Me desperté con la sensación de que un camión de dieciocho ruedas me había pasado por encima. Volver a abrir los ojos fue un acto de puro heroísmo. La luz del sol se filtraba sin piedad por los bordes de las persianas, dándome de lleno en la cara. Al intentar moverme, noté la rigidez de la tela: seguía llevando puesto el vestido ajustado negro de la noche anterior. Fantástico. Me froté los ojos con ganas intentando estimularlos para que se abrieran mejor. Cuando me mire las manos comprobé que me había corrido todo el rímel, no me había desmaquillado y mi cara debía ser un auténtico cromo con el pintalabios rojo untado hasta en la oreja.
Intenté estirar las piernas para desperezarme, pero mis dedos chocaron contra un bulto inesperado bajo el edredón. Le di un golpe seco, extrañada. Insistí con más fuerza. Era algo entre duro y blandurrio. Lo repetí hasta tres veces.
—¡Ay! ¡Cuidado con mi cara, maldita perra! —protestó una voz gangosa desde los pies de la cama.
Una maraña de pelo descolocado asomó por el borde del edredón. Martín me dedicó una mirada de mala hostia, parpadeando con horror ante la luz del día.
—¿Pero qué diablos haces ahí, Martín? —le espeté, incorporándome de golpe, lo que me provocó un latigazo de dolor en las sienes—. ¿Por qué tienes la cabeza en mis pies? No es forma de dormir.
—Duermo donde el champán me tumba, cariño. Y tus pies huelen a gloria bendita comparados con el aliento de otras—rezongó, volviendo a sepultarse bajo las sábanas.
Antes de que pudiera procesarlo, el colchón se movió al otro lado. Un gemido dramático emergió de entre las almohadas y Clara asomó la cabeza, con un nido de cigüeñas por pelo y los ojos de mapache.
—¿Queréis callaros la boca de una vez? —se quejó Clara, abrazándose a un cojín con todas sus fuerzas—. Siento como si un grupo de enanos estuviera haciendo obras con un martillo hidráulico dentro de mi cerebro. No tenéis compasión.
Menos mal que la cama era de tamaño king size y Elena se había empeñado en comprar un colchón gigante para mi habitación.
Me arrastré como pude fuera de la cama y bajé a la cocina. Esta vez llevaba las zapatillas puestas, al menos, pero lo cierto es que tenía los pies algo resentido tras mi aventura descalza de la noche anterior. Estaba completamente aturdida. Los chupitos de tequila que me soplé después del baile con Biel se me habían ido por completo de las manos. Mientras bajaba a la cocina percibí un tufillo a rancio que resultó ser mi aliento. No es que oliera mal, es que era un delito contra la salud pública. Seguramente podría haber desinfectado una herida con mi aliento.
Me puse el modo automático y preparé un café cargado que olía a gloria, exprimí un cargamento de naranjas para el zumo y me puse a dorar unas tortitas en la plancha. Al poco rato, el olor a comida arrastró al resto de los zombis hacia la cocina. Clara y Martín aparecieron con mis camisetas a modo de pijama, seguidos de Pol y Biel, que venían con las caras lavadas, las ojeras intactas y a pecho descubierto. Clara los devoró con la mirada y una sonrisilla totalmente estúpida y yo le tiré una magdalena a la cabeza.
La planta de abajo era una locura: vasos de plástico por el césped, confeti en el porche, restos de comida, botellas vacías...
—La casa está para que la declaren zona catastrófica —comentó Pol, apoyando la barbilla en la encimera mientras devoraba una tortita de un bocado—. Como lo vean los padres, nos toca pedir asilo político.
—Tranquilos, no vamos a morir hoy —dijo Biel sirviéndose café—. Conchita se ha apiadado de mi cara de corderito y se ha ofrecido a echarnos una mano con la limpieza.
—¡Conchita es un ángel caído del cielo! —exclamó Pol, juntando las manos como si estuviera rezando- pero creo que estamos abusando un poco del cariño que nos procesa.
—Sí, claro, un ángel porque le has puesto tu sonrisita de no haber roto un plato, desgraciado —se burló Clara, dándole un trago largo a su zumo—. Una cara que, por cierto, yo no conozco.
Martín soltó una risita maliciosa entre sorbo y sorbo de café, lanzándole una pulla a Pol sobre algo que había ocurrido en la fiesta. La cocina se llenó de bromas, risas flojas y el típico compadreo de borrachos. Biel, sin embargo, apenas hablaba. Estaba sentado al final de la isla, con los dedos rodeando su taza de café negro. No decía nada, pero no me quitaba los ojos de encima. Cada vez que yo levantaba la vista, me topaba con esa mirada suya tan densa, tan oscura, cargada con esa tensión contenida del salón y con esas ganas de comerme que tenía siempre. Se me erizó la piel bajo la ropa limpia, recordando sus manos en mi espalda desnuda. Se me erizó, literalmente.
Parece que alguien está pitosilla ehhh , guarrilla- bromeó Martín.
Miré hacía abajo espantada y confirmé el peor de mis presagios. Tenía los pezones para rallar espejos. No pude evitar ruborizarme y maldecir a todos los presentes entre cortes de manga y aspavientos. Con amigos así, ¿quién quería enemigos?
Dejé la taza en el fregadero y cogí a Clara del brazo con firmeza arrastrándola escaleras arriba hacia mi cuarto.
—¡Oye! ¿Pero qué te pasa? ¡Que no me he terminado las tortitas! —protestó Clara cuando cerré la puerta de la habitación con el pestillo.
Se me cayó la fachada de golpe. Me apoyé contra la madera, mirándola fijamente.
—Me pasa que anoche pasó algo. Con Biel. En el salón —solté de carrerilla, sintiendo el corazón acelerarse de nuevo.
—No me digas más- me cortó ella- te lo has tirado.
—¡Pero qué bruta! Nooo. Bailamos. Una lenta.
—¿Y eso es relevante porque....?
—Y casi... bueno, casi nos besamos, Clara. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Clara abrió los ojos de par en par, perdiendo toda la somnolencia de la resaca en un segundo. Se cruzó de brazos, clavándome una mirada analítica de mejor amiga que lo sabía todo.
—A ver, Gala... —dijo Clara, arrastrando las palabras con una sonrisa de suficiencia—. ¿Me vas a contar por fin la verdad? ¿Cuánto tiempo lleváis exactamente en ese plan? Porque esto no es cosa de una noche...
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Editado: 11.06.2026