Quédate con mi cara

DISTANCIAS CORTAS

El olor a carbón y carne asada flotaba en el aire, mezclado con la música pop que
salía de los altavoces exteriores y el murmullo de una decena de adultos hablando demasiado alto. El jardín estaba lleno. Amigos de mis padres, vecinos que apenas conocía y, para mi desgracia, la sombra de la que llevaba toda la semana intentando escapar.

Biel estaba apoyado contra la barandilla del porche, riéndose de algo que decía Pol. Llevaba una camiseta negra que le quedaba estúpidamente bien y esa actitud de "soy el dueño del lugar" que tanto me irritaba. Se movía por la escuela y por mi propia casa como si las reglas no fueran con él. Lo odiaba. Odiaba su suficiencia, odiaba cómo trataba de acaparar la atención y, sobre todo, odiaba la forma en que mi pulso se aceleraba cada vez que entraba en una habitación. Era una reacción física, un magnetismo estúpido y traidor que mi cuerpo no sabía cómo apagar.

—Gala, ¿puedes llevar esto a la mesa de fuera, por favor? —la voz de Elena me

sacó de mis pensamientos, poniéndome una bandeja con cubiertos y servilletas en

las manos.

Asentí, deseando tener una excusa para moverme. Al salir al porche, el calor de la tarde me golpeó la cara. Caminé hacia la mesa larga intentando mantener la vista al frente, pero fue inútil. Al pasar junto a ellos, Pol me saludó con un gesto informal con la cabeza, pero Biel... Biel ni siquiera disimuló. Dejó de reírse. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis clavículas. Sentí un escalofrío que me encendió la piel a pesar del calor del sol. Pasa de largo, Gala. No lo mires, me ordené. Pero él se cruzó en mi camino con una lentitud exasperante, estirando el brazo para coger una lata de refresco de la mesa justo cuando yo iba a dejar la bandeja. Sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto de apenas un segundo, pero quemó. Me quedé helada, con los dedos tensos sobre el metal, sintiendo cómo se me cortaba la respiración. Biel me sostuvo la mirada, con una media sonrisa arrogante que dejaba claro que sabía perfectamente el efecto que causaba en mí. Me irritaba que tuviera tanto poder, me daba rabia no ser capaz de apartar la mano.

—Cuidado, no te vayas a quemar —susurró con voz baja, arrastrando las palabras,

asegurándose de que Pol no lo escuchara.

—Déjame en paz —mascullé entre dientes, con el estómago revuelto por una

mezcla de rabia y una atracción salvaje que me daba asco admitir.

Justo cuando sentía que el aire empezaba a faltarme y que la presencia de Biel me aplastaba, una sombra se interpuso entre los dos.

- ¿Todo bien por aquí?- la voz de Mateo me devolvió a la realidad, rescatándome en el momento justo.

Mateo, uno de mis mejores amigos, junto a Clara, y cuyo padre era íntimo amigo del mío, se colocó a mi lado con un plazo vacío en la mano y una sonrisa distraída. No se había enterado de nada pero su presencia fue suficiente para romper el hechizo. Biel reculó, recuperando la distancia con una lentitud calculada , y su sonrisa se volvió fría, casi indiferente.

- Perfecto- respondió Biel, mirando a Mateo de arriba abajo antes de volverse hacía Pol- Vamos a ver si Gonzalo necesita ayuda con la carne. Los dos hermanos se alejaron hacía la barbacoa, dejándome por fin espacio para respirar. Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo y dejé la bandeja sobre la mesa con las manos ligeramente temblorosas.

- Gracias- le susurré a Mateo, aunque el solo asintió buscando dónde habían dejado las patatas fritas.

Me alejé hacia la zona más apartada del jardín, buscando la sombra de un gran sauce llorón. Necesitaba distancia. Necesitaba recordar quién era yo antes de que esos dos hermanos , y especialmente Biel, pusieran mi mundo al revés. Mirando el bullicio de la barbacoa, a mi padre riendo con las amigas de Elena y a mi madrastra presumiendo de sus últimos retoques, no pude evitar que mi mente viajara cuatro años atrás.

Tenía casi catorce años cuando mi padre me sentó en el salón de nuestra antigua casa para decirme que nos mudábamos. Que se había enamorado. Para mi, la llegada a esta casa de Madrid fue un trauma en toda regla. De la noche a la mañana, pasé de vivir en un imponente ático junto a la tranquilidad que te regala el mar, a habitar una especie de mansión moderna llena de desconocidos.

Recuerdo perfectamente el primer día. Pol y Biel me esperaban en el vestíbulo. Pol, que tenía mi misma edad, intentó ser amable; me sonrió y se ofreció a subir mis maletas. Pero Biel, Biel tenía el pelo revuelto, los brazos cruzados y una expresión de absoluto rechazo. Para él, mi padre venía a ocupar el lugar de su padre fallecido. Durante el primer año, fue una guerra fría de silencios, malas caras y portazos.

Hasta aquella noche de tormenta, dos años después. Mi padre y su madre se habían ido de viaje. Pol se había quedado a dormir en casa de un amigo del equipo de fútbol, por lo que Biel y yo estábamos solos en la inmensidad de la casa. El servicio nunca se quedaba a dormir, era una manía de mi padre. Un trueno ensordecedor hizo temblar los cristales y, acto seguido, la luz se apagó por completo. Yo siempre había odiado la oscuridad absoluta. Bajé las escaleras a tientas, con la pantalla del móvil iluminando apenas mis pasos, buscando velas en la cocina. No me di cuenta de que él estaba allí hasta que choqué directamente contra su pecho en el pasillo. Ahogué un grito y el móvil se me cayó de las manos, rompiéndose la pantalla.

—¿Eres tonta o qué? —protestó su voz en la penumbra. Pero no se apartó.

—No hay luz... —atiné a decir, con la voz rota por el susto y una vulnerabilidad que odié mostrarle.

Esperaba una de sus réplicas cortantes, un insulto o una burla. En lugar de eso, Biel suspiró. Escuché el clic de un mechero y una pequeña llama iluminó su rostro. Sus ojos oscuros, por primera vez, no reflejaban rabia. Me miró fijamente, descubriendo mi miedo, y algo cambió en el aire. Se agachó, recogió mi móvil roto y luego volvió a mirarme. Estábamos tan cerca que podía oler su colonia, mezclada con el aroma de la lluvia que golpeaba los cristales.




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