perfectamente que odio que me dejes con la palabra en la boca.

La soberbia en sus ojos fue la gota que colmó el vaso. Algo dentro de mí, algo que llevaba meses contenido bajo la disciplina, el lujo y las cenas familiares perfectas, terminó por romperse. Me solté de su agarre de un manotazo, respirando agitadamente.

—¡Estoy harta, Biel! ¡Harta de tus juegos y de tus malditas reglas! —exclamé, alzando la voz lo justo para que Pol se quitara un auricular, extrañado.
En ese momento, el coche se detuvo debido al tráfico denso que congelan Madrid a hora punta. Estábamos rodeados de un mar de asfalto entre luces de freno rojas. Vi la oportunidad. Vi la salida de la jaula.
Antes de que Biel pudiera reaccionar o estirar el brazo para frenarme, alcancé la maneta de la puerta del coche.

—¿Qué coño haces, Gala? —rugió Biel, sus ojos abriéndose con auténtica sorpresa cuando el pestillo saltó.

—Bajarme —dije con un hilo de voz, empujando la puerta.

El aire frío del Madrid de la mañana me golpeó la cara abruptamente, espabilándome. Salí del coche casi tropezando con mis zapatos de uniforme, cerré la puerta de un portazo que retumbó en mis oídos y eché a caminar a paso ligero por la acera, sin mirar atrás, con el corazón en la garganta y una extraña sensación de libertad quemándome el pecho.

No sabía a dónde iba, pero por primera vez en mi vida, no me importaba.




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