Quédate con mi cara

LA SOMBRA DE LA CALMA

El tintineo de la taza sobre el plato de porcelana amortiguó por un segundo el murmullo de la cafetería. Frente a mi, Lucas me empujó un trozo de tarta de zanahorias con el tenedor ya apoyado encima, como si fuera una invitación silenciosa.

- No me has dicho tu nombre- recordó, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos.

-Gala.

-Gala...- repitió despacio, saboreando las letras como si intentara encajarlas de alguna manera.- Nunca he conocido a ninguna Gala. Yo soy Lucas, aunque creo que ya me presenté en la parada del Bus.

Sonreí de lado, pinchando un pedazo de tarta.

La conversación empezó así, con pasos pequeños y tanteos inocentes. Hablamos de la cafetería, de cómo él había descubierto ese rincón escondido de la ciudad hacía unos meses y de que solía ir allí cuando los lienzos de la escuela de arte se le quedaban pequeños. Yo me limité a contarle que necesitaba aire, omitiendo por completo la barbacoa familiar, el tema de Biel y el nudo en el estómago que me había acompañado toda la tarde.

Cuando quisimos darnos cuenta, el camarero ya estaba recogiendo las mesas de alrededor y la luz del atardecer se había transformado por completo en una noche estrellada y fresca.

- Vaya... se nos ha ido el santo al cielo.- comentó Lucas, mirando el reloj de reojo- ¿Tanto tiempo llevamos aquí?

- Creo que si- dije, sintiendo una punzada de realidad al pensar en la hora, aunque extrañamente no quería que el día terminara ahí.

Al salir, el frío de la noche nos recibió de golpe. Lucas se encajó las manos en los bolsillos de la cazadora y caminó a mi paso, sin prisa, dejando una distancia prudencial pero manteniéndose lo suficientemente cerca como para que su presencia me abrigase.

Caminamos por el paseo, bajo la luz tenue de las farolas, observando los perfiles de los edificios recortados contra el cielo.

- ¿Siempre eres así de silenciosa?- preguntó de pronto, rompiendo el ritmo de nuestros pasos.

- Solo a veces- contesté tímidamente. Siempre me costaba demasiado encontrar temas de conversación con personas ajenas a mi entorno.- Y ... ¿Qué es exactamente lo que estudias en la escuela de arte? Quiero decir... ¿Solo dibujas a lápiz o haces más cosas?

Lucas se rascó la nuca con timidez antes de volver a meter las manos en los bolsillos.

- Ah... bueno, un poco de todo- dijo, y por primera vez noté un brillo diferente en sus ojos, parecía entusiasmado pero contenido- Hacemos óleo, escultura, fotografía... Aunque a mí lo que más me gusta es la fotografía y el grabado. Aunque también me gusta ensuciarme las manos. El óleo tarda una eternidad en secarse y soy un poco impaciente para eso.

- Se nota que te gusta- comenté, viéndolo relajarse un poco al moverse en su terreno-. El boceto de la cafeteria era increíble. Tienes mucho talento, Lucas.

Un ligero rubor, casi imperceptible bajo la luz anaranjada de las farola, le subió por las mejillas. Miró hacia otro lado, esquivando mi mirada con una sonrisa tímida.

- Gracias...- murmuró-. La verdad es que suelo fijarme mucho en los detalles que la gente pasa por alto. Expresiones, gestos... No sé, cada uno tiene una postura diferente cuando cree que nadie lo mira.

Caminamos un par de metros más, saboreando el ritmo tranquilo de sus palabras. Entonces, me fijé en su ropa y el recuerdo me vino a la mente de golpe. Me llevé una mano a la frente, sintiéndome un poco culpable.

- ¡Oye, por cierto!- lo detuve ligeramente- Me acabo de acordar de la chaqueta que me dejaste el otro día. La que tiene el logo de un mecánico... Debería devolvértela. La tengo en casa, la lave y eso.

Lucas parpadeó un par de vegetantes de que una sonrisa algo torpe apareciese en su rostro.

- No te preocupes, de verdad- dijo mientras le daba una suave patada a una piedrecita del suelo- Quédatela el tiempo que quieras. Así... bueno, tendré una excusa para que volvamos a vernos.

Sus palabras se quedaron flotando entre nosotros, suspendidas en el aire fresco de la noche. Me pilló tan desprevenida que no supe qué responder. Lo miré, y él, arrepentido de su propio atrevimiento, apartó la mirada rápidamente, carraspeando mientras sus orejas se tenían de un rojo brillante.

- Está bien- contesté al fin- Te la guardo entonces. Pero te aviso de que soy un desastre para los plazos.

Dio medio paso hacía mi, como si dudara entre darme dos besos o un abrazo, pero finalmente se limitó a sonreír, dio media vuelta y empezó a deshacer el camino, despidiéndose con un leve gesto de la mano.

Me quedé quieta unos segundos, viéndolo alejarse bajo el halo de las farolas hasta que su silueta se difuminó en la distancia. El calorcito en el pecho me duró exactamente lo que tardé en doblar la esquina de mi calle.

Conforme me acercaba a casa, el aire volvió a sentirse pesado, denso, asfixiante. Abrí la puerta de la cancela con las manos temblorosas y, mientras cruzaba el camino hacía la puerta principal, noté una presencia.

Bajo uno de los árboles del jardín delantero, apoyado contra el tronco, una figura oscura me observaba fijamente. No necesitaba verle la cara para saber quién era. El cigarrillo encendido entre sus dedos iluminó por un milisegundo la mandíbula tensa de Biel.

Había estado esperándome.




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