Quédate con mi cara

SEÑALES DE HUMO

El coche de papá, con Marcos al volante, entró por el camino principal a media tarde. La casa ya estaba limpia y reluciente, como si nada hubiera ocurrido. Cuando crucé la puerta del salón, para recibirlos, algo me inquietó. El silencio.

No se escuchaba el habitual revuelo que acompañaba a sus regresos. No escuché la voz de Elena quejándose del tráfico y de los aeropuertos. Estaba de pie junto a la cristalera, mirando hacía el jardín. Seguía llevando la gabardina puesta, como si hubiera olvidado quitársela, y sostenía un vaso de agua , que le había dado papá, con las dos manos. Ella, que siempre llenaba la habitación con su energía arrolladora, estaba tremendamente pequeña y apagada.

- Hola, mi amor- me dijo cuando me vio entrar.

Se acercó a darme un beso, pero su abrazo no tuvo la fuerza de siempre. Fue un contacto sutil, casi temeroso, como si tuviera miedo de romperse o de romperme a mi. Al separarse, le faltaba luz en la mirada y la tenía clavada en un punto fijo de mi hombro.

- ¿Qué tal el viaje?- pregunté.- Pareces muy cansada.

- Mucho papeleo... Quiero decir, mucho jaleo- rectificó, forzando una sonrisa. Se llevó una mano al pecho de forma casi inconsciente, rozando el cuello de su blusa, antes de dejar car el brazo a lo largo de su cuerpo- El viaje ha sido... intenso. Pero lo importante es que ya estamos aquí.

Papá apareció por el recibidor cargando con el equipaje. Tampoco es que el tuviera muy buena cara. No hizo ninguna broma sobre el peso del equipaje de Elena, como solía ser costumbre; Se limitó a dejar las maletas en el suelo con un suspiro pesado y a arme un beso seco en la frente. Le puso una mano a su mujer en la espalda, con suavidad, y le murmuró algo al oído que no pude escuchar. Elena solo asintió, cerrando los ojos un segundo, como si tuviera que procesarlo.

Crucé la casa a zancadas hasta dar con Pol, que estaba tirado en una hamaca en el porche trasero.

- Pol, levanta.- Le dije dándole una patada suave al reposapiés-. Nuestros padres están rarísimos.

- Estarán cansados del viaje.

- No es cansancio- insistí.- Tu madre está ausente. Ni si quiera ha pasado revista a los sofás del salón, y sabes que eso es lo primero que hace siempre. Y papá la mira como si fuera de porcelana. Ha pasado algo entre ellos, estoy segura.

Pol bloqueó el móvil y por fin me miró aunque con una mueca de fastidio.

- Mamá se habrá vuelto a pasar con los ansiolíticos, ya sabes que odia volar. Acuérdate de aquel viaje en el que hubo que arrastrarla fuera del coche. - Seguí insistiéndole con la mirada. Mi gesto más poderoso era fruncirle el ceño sin pestañear- El jet lag vuelve loca a la gente...Deja de montar un drama cada vez que alguien no te sonríe l entrar por la puerta.

Menudo ataque más gratuito del tierno Pol. Me quede allí parada viendo como él volvía a sumergirse en su móvil. Deseé con todas mis fuerzas que se le escapara de las manos golpeándole la nariz. No hay nada más doloroso. Y también deseé que tuviera razón. Pol era el más racional de los tres. Yo era extremadamente ansiosa y paranoica y Biel... Bueno, era Biel. Pero Pol siempre abordaba la realidad con mucha madurez y perspectiva.

el silencio de mi habitación se volvió tan denso que casi podía oí el sonido de mis propios pensamientos. Si me quedaba allí encerrada mirando al techo y dándole vueltas a la actitud de nuestros padres, me iba a terminar dando un síncope.

Justo cuando sentía que el tamaño de la habitación se hacía más pequeño, intentando aplastarme como a una mosca, el móvil vibró sobre la colcha y el corazón me dio un vuelco.

Lucas me enviaba el meme de un mapache intentando robar un trozo de pizza y cayendo de cabeza a un cubo de basura.

Lucas: "Me he acordado de mi intentando huir de la fiesta del otro día"

Solté una bocanada de aire, dándome cuenta de que llevaba minutos conteniendo el aliento. Desde la fiesta a penas habíamos cruzado tres frases absurdas y un par de vídeos idiotas. Pero ya no le guardaba tanto rencor por sus últimas palabras. Eso parecía tener demasiada poca importancia en esos momentos. Pero hubiera mentido al decir que n me sentí desencantada tras su último patinazo por mensajes. Él no sabía que estaba disparando directamente contra mi realidad, contra mi mundo. ¿Para él no éramos más que unos frívolos viviendo en un cuento encantado, preocupados solo por nuestras apariencias y nuestras fiestas? Entonces, que alguien me explique por qué sentía tanta ansiedad. Por qué sentía ese miedo atroz a que mi familia, o lo más parecido que tenía a ello, se desmoronase de nuevo.

Pero qué diablos, aunque Lucas me hubiese desencantado seguía siendo mi única vía de escape. No me lo pensé dos veces, ni medí las consecuencias. Solo quería huir.

" Organicemos un plan loco. Algo improvisado, divertido, lo que sea."

Lucas tardó unos segundo en contestar que se me hicieron eternos.

Me mandó una dirección al móvil que para mí era totalmente desconocida y me preguntó si tenía forma de llegar. Contesté que sí, iría en mi moto. Veinte minutos en coche, según el GPS, diecisiete kilómetros. ¿Qué demonios había en esa zona que Lucas quisiera enseñarle?

Me cambié la ropa de estar por casa a toda velocidad, me calcé las zapatillas de deporte y cogí la sudadera gris que aun no le había devuelto a Lucas. Bajé las escaleras de puntillas, esquivando el salón donde el silencio de mi padre y de Elena y seguían flotando como el humo de un incendio recién apagado.

A los dos minutos, el motor de 50cc de mi Vespa verde agua rompió la calma de la urbanización. Cruzar hasta Delicias en un ciclomotor a cuarenta y cinco kilómetros por hora era una auténtica locura que el GPS no tuvo en cuenta cuando calculó veinte minutos de trayecto. Como no podía pisar la M-30, tuve que callejear una eternidad, en mitad de la oscuridad bordeando la Casa de Campo y cruzando el puente sobre el rio Manzanares. El viento fresco me golpeaba la visera del casco, y algún que otro insecto se me coló por los agujeros de la nariz pero durante los casi cuarenta minutos que duró el trayecto tuve mucho tiempo de pensar. Demasiado.




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