Un tono. Dos tonos. Tres tonos... y luego la maldita locución del buzón de voz que me corta la respiración.
Aparto el teléfono de la oreja con una lentitud que me quema los tendones y me quedo mirando la pantalla negra. Sostengo el móvil frente a mis ojos, observando cómo el nombre de Gala desaparece para devolverme el reflejo de mi propia cara de gilipollas en el cristal negro. Aprieto el agarre en la carcasa hasta que me crujen los nudillos, conteniendo el impulso salvaje de estampar el aparato contra la pared de mi habitación.
Porque lo necesito. Porque la necesito a ella. Y esa puta dependencia me está destrozando el estómago.
Me levanto de la cama y empiezo a dar vueltas por la habitación como un animal enjaulado. El cuarto se me cae encima. Hay una luz grisácea que entra por la ventana y que hace que todo parezca jodidamente miserable. Gala lleva días esquivándome, moviéndose por la casa como si yo fuera una sombra invisible o un mueble viejo que molesta al pasar. Ya no baja la mirada cuando me cruzo con ella en el pasillo, ya no se le escapa ese temblor en las manos cuando le suelto una de mis borderías.
Está cambiando. Se está escapando. Y yo me estoy volviendo loco en el proceso.
Lo que me quema por dentro no es solo el silencio de hoy; es la insoportable certeza de que está perdiendo el miedo. Durante años, la única forma que conocí de asegurar mi lugar en su vida fue ser su tormenta particular. Me comportaba como un salvaje, tosco, irracional, soltando comentarios cortantes solo para ver cómo se le encendían las mejillas de rabia. Me alimentaba de su frustración porque, al menos, la rabia era una reacción. Mientras me odiara, mientras me temiera un poco, sabía exactamente dónde pisar. Controlaba el tablero.
Pero ahora el tablero ha volado por los aires y no sé qué coño hacer con las piezas.
Me detengo frente al espejo del armario y me quedo mirando al tipo del otro lado. Tiene la mandíbula rígida y los ojos inyectados en una mezcla de orgullo herido y pánico puro. Odio esa mirada. Me recuerda demasiado al crío indefenso que juré dejar morir el día que mi padre hizo las maletas y nos dejó tirados en la puta calle. Aquella fue la primera vez que perdí el control, la primera vez que descubrí que si muestras una sola grieta, el mundo te machaca sin parpadear. De ahí saqué esta fachada de tipo duro, este escudo de mierda que me ha servido para que nadie vuelva a compadecerse de mí. Con el resto del mundo funciona. Con mi madre funciona.
Pero con Gala... con Gala nunca ha sido tan fácil.
Ella me vio llegar a esta casa arrastrando los pies y con los puños cerrados, dispuesta a odiarlo todo. Al principio me hacía gracia lo jodidamente transparente que era. Tan torpe, tan limpia, tan incapaz de ocultar lo que sentía. Era todo lo contrario a mí. Empecé a machacarla porque era mi manera de protegerme de su luz, de recordarme que éramos agua y aceite.
El problema es que no me di cuenta del momento exacto en el que dejé de mirarla para molestarla y empecé a buscarla por pura necesidad. No sé cuándo la niña que se tropezaba con los muebles se convirtió en esta mujer que ahora me quita el sueño. Solo sé que llevo meses vigilándola desde el subsuelo, conteniendo las ganas de romper la distancia prohibida que nos separa y odiándome a mí mismo cada vez que la veo sonreír lejos de mí.
Y lo peor de todo es que sé perfectamente cuándo se nos rompió el freno. Sé en qué rincón de mi cabeza se quedó clavada la aguja de esta obsesión.
Fue aquella noche de la tormenta. La noche en la que el cielo se vino abajo y, por unas horas, dejó de ser mi hermanastra para convertirse en lo único real que he tenido nunca.
Mis viejos no estaban en casa y el primer trueno hizo temblar los cristales de mi cuarto con una violencia salvaje. En lo único en lo que pensé no fue en el ruido, sino en ella. Sabía perfectamente que Gala le tenía un pavor irracional a los rayos, de esos que te encogen el estómago y te dejan sin aire. Me quedé sentado en el borde de la cama, a oscuras, escuchando el crujido de la madera del pasillo. Esperé. Conté los segundos entre el relámpago y el estruendo, sabiendo que no tardaría en salir de su habitación.
Cuando escuché sus pasos erráticos bajando hacia la cocina, me levanté. No bajé para molestarla, aunque eso fue lo que ella creyó. Bajé porque el instinto de protección me estaba quemando por dentro de una forma que no podía controlar. Avanzó a tientas por el pasillo, con la pantalla del móvil alumbrando apenas sus pasos mientras buscaba velas, y chocó directamente contra mi pecho. Ahogó un grito y el aparato se le cayó de las manos, rompiéndose la pantalla contra el suelo.
—¿Eres tonta o qué? —protesté en la penumbra.
Le solté el hachazo por puro reflejo defensivo, pero no me aparté. No podía separarme de ella aunque quisiera. Sentir su impacto contra mi cuerpo me había congelado los cables.
—No hay luz... —atinó a decir ella. Su voz sonó rota por el susto, cargada de una vulnerabilidad que sé que odió mostrarme.
Se quedó quieta, esperando una de mis réplicas cortantes, un insulto o una burla de las mías. Pero tenerla así de desarmada me hizo imposible seguir fingiendo. Suspiré. Saqué el mechero del bolsillo y el clic de la piedra hizo brotar una pequeña llama que iluminó mi rostro. Supongo que por primera vez mis ojos oscuros no reflejaban rabia, porque Gala se me quedó mirando fijamente, descubriendo mi propio revés en mitad de la penumbra. Algo cambió en el aire entre los dos en ese maldito segundo.
Me agaché para recoger su móvil roto del suelo y luego volví a mirarla. Estábamos tan jodidamente cerca que podía oler su respiración mezclada con mi propia colonia y el aroma de la lluvia fuerte que golpeaba los cristales.
—Tranquila —le dije.
Me sorprendí a mí mismo. Mi voz no sonó dura, sino extrañamente baja, profunda. Le puse una mano en el hombro, un amago de caricia breve, pero la calidez de mis dedos atravesó su camiseta y me pegó un vuelco en el estómago que me dejó casi sin respiración. Esa noche no nos convertimos en amigos, el hielo no se rompió para hacernos hermanos; se rompió para dar paso a algo muchísimo más peligroso.
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Editado: 19.07.2026