Quédate con mi cara

A CONTRA RELOJ

El plan era una locura digna de alguien que ha perdido el juicio por completo, pero cuando pasas tres semanas viviendo entre la luz y las sombras, terminas creyendo que eres invisible.

El viernes a las cinco de la tarde, la casa se quedó en un silencio sepulcral. Papá y Elena se habían marchado hacía apenas una hora hacia su escapada de fin de semana y el servicio había terminado su jornada un poco antes de lo normal. Fiel a su palabra, Biel apareció en el salón puntual, con una sudadera gris y esa actitud de jefe de pista que tanto me desquiciaba. Durante dos horas, estuvimos moviendo muebles, organizando las botellas en la cocina y discutiendo por la lista de reproducción. Yo me movía como un autómata, con un ojo en los globos que Biel me pedía inflar y el otro en el reloj de la pared.

A las siete y cuarto, sonó mi alarma mental. Lucas me esperaba a las siete y media en la nueva cafetería, a solo tres calles de casa.

—Oye —dije, intentando que mi voz sonara casual mientras me limpiaba las manos en los vaqueros—, falta el cable alargador para las luces de la terraza. Y Pol dijo que no traería los hielos hasta mañana. Si no vas a por ellos ahora, las tiendas de la avenida van a cerrar.

Biel se detuvo, con un póster en la mano, y me miró de arriba abajo. Sopesó la situación durante unos segundos que me parecieron eternos.

—Tardo media hora —dictaminó, cogiendo las llaves de la moto de la entrada—. No te muevas de aquí. Si vuelvo y no has terminado con los vasos, los limpio con tu camiseta.

En cuanto escuché el motor de su moto rugir en la calle y alejarse, entré en pánico. Tenía exactamente treinta o cuarenta minutos si el tráfico jugaba a mi favor. No me cambié de ropa; me quité el pelo de la cara, me eché un poco de colonia y calculé mis posibilidades. Si iba andando tardaría unos veinte o veinticinco minutos en llegar, y eso a paso ligero, seguramente sudando. Preferí coger la vespa que mi padre me había regalado en mi último cumpleaños y que guardaba en el garaje. Recorrí el largo camino que me separaba de la verja principal de casa y el que llevaba hasta la salida de la urbanización. El guarda de seguridad me abrió con un ademán de cabeza.

Llegué a la cafetería jadeando, con las mejillas encendidas. Lucas ya estaba allí, sentado en una mesa del rincón, dibujando en su cuaderno. Al verme aparecer como un torbellino, se le iluminó la cara y cerró el bloc de golpe, guardándolo con esa timidez suya tan bonita.

—Hola —sonrió, levantándose a medias—. Pensaba que al final te habías arrepentido. Estás... ¿has venido corriendo?

—Un poco —mentí, sentándome de golpe y mirando de reojo hacia la cristalera que daba a la calle—. Es que... tenía prisa por probar esa tarta de chocolate blanco.

Fueron los veinte minutos más intensos y maravillosos de mi semana. Lucas pidió la tarta, me sirvió un trozo con el tenedor y me habló, con esa voz pausada que me devolvía la vida, de un profesor de la escuela de arte que se había manchado la camisa entera de óleo azul. Yo me reía, pero mi pie no dejaba de dar golpecitos nerviosos contra el suelo. Estaba allí, saboreando la calma que me transmitía, pero mi mente seguía en el salón de mi casa, contando los minutos de la cuenta atrás de Biel. Mi móvil empezó a vibrar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro...

—Gala, ¿estás bien? —preguntó Lucas de pronto, ladeando la cabeza y mirándome con preocupación—. Estás un poco distraída. Si tienes que irte...

—No, no, estoy bien, de verdad, es solo que...

Mi frase se cortó en seco. A través del cristal de la cafetería, el rugido de un motor familiar hizo que se me helara la sangre. La moto de Biel pasó despacio por la avenida principal. Se había detenido en el semáforo en rojo, justo en la esquina de la cafetería. Si giraba la cabeza a la izquierda, nos vería perfectamente a través del gran ventanal.

El pánico me paralizó. Lucas se dio la vuelta para mirar qué me había dejado muda.

—¿Pasa algo fuera? —preguntó, empezando a girar el rostro.

Si Lucas miraba y Biel miraba, todo se iba al garete. En un acto de puro instinto y desesperación, alargué la mano por encima de la mesa, le agarré la barbilla a Lucas con suavidad y le obligué a volver a mirarme de frente, acortando la distancia entre los dos.

—No mires —susurré, con el corazón en la garganta—. Mira... mírame a mí. Es que... me he manchado de tarta en los labios, ¿a que sí? Qué vergüenza.

Lucas se quedó completamente petrificado. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y sus ojos se abrieron de par en par, fijos en mis labios, completamente desarmado por mi cercanía y el contacto de mis dedos en su piel. Su timidez jugó a mi favor: se quedó tan bloqueado que no se movió ni un milímetro.

Por el rabillo del ojo, vi cómo el semáforo cambiaba a verde. La moto de Biel aceleró y pasó de largo, perdiéndose calle abajo sin que él llegara a girar la cabeza hacia el ventanal.

Me salvé por un pelo. Un segundo más y el infierno se habría desatado en mitad de la cafetería.

—Eh... no, no estás manchada —murmuró Lucas con un hilo de voz, todavía conmocionado por mi repentino acercamiento, sin soltar el aire.

—Ah, menos mal —dije, soltándolo despacio y tragando saliva, sintiéndome la persona más horrible del mundo por usarlo de escudo, pero aliviada de haber salido victoriosa—. Oye, Lucas... me vas a matar, pero me acaba de surgir una emergencia familiar y me tengo que ir ya.

No esperé ni a que respondiera. Le di un beso rápido en la mejilla que lo dejó aún más descolocado, dejé unos billetes en la mesa y salí de la cafetería de la Avenida de Europa como si me persiguiera el mismísimo demonio.

Los dos kilómetros de vuelta fueron una tortura física. El aire me quemaba en los pulmones mientras devoraba los arcenes a paso de carrera, con los vaqueros pesándome una tonelada. Me tragué varios insectos...Cuando divisé la imponente garita de seguridad que custodiaba el acceso a Somosaguas Norte, frené en seco el ritmo para intentar normalizar la respiración. No podía entrar como una loca; los vigilantes conocían de sobra a mi padre y a Elena, y si me veían en ese estado, terminarían comentándolo en la cena.




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