Quédate con mi cara

Y QUE SE PARE EL TIEMPO

El parqué de la entrada terminó lleno de nuestras huellas, pero nos daba un poco igual porque estábamos muertos de frío hasta el punto de castañear los dientes. Le tiré a Lucas una toalla a la cabeza y lo mandé derecho al baño de invitados con una muda que saqué del fondo del armario de mi padre; ropa que se había quedado allí olvidada, congelada en el tiempo.

Cuando nos volvimos a encontrar en el pasillo, casi suelto una carcajada. Lucas llevaba una sudadera gris, como la primera vez que le vi, que le quedaba un poco corta de mangas y unos pantalones de chandal oscuros que, milagrosamente, no le quedaban del todo mal. Iba descalzo, pues sus zapatillas seguían empapadas. Yo, por mi parte, me había colocado un chandal viejo y desgastado,, tres tallas más grande, que guardaba en mi antigua habitación. Era el tipo de ropa con el que nadie debería verte nunca y, admito, que agradecí llevar las uñas de los pies bien arregladas. No siempre era así.

- Ahora soy yo quien te deja ropa-. Bromeé.

- Nunca deberíamos perder esta costumbre tan... nuestra- contestó él- Oye, ¿cuál es tu habitación?

Me quedé quieta, con los brazos cruzados dentro de las mangas del jersey.

- ¿Para qué quieres verlo?- pregunté, intrigada.

- Porque el cuarto de alguien en un santuario. Es el lugar en el que más se puede aprender de una persona. Y tengo la sensación de que allí debe haber una versión de ti que me estás escondiendo.

Dudé un segundo, lo admito. La terraza era cosa, pero abrirle la puerta a mi pasado era otra muy distinta. Sin embargo, algo en su forma de mirarme me hizo ceder.

- Por aquí- murmuré, dándome la vuelta.

Empujé la puerta de madera blanca al final del pasillo. Mi habitación no tenía nada que ver con el enorme dormitorio, y muebles de diseño, que tenía en la enorme casa de las afueras. La pared estaba repleta de cuadros y algunas laminas hechas a mano. Varias estanterías abarrotadas de libros y una hilera de luces de feria apagadas sobre el cabecero de la cama de un metro diez.

Lucas entró despacio, como si temiera romper algo. Se acercó a las estanterías, una por una, rozando con las yemas de los dedos cada lomo de cada libro, y luego se detuvo ante un pequeño corcho lleno de fotos de polaroid.

- ¿Es tu madre?- asentí con un nudo en la garganta.

- ¿Por qué ya no vivís aquí?

me senté en el borde de la cama, encogiéndome de piernas y abrazando mis rodillas. Miré fijamente aquel corcho antes de contestar.

- Porque este mundo se rompió- confesé, y por primera vez, la coraza no me pesó tanto al quitármela-. Mi madre murió hace un par de años. Fue una enfermedad muy larga... de esas que te van desgastando poco a poco, que te roban a la persona antes de que se apague su cuerpo del todo. Cuando se fue, mi padre se quedó devastado. Estaba completamente perdido, sin rumbo. Odiaba esta casa. La odiaba tanto como a la propia vida si mi madre no estaba en ella. Y yo... yo sentí que ya no pertenecía a este lugar. Me sentía una extraña en mi propia casa. Todo se volvió tan oscuro...

Lucas se sentó despacio en la silla del escritorio, escuchándome sin interrumpir. Sus ojos estaban clavados en los míos, apesadumbrados, absorbiendo cada palabra.

- Hasta que un día, de l añadámoste, mi padre me sentó en el sillón con una cara diferente.- continué tragando saliva para deshacer el nudo de la garganta-. Me dijo que había conocido a alguien. Que se volvía a casar. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Montar una escena? ¿Decir que no era lo que quería? Después de meses viéndolo tan hundido, por fin volvía a vivir, volvía a sonreír. Así que me resigné. Tuve que empaquetar mi vida en cajas, cerrar esta puerta y mudarme a una casa gigante en un barrio residencial que no conocía, rodeada de gente extraña.

Dejé car la cabeza a un lado, clavando la vista en la alfombra. Contar todo aquello me costaba la vida entera.

- De la noche a la mañana me encontré viviendo con unos desconocidos. Elena, la nueva mujer de mi padre, y sus dos hijos. Pol ... que es un chico bastante majo ...- Me detuve. El aire pareció volverse más denso en la habitación y sentí un pinchazo de pura incomodidad en el pecho. Me removí en la cama, aclarándome la garganta antes de forzar el siguiente nombre.- Y...Biel.

Lucas arqueó una ceja, captando al vuelo el cambio drástico en mi lenguaje corporal, la tensión repentina en mis hombros o como mis dedos había apretado la tela del pantalón.

- ¿Y qué pasa con ese tal Biel?- preguntó Lucas, con la mirada entornada.

- Qué es un capullo integral.

Tuve miedo de que insistiera, pero demostró tener mucha más intuición de la que aparentaba.

- Bueno...- dijo en voz baja, ladeando un poco la cabeza-. Creo que eres muy valiente, Gala.

Alcé la mirada, parpadeando sorprendida. No era lo que esperaba escuchar.

- ¿Valiente?

- Si. Dejar atrás tu mundo, tus cosas, y meterte en una casa con una nueva familia que no conoces de nada después de haber pasado por algo tan jodido... No todo el mundo es capaz de hacerlo. A mi me parece de ser muy fuerte.

Lucas me miraba con un respeto que me desarmó. Bajé los pies al suelo, recorriendo con la vista las luces apagadas del cabecero.

- Mi padre nunca ha querido desprenderse de esta casa- confesé un poco más relajada.- Sé que nunca la venderá, ni la alquilará. Hay demasiados recuerdos de ella entre estas paredes. Creo que en el fondo es su forma de mantener una parte de mi madre viva.

Me abracé a mi misma, encogiéndome un poco de hombros.

- Creo que los objetos son como anclas. La extensión física de su identidad. Cuando una persona desaparece, y no podemos tocarlas ni escucharlas, los objetos nos ayudan a retener su esencia, su olor...

- Es una forma de decirle al dolor que todavía no estás lista para aceptar ese vacío. Yo creo que cuando pierde a alguien no solo sientes el miedo a su ausencia, sino el pánico por olvidar los pequeños detalles. Su risa, su aroma o la forma en la que cocinaba.




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