Quédate con mi cara

GRIS SOBRE NEON

Por fin apagué el motor en una calle oscura y apartada de Delicias. Tenía las manos totalmente engarrotadas y los brazos dormidos, como si hubiera agarrado el manillar como si se me fuera la vida en ello. Aunque un poco si que dependía mi vida de ello, la verdad. Me quité el casco, lo guardé bajo el asiento y caminé hacía la entrada de las vías muertas.

Allí estaba él, apoyado contra una valla oxidada, esperándome. Al verme aparecer, con las mejillas encendidas por el frío y con el pelo alborotado, él se rio. Al principio de una forma contenida, pero al final dejó escapar una auténtica carcajada ruidosa y potente. Me sorprendí.

¿Pero de qué te ríes?

No pensé que fuéramos a romper el hielo de esta manera. Sinceramente, no sabía ni cómo hacerlo pero desde luego no así.

No esperaba verte así, eso es todo.¿Así cómo? ¿Con el pelo enmarañado, las mejillas sonrojadas y una sudadera tres tallas mas grande? Por cierto, mi intención era devolvértela pero ... Pensaba que haría menos frío.Por mí te la puedes quedar, creo que ya lasa usado tú mas tiempo que yo.

Me sonrojé aún más, si era posible, y chasqueé la lengua mientras echaba a andar, como si supiera hacía donde íbamos, él me siguió. Caminamos en silencio por la orilla de las vías muertas. El suelo estaba sembrado de grava, rastrojos oxidados y trozos de hormigón que hacían crujir mis zapatillas. A un lado, los esqueletos de vagones antiguos y grafiteados proyectaban tétricas sombras bajo la luz de la luna. Al otro, un muro interminable de ladrillo visto que servía de lienzo ilegal para media ciudad.

El aire olía a frio, a metal viejo y a disolvente. Era un olor crudo, casi violento. Lucas se detuvo frente a un tramo del muro relativamente limpio, o al menos, donde los antiguos graffities ya estaban suficientemente desgastados. Dejó caer la mochila al suelo con un golpe metálico. Se arrodilló y comenzó a sacar botes, agitándolos con ritmo mecánico. Clac, clac, clac, chocaban las bolas mezcladoras.

Me tendió un bote de color azul flúor. El metal estaba helado al tacto. Miré el bote, miré a Lucas, miré la pared...

No sé ni por dónde empezar- admití- Oye, ¿esto es legal?Nadie nos ve aquí Gala, ese es el truco. Y no podrías estropearlo. Cada uno expresa a su manera. Y si no te gusta, siempre puedes volver a pintar encima. Así de fácil.

Se puso detrás de mi, agarrando mi mano derecha, la que sujetaba el bote. Su mano era grande, áspera y estaba caliente, un contraste brutal con mi mano fría y temblorosa. Me guió hacia la pared.

Primero , la distancia. Demasiado cerca y chorrea; demasiado lejos y no cubres nada.- Ajustó mi brazo-. Ahí. Y el dedo... no aprietes con la punta, una la yema. Suave pero firme.

Guiada por él, apreté la boquilla. Un siseo agudo rompió el aire y una linea de color azul flúor, vibrante y eléctrica, apareció sobre el ladrillo.

Ahora, mueve todo el brazo. No la muñeca. El brazo entero, como si fuera un pincel gigante. Tienes que sentir el trazo en la espalda.

Soltó mi mano y me dejó sola ante mi lienzo. Intenté imitar el movimiento. Tracé una curva, luego otra algo torcida, el olor a pintura me mareaba pero me estimulaba a la vez. Me separé un poco del muro para contemplar mi obra de arte.

Gala. Había escrito mi nombre peor de lo que lo habría hecho un crio de cinco años.

¿Eso es lo mejor que puedes ofrecer?- preguntó Lucas atónito- Haz algo con más garra.

Le observé inquisitiva durante varios segundo y volví a la faena. Gala ha estado aquí. Doble punto.

Él , por toda respuesta, se rió.

¿Qué pasa? He puesto doble punto... He desafiado todas las reglas de ortografía. Un punto final es una decisión decidida, y asume las consecuencias, pero dos puntos son tajantes. Técnicamente, dos puntos no cierran nada.- añadió él.Por eso mismo. Se plantan ante ti con el preámbulo de una sentencia inevitable. Una verdad absoluta que no admite réplica.

Lucas agarró un bote negro y empezó a pintar a mi lado. Pero él no dudaba, sus trazos eran rápidos, violentos y precisos. En cuestión de segundos, una silueta compleja y agresiva comenzó a emerger bajo su mano.

Pintaba con una concentración infinita, como si yo no estuviera allí. Como si el resto del mundo no estuviera allí.

¿Por qué lo haces?- pregunté de repente, bajando mi bote, observando como se movía su brazo con la precisión de un cirujano urbano.

Él no contestó inmediatamente. Terminó una sombra, soltó el gatillo y se giró hacía mí, agitando el bote ligeramente.

Porque aquí no importa nada.- dijo dando un toque en el muro con el spray-. Cuando estoy pintando me evado de l realidad. Mi cabeza desconecta. Es como si el volumen de la ciudad disminuyera al mínimo. Solo existo yo.

Hizo una pausa, mirando su obra, a medio terminar, y luego volvió a mirarme a mí.

—Es lo único que me ayuda a evadirme. Es en lo único que yo tengo el control. Si quiero que el mundo sea negro, lo pinto negro. Si quiero darle más luz uso el flúor. No pido permiso, no pido perdón. Simplemente soy.

Yo lo escuchaba en silencio con esas palabras resonando en mi cabeza. Comprendí que hay algo que guardábamos en común. Las ganas de evadirnos, de desaparecer. La sociedad se empeña en marcar distinciones marcadas por el dinero, por el coche que conducimos, por el barrio en que residimos. Qué estupidez. En todos los muros se forman grietas. Y todas, con mayor o menor profundidad, tienen el mismo origen. El profundo dolor por la perdida, el terror paralizante ante lo desconocido, el miedo a tomar una mala decisión que lo arruine todo... Verdades universales que nos igualan en las noches más oscuras. Procesando la enormidad de esa conexión universal en la que me acababa de perder, no me había percatado de que Lucas había terminado su obra. El silencio se había adueñado de todo y ya no se escucha el clic, clic, clic.

Me quedé sin palabras.

El mural era impactante. Usando solo pintura negra y aprovechando la textura rugosa del ladrillo para las sombras, había creado una silueta. La caída perfecta de la sudadera, la falda de tablas que asomaba por debajo, y en su mano derecha un casco. La figura estaba de espaldas, contemplando hacia el horizonte algo que, pintado con trazos más difusos y lejanos, evocaba la silueta recortada de los edificios de la ciudad de Madrid.




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