Quédate con mi cara

BURBUJAS DE CRISTAL

A veces, el silencio después de una tormenta no es incómodo; es simplemente el espacio que queda cuando las palabras ya no hacen falta. Después de aquella noche en mi habitación, después de vaciar el peso de la historia de mi madre y de aquel abrazo tan salvaje que me reajustó las costillas, las cosas cambiaron.

No hubo una gran declaración ni un acuerdo firmado, pero el muro se había agrietado tanto que ya no servía para esconderse.

Y entonces, el tiempo empezó a correr de otra manera.

Si alguien me hubiera dicho semanas atrás que mi rutina diaria incluiría a Lucas, me habría reído en su cara. Pero la vida tiene una forma extraña de volverte adicta a lo que antes temías. El cambio no fue de golpe, sino un goteo constante de momentos que, casi sin darme cuenta, se convirtieron en mi parte favorita del día.

Todo empezó con un mensaje de texto a la mañana siguiente. Un simple <<¿Sobreviviste al chándal viejo de mi padre?>> que él contestó en el acto con un <<Ese chándal fue lo menos importante de la noche>>.

A partí de ahí, los días se llenaron de memes absurdos, canciones a mitad de la noche y planes compartidos que ya no me generaban pánico, sino un vuelco en el estómago.

Volvimos al ático una, dos, tres veces. El lugar que antes me parecía un refugio secreto se transformó en nuestro espacio seguro. Ya no necesitábamos la excusa del frío o de la lluvia; simplemente subíamos allí a dejar pasar las horas. Lucas dibujando, con esa concentración suya que me ponía nerviosa, y yo observándolo, pretendiendo leer mientras memorizaba la línea de su perfil.

Empezamos a gastar el asfalto. Paseamos sin rumbo, nos perdimos por calles cualquiera y acabamos sentados en bancos simplemente para ver a la gente pasar, imaginándonos a donde iba o con quién había quedado.

— Ese señor bajito, con cara compungida y las mejillas rosadas va a encontrarse con el amor de su vida.

—¿Cómo lo sabes?- le pregunté.

—¿Ves la corbata que lleva puesta? Está mal anudada y ladeada hacía la izquierda. Seguramente no ha dejado de tirar de ella porque le agobia, no está acostumbrado a llevarlas pero esta era una ocasión especial.

—Quizás va a una entrevista de trabajo y quería causar buena impresión...- le contesté yo.

—Lleva una flor en la solapa... Nadie se pone una flor para una entrevista de trabajo. Y no para de atusarse el pelo, está sudoroso y mira el reloj como un desesperado. Solo el amor puede ser el culpable.

-Así que para ver al amor de tu vida debes colocarte una flor en la solapa, interesante.

Él se levantó, arrancó una pequeña margarita del césped y se la colocó en la solapa sin mediar palabra. Yo tampoco dije nada, no pude, pero me quedé completamente obnubilada intentando reprimir la sonrisa más grande del mundo.

Lucas tenía la manía de quitarme uno de los cascos cada vez que quería decirme algo (que casi siempre terminaba siendo cualquier tontería por hacerme rabiar), obligándome a escuchar el ruido del mundo mezclado con su risa.

Fuimos al cine tres veces en diez días. No creo que ninguno de los dos fuera capaz de recordar un solo argumento. El cine se convirtió en la excusa perfecta para estar a oscuras., lo suficientemente cerca como para que el calor de su brazo traspasase la ropa. Compartíamos las palomitas en un pacto silencioso, rozando los dedos del otro en el cubo a propósito, estirando esa tensión adictiva que se nos instalaba en el pecho cada vez que las luces se apagaban.

Hacer cosas con Lucas era fácil, demasiado fácil. Nos acostumbramos a la presencia del otro como quien se acostumbra a respirar un aire más puro. Yo ya no miraba de reojo buscando amenazas, y él había dejado atrás esa vergüenza incontrolable que le obligaba a mantener las distancias.

Pero las burbujas, por muy perfectas y brillantes que sean, siempre flotan en un mundo lleno de agujas.

Aquella tarde, la penumbra del ático se sentía especialmente cálida. Estábamos tirados en el suelo, de espaldas contra el sofá viejo, compartiendo los auriculares mientras la música sonaba bajito entre nosotros. Lucas tenía los ojos cerrados, tarareando una melodía que no logré identificar, con una paz que rara vez le había visto.

Lo miré. Detenidamente. Su pelo revuelto, la comisura de sus labios relajada, la cercanía de sus dedos a escasos centímetros de mi mano sobre el parqué. Sentí un impulso casi doloroso de acortar esa distancia, de rozar mis nudillos con los suyos y dejar que el silencio terminara de hacer el resto. Deslicé la mano apenas un par de centímetros por el parqué, buscando su calor, contenida por un miedo estúpido pero real. Justo cuando la punta de mis dedos rozó su piel y Lucas empezó a abrir los ojos, el mundo exterior decidió que ya habíamos tenido suficiente tregua.

Mi móvil, que descansaba boca arriba sobre la mesa baja, comenzó a vibrar. El zumbido violento contra la madera sonó como una explosión en mitad de la penumbra del ático, y la luz azulada de la pantalla rasgó la atmósfera cálida que nos envolvía.

La melodía que Lucas tarareaba se cortó en seco. Nos quedamos estáticos, congelados en la misma postura, como si movernos hiciera que la realidad nos golpeara más rápido. Él bajó la mirada hacia el aparato antes de que yo tuviera tiempo de reaccionar.

Y ahí, parpadeando con una insistencia cruel que hacía daño a los ojos, estaba el nombre que llevaba semanas intentando borrar de mi mapa.

Biel.

El aire se volvió denso, casi imposible de respirar. Lucas se incorporó despacio, apartando el auricular que compartíamos con un gesto lento, demasiado controlado. Se apoyó de espaldas contra el sofá viejo y clavó sus ojos oscuros en mí. Ya no quedaba ni rastro del chico relajado de hacía unos segundos; la fachada de piedra había vuelto a su sitio. Se formó un silencio helado, roto solo por el zumbido del teléfono que seguía reclamando mi atención.

Miré a Lucas. Estaba serio, con la mandíbula apretada, esperando mi reacción. Vi el destello de la margarita que se había puesto en la solapa horas antes, ahora un poco mustia, un recordatorio doloroso de la ternura de hacía unos minutos. No podía permitir que Biel pinchara esta burbuja. No otra vez.




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