Quédate con mi cara

LA LEY DE LA SELVA

El trayecto en el autobús 656 fue, sin lugar a dudas, la peor experiencia de mis casi diecisiete años de vida.

Para empezar, no tenía ni idea de que los autobuses frenaban con semejante violencia. Casi salgo disparada contra el parabrisas en la primera rotonda, lo que provocó que un grupo de señoras que iban a la compra me miraran como si fuera un extraterrestre. El viaje se complicó aún más al llegar al intercambiador de Moncloa. Me encontré de golpe sumergida en una marea humana de gente con prisa, empujones en las escaleras mecánicas y un laberinto subterráneo que me hizo sentir completamente estúpida.

Tuve que gastar mis últimas monedas en un billete sencillo de metro y caminar los últimos quince minutos cuesta arriba hasta el colegio.

Cuando por fin divisé las imponentes puertas de hierro forjado de nuestro centro privado en la zona de Pozuelo, el timbre ya había sonado. El patio estaba prácticamente vacío, salvo por los rezagados de siempre y los alumnos que tenían hora libre.

Crucé la entrada arrastrando los pies, consciente de las miradas. Sabía perfectamente las pintas que llevaba: la falda tableada del uniforme, los mocasines caros y, cubriéndome casi por completo, una sudadera gris tres tallas más grande, gastada en los puños, que rompía de golpe con cualquier código de vestimenta elitista. Pero no me importaba. Todavía conservaba un sutil rastro de olor a limpio y a suavizante en el cuello de la prenda, y eso era lo único que me mantenía con los pies en la tierra.

—¿Se puede saber qué coño es esto, Gala?

Una mano me agarró del brazo con fuerza, obligándome a girar de golpe.

Biel estaba frente a mí. Su uniforme impecable, ni un solo pelo fuera de su sitio y esa mandíbula tensa que usaba cuando las cosas no salían exactamente como él quería. Tenía los ojos inyectados en rabia, fijos en la prenda gris que me cubría.

—Suéltame —siseé, tirando de mi brazo hacia atrás hasta que me liberé de su agarre.

—Marcos se ha pasado una hora dando vueltas por la vía de servicio buscándote. Mi madre ha tenido que llamar al colegio para inventarse que tenías una cita médica por si no te presentabas —habló entre dientes, dando un paso hacia mí para acorralarme contra la barandilla del patio—. ¿Y apareces ahora? ¿Con estas pintas? ¿De quién es esa puta sudadera, Gala?

Miré de reojo a un par de alumnas de primero que nos observaban desde las escaleras. Volví a clavar la vista en Biel, sosteniéndole la mirada con una frialdad que pareció descolocarlo por primera vez.

—No es de nadie que te incumba.

Biel soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de gracia. Se pasó una mano por el pelo, frustrado, acortando la distancia entre los dos hasta que Gala pudo oler su perfume caro que , de pronto, le parecía asfixiante.

—¿De nadie que me incumba? —repitió él, bajando la voz, lo que la hacía aún más peligrosa—. Mírate, Gala. Desapareces horas, vuelves vestida como si hubieras salido de un callejón y pretendes que actúe como si nada. No me dejes por tonto. Sé perfectamente que esa ropa no es tuya. Y sé que no te la ha prestado una amiga.

Gala sintió un nudo en el estómago, pero apretó los puños ocultos dentro de las mangas largas de Lucas. No iba a ceder.

—Piensa lo que quieras —dijo ella, dando un paso atrás para recuperar su espacio—. Ya no tienes derecho a interrogarme.

—¿Que no tienes que darme explicaciones? —Biel soltóuna carcajada amarga, dando otro paso al frente, ignorando por completo el espacio que ella intentaba proteger—. Joder, Gala. Después de todo lo que hemos vivido este verano, ¿ahora pretendes que actúe como si fueras un fantasma?

Sopesó sus siguientes palabras, entornando los ojos mientras la analizaba de arriba abajo, buscando una grieta en su armadura. Había una familiaridad en su forma de mirarla que iba más allá de una simple relación de hermanastros, un código compartido que solo ellos dos entendían.

—¿No me vas a contestar?

Gala se giró hacia la puerta, dispuesta a dar por terminada la discusión.

—No he terminado de hablar contigo —susurró él, rozando el límite de la desesperación.

Gala clavó los ojos en la mano de Biel, que seguía presionando la madera de la puerta, impidiéndole el paso. La cercanía de su cuerpo la asfixiaba, pero justo cuando iba a empujarlo para apartarlo, una voz familiar rompió el eco del pasillo.

—¡Gala! ¡Menos mal que te encuentro!

Era Clara. Su voz resonó desde el fondo del corredor, acompañada por el eco rápido de sus pasos acercándose.

El efecto en Biel fue inmediato. Como si le hubieran dado una descarga eléctrica, apartó la mano de la puerta y dio un paso atrás, recomponiendo su postura en un abrir y cerrar de ojos. El brillo posesivo y rabioso de su mirada desapareció, sustituido por esa expresión de indiferencia perfecta que tan bien sabía fingir ante los demás. Para el resto del mundo, ellos dos apenas cruzaban palabra.

Gala aprovechó esos dos segundos de desconcierto. Agarró el pomo de la puerta, la abrió de par en par y salió al pasillo antes de que Biel pudiera siquiera mirarla otra vez.

—¡Clara! —dijo Gala, con la voz un poco más alta de lo normal, intentando estabilizar su respiración mientras caminaba rápido hacia su amiga.

Clara se detuvo a unos metros, mirando de reojo la puerta del aula de la que Gala acababa de salir y, después, la silueta de Biel, que ya caminaba en dirección opuesta con las manos en los bolsillos, como si nada hubiera pasado. Clara arqueó una ceja, extrañada, pero su atención se desvió de inmediato hacia abajo.

—Oye... —Clara frunció el ceño, señalando con el dedo—. ¿Y esa sudadera? Te queda gigante. ¿De quién es?

Gala se tensó, hundiéndose un poco más en el cuello de la prenda gris de Lucas, sintiendo la mirada de Biel clavada en su espalda desde el final del pasillo.

—De nadie —mintió Gala, empezando a caminar a paso ligero, obligando a Clara a seguirle el ritmo—. Vámonos de aquí, por favor.




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