Quédate con mi cara

EL CHICO DE LA SUDADERA

Caminé sin mirar atrás, con los zapatos del uniforme golpeando el asfalto de la vía de servicio con rabia. El ruido de los cláxones y el rugido de los motores atrapados en el atasco de la A-6 se fue quedando a mi espalda, transformándose en un eco lejano a medida que me desviaba por una calle secundaria.
No tenía ni idea de dónde estaba. Solo sabía que necesitaba alejarme de Biel, de sus exigencias y de esa jaula con asientos de cuero.

Cuando los nervios empezaron a pasarme factura, las piernas me temblaron y el aire frío me quemó en la garganta. Había olvidado el abrigo en el coche. Divisé una marquesina de autobús gris y destartalada un poco más adelante, en una acera medio vacía. Prácticamente me arrastré hasta ella y me dejé caer en el banco de metal.

Estaba sola. Me abracé las piernas, encogiéndome sobre la falda del uniforme, e intenté con todas mis fuerzas contener las lágrimas que me nublaban la vista. Estaba enfadada, desubicada y, por primera vez en mi vida, no tenía un chófer ni un apellido que me solucionara la papeleta.

El sonido de unas pisadas y unas risas rompió el silencio de la calle.
Me tensé al instante, levantando la cabeza de golpe. Dos chicos de mi edad se acercaban por la acera. Uno de ellos, moreno y con una sonrisa un poco descarada, hablaba por los codos señalando hacia la carretera. El otro caminaba más despacio, con las manos metidas en los bolsillos de una sudadera gris bastante gastada y una mochila al hombro.

Cuando me vieron, el chico moreno se calló de golpe y le dio un codazo a su amigo, mirándome de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y curiosidad que me hizo sentir incómoda. Me puse a la defensiva enseguida, apretando los puños. No estaba de humor para aguantar idiotas.

Pero entonces, el chico de la sudadera gris obligó a su amigo a detenerse con un gesto firme en el brazo.
Dio un paso hacia la marquesina, separándose de él. Tenía el pelo castaño, un poco revuelto por el viento, y unas facciones suaves que contrastaban con la mirada limpia y formal que clavó en mí. Al cruzarse con mis ojos, vi cómo se rascaba la nuca, un poco cohibido, como si de repente le diera vergüenza estar allí. Su ropa era sencilla, de barrio, pero transmitía una tranquilidad que yo no había sentido en toda la mañana.

Se detuvo a una distancia prudencial, lo justo para no invadir mi espacio, y me dedicó una sonrisa tímida, casi imperceptible, que logró que los latidos de mi corazón se ralentizaran por un segundo.

—Oye... —su voz sonó suave, calmada, arrastrando las palabras con una timidez que me pilló totalmente desprevenida—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
Me quedé mirándolo, parpadeando para disipar las lágrimas que amenazaban con desbordarse por mis mejillas. La pregunta se quedó flotando en el aire frío de la mañana, densa y extraña. ¿Que si necesitaba ayuda? Mi mente colapsó por un segundo. Si supiera de dónde venía, de la clase de monstruo del que acababa de escapar en mitad de la carretera, se daría la vuelta y se marcharía corriendo.

—Estoy bien —mentí por segunda vez en el día. Me esforcé por endurecer la voz, adoptando esa máscara de indiferencia que mi madre me había enseñado a usar en los eventos de la alta sociedad—. No necesito nada. Gracias.

El chico moreno, que se había quedado un par de pasos por detrás, soltó una risita que me tensó los músculos de la espalda.

—Ya, claro. Y por eso estás en una parada de la periferia a las ocho de la mañana, vestida como si fueras a heredar una multinacional y temblando como un flan. Súper creíble, de verdad.

—¡Nico, cállate de una puta vez! —le espetó el chico de la sudadera gris, girándose a medias para clavarle una mirada de advertencia tan seria que su amigo levantó las manos en señal de paz y dio un paso atrás, cerrando la boca.

Volvió a mirarme a mí. Sus ojos caramelo tenían una calma que me desconcertó. No había burla en ellos, ni esa condescendencia a la que estaba tan acostumbrada cuando los chicos del instituto me miraban. Había una preocupación real, limpia.

—No le hagas caso, es un idiota —dijo, dando un paso más hacia el interior de la marquesina. Se quitó la mochila del hombro y la dejó en el suelo, con cuidado—. Soy Lucas. Y entiendo que no quieras decirme qué te pasa, pero hace un frío de mil demonios, vas en manga de camisa y estás empapada por la niebla. Si te vas a quedar aquí a esperar el próximo autobús, al menos ponte esto.

Antes de que pudiera protestar o soltar una de mis respuestas cortantes, se desabrochó la cremallera de la sudadera gris y se la quitó. Debajo llevaba una camiseta blanca de manga corta que dejaba a la vista unos brazos fuertes, de complexión atlética, y un tatuaje pequeño en el antebrazo que no alcancé a descifrar.

Me tendió la sudadera. Estaba desgastada por los puños, pero cuando la acerqué a mí, un olor a limpio, a suavizante de ropa y a algo puramente suyo —lejos de las colonias caras y empalagosas de Biel— me golpeó la nariz.

—No puedo aceptar esto... —murmuré, aunque mis manos se cerraron alrededor de la tela casi por instinto. Estaba congelada.

—Claro que puedes —esbozó una sonrisa tímida, de esas que hacían que se le marcaran unos hoyuelos casi invisibles en las mejillas—. Te aseguro que no muerdo. ¿Vas hacia el centro? El autobús de la línea 656 tarda por lo menos media hora en pasar por aquí. Si quieres... podemos esperar aquí contigo hasta que llegue. No es buena zona para estar sola.

—Vale —susurre, deslizándome la sudadera por la cabeza. Me quedaba gigantesca, pero el calor residual y su aroma a limpio me envolvieron al instante, protegiéndome del frío—. Gracias, Lucas.

Me senté de nuevo en el banco de metal, y él, tras cruzar una mirada de advertencia con Nico para que no volviera a abrir la boca, se sentó al otro extremo, guardando una distancia respetuosa. Observé fijamente el cartel desgastado de la marquesina. Las Matas, Torrelodones, Galapagar... nombres que para mi eran como hablar en chino mandarín.




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