Quédate con mi cara

UNA TREGUA BORROSA

No tardó ni cinco minutos en devolverme el follow. Y esa misma noche llegó el primer mensaje privado.

Las tres semanas siguientes pasaron en una especie de doble vida borrosa. El tiempo voló entre pantallas encendidas a altas horas de la madrugada. Hablar con Lucas esa ridículamente fácil; la timidez que lo frenaba en persona desaparecía tras el teclado, transformándosela en un humor ácido, inteligente y extrañamente reconfortante. Nos mandábamos memes, canciones a mitad de la noche capturas de pantalla de cosas absurdas. Se nos iba el santo al cielo, otra vez, pero a través de la distancia.

- Oye, ¿tú con quién hablas tanto que sonríes como una boba mirando el móvil?- me soltó Clara un jueves por l tarde mientras estudiábamos en la biblioteca, dándome un codazo.

- Con nadie, miro el TikTok- mentí rápidamente, bloqueando la pantalla de golpe.

Mis amigos no eran tontos. Habían empezado a notar que ya no estaba tan pendiente del grupo, que guardaba el teléfono boca abajo y que, a veces, se me escapaba una sonrisa que no tenía nada que ver con las circunstancias. Había alguien nuevo en mi radar, y el misterio empezaba a oler a distancia.

El problema era que, mientras mi mente se refugiaba en la paz que me daba Lucas, mi cuerpo seguía encadenado al mismo sitio.

Biel era como una adicción de la que era imposible desintoxicarse. Sabía que era tóxico, sabía que sus celos eran peligrosos y que su necesidad de controlarme me destrozaba los nervios. Pero cuando aparecía en mi camino, con los ojos oscuros cargados de intenciones y esa actitud de chulería peligrosa, una corriente eléctrica me recorría la espina dorsal. Su oscuridad me repelía, me daba miedo... y, maldita sea, también me excitaba de una forma salvaje que no podía controlar. Era el magnetismo del peligro. El contraste entre la calma limpia que me ofrecía Lucas y el fuego sucio que Biel encendía en mí me estaba volviendo loca.

Ese viernes, mi teléfono vibró en el bolsillo. Era un mensaje de Lucas: «He encontrado una cafetería nueva que tiene tarta de chocolate blanco. ¿Te hace un chantaje en distancias cortas?».

Y justo en ese instante, una mano firme rodeó mi cintura por la espalda en el pasillo del instituto. El olor al cuero de su chaqueta me inundó antes de que los labios de Biel se pegaran a mi cuello.

- Echaba de menos tu perfume Gala.

Me aparté de él con un movimiento brusco, ganando unos centímetros de aire que me supieron a gloria. Mis amigas, a unos metros de distancia, fingían estar muy interesadas en sus taquillas, pero sabía que no perdían detalle.

—¿Qué quieres, Biel? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara. Me coloqué un mechón de pelo tras la oreja, un gesto que delataba mi nerviosismo a pesar de mis esfuerzos.

Biel se quedó un segundo con las manos en el aire, vacías, y una sonrisa ladeada y peligrosa asomó a su rostro. No parecía molesto por el rechazo; al contrario, parecía divertido por mi intento de rebelión.

—El sábado hay fiesta en casa. De las grandes —soltó, como si fuera una orden disfrazada de invitación—. Y como tú tienes mejor gusto que Pol y el resto de mis amigos, vas a ayudarme a organizarlo todo. Bebida, música, la lista de invitados... lo que sea.

—Biel, no bromees. Papá y tu madre van a estar fuera el fin de semana, pero tengo que estudiar para el examen de...

—Gala —me interrumpió, dando un paso adelante y volviendo a reducir la distancia a cero. Su voz bajó una octava, volviéndose profunda y magnética—. No te estoy preguntando. Te espero en el salón el viernes a las cinco en cuanto se vayan. No me hagas tener que entrar en tu habitación a recordártelo, porque sabes que lo haré.

La amenaza de invadir mi habitación tuvo un efecto inmediato. De pronto, el ruido del pasillo del instituto se desvaneció y el frío metal de las taquillas se transformó en el calor asfixiante de mi edredón. Había vuelto a aquella noche de tormenta, al comienzo de todo.

El trueno retumbó con tanta fuerza que los cristales de mi habitación vibraron. La luz se había ido hacía media hora y la casa estaba sumida en una oscuridad absoluta. Tras mi encontronazo con Biel en la cocina, cada uno había vuelto a su habitación.

Yo estaba sentada en la cama, abrazando mis rodillas, cuando la puerta se abrió sin previo aviso. La silueta de Biel se recortó contra el pasillo, iluminada por un relámpago fugaz. No dijo nada. No pidió permiso. Simplemente caminó hacia mi cama con esa seguridad depredadora que siempre tenía. Era la primera vez que entraba en mi habitación.

—¿Sigues teniendo miedo, Gala? —oí su voz en la penumbra.

Sentí el colchón hundirse bajo su peso. Estaba empapado; el olor a lluvia y a tabaco que desprendía su piel me nubló el juicio de inmediato. Debería haberme levantado, debería haberle dicho que se fuera a su cuarto, al fin y al cabo no nos soportábamos, pero el terror de la tormenta se mezcló con algo mucho más peligroso: una curiosidad eléctrica.

- A mi tampoco me gustan los truenos.-añadió

Me di cuenta de que traía el portátil bajo el brazo. Se recostó a mi lado y puso una película que traía preparado. Me sorprendió muchísimo ver que era Mary Poppins, mi favorita. Aquel gesto de Biel me sobresaltó por completo. Creo que fue la primera vez que sentía que se derrumbaban todos los cimientos sobre los que me había sostenido durante tanto tiempo.

No hubo besos. No hubo insinuaciones. No ocurrió nada de lo que una mente calenturienta hubiera esperado. Simplemente se quedó allí, en silencio, ofreciéndome una presencia que me tranquilizó. Pero cuando movió el brazo y sus dedos, todavía fríos de haber salido a fumar, rozaron levemente mi muñeca por encima de la manta, una corriente desconocida me atravesó el cuerpo. No dijo nada, pero ese primer contacto físico, sutil y cargado de un magnetismo silencioso, encendió un fuego que ninguno de los dos supimos apagar en los siguientes meses.




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