Quédate con mi cara

FACHADAS DE DISEÑO

Cuando la cena terminó, fui la primera en levantarse de la mesa con la excusa de que tenía que terminar un trabajo para el día siguiente. Subí las escaleras de mármol de la casa de Pozuelo a toda prisa, refugiándome en su habitación. Cerré la puerta con pestillo, me apoyé contra la madera y solté el aire que parecía llevar conteniendo desde que me senté a cenar.

La casa era inmensa, una de esas villas blindadas con jardín y ventanales enormes donde el silencio se volvía denso por las noches. Se suponía que en un lugar tan grande uno podía esconderse, pero yo sentía que Biel controlaba cada metro cuadrado.

Me quité el uniforme, me puse un pijama cómodo y, de manera casi inconsciente, abrí el armario. Al fondo, escondida detrás de mis jerséis de marca, estaba la sudadera gris de Lucas. La saqué, la apreté contra mi pecho y respiré hondo. El olor a suavizarte y a su perfume estaba desapareciendo pero me permitía pensar que Lucas era real. Lo de abajo, la farsa de la familia perfecta y las amenazas de Biel, eran una pesadilla.

A las dos de la mañana, la boca seca me obligó a salir de mi burbuja. Crucé el largo pasillo de la planta superior en silencio, asegurándome de que la luz de la habitación de mi padre y de Elena estuviera apagada. Bajé las escaleras descalza, sin hacer ruido, y entré en la enorme cocina de diseño.

Me serví un vaso de agua fría directamente de la nevera americana. El motor del electrodoméstico era el único sonido que rompía la quietud de la madrugada. Me apoyé contra la isla de la cocina, dándole un trago al vaso mientras miraba a través del ventanal el reflejo de la piscina iluminada en el jardín.

—A mí tampoco me sienta mal el asado de Elena.

La voz llegó desde la penumbra, justo al lado del marco de la puerta.

Dí un respingo tan brusco que el agua salpicó el suelo. El vaso estuvo a punto de resbalárseme de los dedos. Al girarme, la silueta de Biel se recortó contra la tenue luz que entraba del exterior. Llevaba unos pantalones de chándal grises, iba descalzo y me miraba con las manos metidas en los bolsillos. No había hecho ni un solo ruido al bajar.

—Eres un imbécil, Biel. Casi me da algo —susurré, con el corazón golpeándome las costillas. Intenté rodear la isla para salir de la cocina, pero él se movió con una rapidez increible, interceptando mi camino.

—¿Por qué tanta prisa? —Biel dio un paso hacia mi, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la encimera de granito. Se inclinó ligeramente, reduciendo la distancia, invadiendo mi espacio con esa familiaridad oscura que me asfixiaba—. En la cena estabas muy callada. Pensaba que tenías ganas de hablar conmigo a solas. Ya sabes, de tus nuevas aficiones.

—No tengo nada que hablar contigo. Déjame pasar.

—¿Y si no quiero? —Biel estiró una mano y apoyó la palma en la encimera, justo al lado de mi cadera, acorralándome—. Crees que porque estamos en el instituto con Clara, o aquí con tu padre delante, puedes ignorarme. Pero se te olvidan las reglas de esta casa, Gala. Se te olvida lo que pasa cuando nos quedamos solos.

Sostuve el vaso de agua con tanta fuerza que temí romper el cristal. Le clavé la mirada, intentando ocultar el pánico que me consumía por dentro. Estar tan cerca de él me traía demasiados recuerdos del verano, recuerdos que intentaba enterrar cada día.

—Las reglas han cambiado, Biel —dije, forzando una frialdad que no sentía—. Ya no me intimidas. Y como vuelvas a soltar una sola indirecta delante de mi padre, te juro que...

—¿Qué? —me interrumpió él con una sonrisa burlona, acercándose tanto que pude sentir su respiración en la mejilla—. ¿Le vas a contar a tu padre lo que hacíamos en tu habitación mientras ellos estaban de vacaciones? ¿Le vas a decir que tu hermanastro ejemplar te conoce mejor que nadie? No te atreves, Gala. Eres demasiado modosita.

Me quedé sin aire. La crueldad de Biel era matemática; sabía exactamente qué hilos tensar para dejarme paralizada.

Antes de que Biel pudiera decir nada más, el eco lejano de unos pasos en la planta de arriba hizo que ambos nos tensáramos. Alguien se había despertado.

Biel se apartó lentamente, imponiendo distancia pero sin dejar de mirarme. Se relamió los labios, disfrutando del control que acababa de ejercer, y me guiñó un ojo antes de desaparecer por el pasillo de servicio hacia las escaleras traseras, dejándome completamente sola en la inmensidad de la cocina.

¿Problemas para dormir Gala?

Pol apareció con la calma de quien no tiene nada que ocultar. Llevaba ropa cómoda pero incluso en la penumbra su presencia era imponente. Se detuvo ante la isla de granito y me observó con tranquilidad, mientras se servía un vaso de agua, sin apartar la mirada. Tras unos segundos, en los que no reaccioné, el movió su mano frente a mi cara.

No... no conseguía dormirme...- forcé una sonrisa mientras cogía la jarra de agua.

Pol abrió un armario y sacó un paquete de galletas. Con un guiño divertido, me tendió una.

Toma, esto ayuda a dormir, es infalible.

No pude evitar soltar una risa sincera. La energía de Pol era tan limpia y ligera que era imposible no contagiarse. Acepté la galleta y sentí que la tensión acumulada en mis hombros empezaba a disiparse.

Gracias. Pensé que era la única despierta.

Pol le dio un mordisco a su galleta y apoyó los codos en la barra, mirándome con curiosidad, pero sin perder esa expresión afable. Sin embargo, antes de que yo pudiera dar el segundo sorbo de agua, Pol entornó los ojos con una sonrisa de medio lado, una mirada que denotaba que, detrás de su fachada de tío despreocupado, no le escapaba una.

Oye ... por cierto- dijo, bajando un poco la voz en un tono confidencial y divertido-. Juraría que he escuchado unos pasos rápidos subiendo por las escaleras justo cuando salía del baño. ¿Seguro que estabas sola en tu excursión nocturna o es que tenemos fantasmas con antojos de dulce?




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