El sábado por la noche, el porche minimalista de nuestra casa no parecía un hogar, parecía el reservado VIP de una discoteca exclusiva de Madrid. Las tiras LED que yo misma había ayudado a encajar proyectaban una luz azulada y magnética sobre el enorme muro de mármol veteado, haciendo que los reflejos de la piscina parecieran casi irreales. Cuatro euros cada una en Shein. Los sofás modulares de ante gris estaban abarrotados de gente del instituto, todos con vasos rojos en las manos, riendo a carcajadas mientras los graves de la música electrónica hacían vibrar las cristaleras del chalet. Si Elenap hubiera sospechado , tan siquiera, el riesgo que estaban corriendo sus queridos sillones... Hubiera surgido un auténtico drama.
Biel reinaba en su elemento. Llevaba una camisa negra con los primeros botones abiertos y se movía por el jardín con esa chulería innata, con sus compañeros de equipo al rededor como era costumbre. Clara ya iba por su tercer cubata y estaba subida en una de las tumbonas de diseño, bailando de forma alocada mientras Martín la jaleaba y grababa un directo para Instagram. Esas tumbonas también estaban en auténtico peligro.
Yo intentaba mimetizarme con las paredes de hormigón pulido, rezando para pasar desapercibida, no era precisamente la reina de la fiesta, hasta que Biel se me acercó por la espalda. Sentí el calor de su cuerpo antes de escuchar su voz.
—¿Qué haces aquí escondida, Gala? —susurró cerca de mi oído, con el aliento oliendo ligeramente a alcohol—. La música está tremenda, el muro ha quedado espectacular... Diviértete un poco, que pareces una extraña en tu propia casa.
Me agarró suavemente de la cintura por detrás, un gesto tenso y posesivo que me erizó la piel. Estaba a punto de apartarme cuando el sonido de unas risas escandalosas en la entrada del porche me hizo girar la cabeza.
Y entonces, el mundo se detuvo. Mi corazón dejó de latir.
Un grupo de chicos, que no eran de mi instituto, hicieron acto de presencia por la puerta trasera del jardín. Alguno de ellos llevaban unas guitarras a cuesta. Debía ser el grupo al que habían invitado a tocar un par de temas. Había sido un favor al amigo de un amigo de otro amigo. Así eran estas cosas, nunca sabías quién iba a aparecer en tu fiesta. Pero jamás hubiera esperado que Nico y Lucas estuvieran en ella.
Lucas estaba en mi casa. En la fiesta de Biel. Lucas, al que jamás en mi vida había visto antes. Lucas, con quién nunca había compartido si quiera amigos en común. Pero qué mierda de broma macabra del destino era esta.
Me escondí detrás de unos setos, literalmente me introduje en ellos. Una de mis plataformas se hundieron en la tierra húmeda del suelo. Ciento veinte euros de zapatos a tomar por culo pero eso no me importaba demasiado solo quería vigilar a Lucas desde mi escondite y , a poder ser, que se fuera mas pronto que tarde. Mi móvil vibró en el bolsillo.
"Qué tal llevas la noche? Nico me ha arrastrado a una locura de fiesta de niños pijos. No sé muy bien cómo he acabo aquí la verdad ... es un horror de sitio decorado con algo de mal gusto y lleno de niñatos de catálogo. Ojalá pudieras verlo. Nos reiríamos juntos."
Tragué saliva, sintiendo un nudo denso en el estómago que mutó rápidamente a pura indignación. No era pena; era una mezcla de rabia, impotencia y un orgullo her4ido que me encendió la sangre. ¿Horror de sitio? ¿Gente de catálogo? Me entraron unas ganas locas de salir de mi escondite, plantarme frente a su cara y espetarle que esa casa tan pretenciosa era la mía y que esos pijos de catálogo, que tanta pereza le daban, formaban parte de mi día a día aunque a veces fuera contra mi voluntad , la verdad. Y si, podían ser aburrido y Elena tenía algo de mal gusto a la hora de sobrecargar estancias pero él no tenía ningún derecho a decirlo en voz alta.
Francamente, me dolió lo rápido que Lucas sacaba sus prejuicios a pasear. Para él mi mundo era un escenario ridículo. Y ahí radicaba mi verdadero temor: si Lucas se enteraba de que yo pertenecía a ese mundo ridículo, me colgaría una etiqueta inmerecida antes si quiera de conocerme de verdad.
Así que me guardé el móvil , con muy mala leche, en el bolsillo del pantalón y corrí hacía mi habitación en busca de un buen camuflaje que me hiciera pasar desapercibida e verdad. Lucas me había visto un par de veces o con el uniforme del instituto o con mis vaqueros. Me arreglaría un poco mas y problema resuelto. Me puse un vestido un negro, muy del rollito pija, con la espalda descubierta y un corte de infarto. Probablemente ni si quiera fuera mio , le pegaba más a Gala, pero me quedaba como un guante. Frente al espejo me solté el pelo , que estaba bastante alborotado, y me lo cepillé rápido, dejándolo caer con unas ondas perfectas. Me pinté los labios de rojo intenso, rompedor, y me apliqué un buen viaje de iluminador en los pómulos, No contenta con el cuadro que estaba creando, añadí sombra oscura a los párpados. Cuando miré el resultado de mi obra de arte casi ni me reconocí. Fría, espectacular y sofisticada. Todo lo que yo no era. Tuve la genial idea de coronar el look con una gorra de los Halcones, el equipo del instituto. Total, si Hanna Montana se transformaba con tan solo una peluca , ¿por qué yo no iba a conseguirlo con una gorra?
Bajé las escaleras con el corazón en la garganta, sintiendo el subidón de la adrenalina, pero con paso firme y decidido atravesé la masa de gente hasta llegar junto a Clara y Martín. Este último fue el primero en girarse mientras se abanicaba con una mano y con la otra sujetaba su cubata.
- Pero ¿queeeeeé?- exclamó a voz en gritocon ese tono tan melodramático que tanto adoraba de él- ¿Y esta fantasía de viuda negra? Cariño vas matadora... Literal jajajaja, en plan te mato esta noche y heredo mañana. Gira, gira. Así , muy bien... ¡Estás para que te pongan un monumento en la Castellana!
Clara, que se ha bajado de su improvisada tarima, soltó una carcajada al ver el despliegue, pero al bajar la vista, para comprobar el modélico al completo, la risa se le paró de golpe y se llevó las manos a la boca.
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Editado: 11.06.2026