El estrépito de la cafetería a la hora del almuerzo suele resultarme insoportable, pero hoy es exactamente el ruido de fondo que necesito para acallar mi propia cabeza. Hay algo extrañamente reconfortante en el tintineo de los cubiertos, las risas exageradas de la mesa de los de segundo y el olor a fritanga flotando en el aire. Es la prueba de que el mundo real sigue girando, de que la vida continúa más allá de la intensidad que se respira en las paredes de mi casa.
El problema es que, en mi mesa, la intensidad tiene nombres y apellidos. Y ahora mismo me están acorralando.
—A ver, cariño, mírame fijamente a los ojos —Martín da un golpe seco con su tenedor contra el borde de la bandeja de plástico, obligándome a levantar la vista de mi ensalada—. Esos ojos no son de haber estado estudiando matemáticas hasta las tres de la mañana. Yo conozco las ojeras de no dar un palo al agua , y esas no son. Tú tienes cara de haber pecado. O de estar a punto de hacerlo.
—Déjala respirar, Martín, que la vas a ahogar antes de que suelte el cotilleo —interviene Clara, aunque no lo hace por piedad, sino porque está demasiado ocupada extendiendo una cartulina rosa gigante sobre la mesa, apartando los vasos de agua sin ningún miramiento—. Gala, concéntrate. Quedan poco más de dos semanas para tu cumpleaños y Pol ya me ha dicho que el porche está libre. Necesitamos cerrar la lista de invitados ya. No podemos dejar que tu entrada en los diecisiete sea un fracaso absoluto.
—No va a ser un fracaso —protesto, removiendo un tomate con el tenedor sin el menor interés en comérmelo—. Además, solo quiero algo tranquilo. Nosotros tres, una película, pizza y ya está. No necesito un festival de música.
Martín suelta una carcajada tan dramática que un par de chicos de la mesa de al lado se giran a mirarnos. Él ni se inmuta; se recoloca la mochila en el hombro y me apunta con un dedo acusador.
—¿Pizza y peli? ¿Para tus diecisiete velas? Ni hablar, reina. Eso lo haces cuando tengas ochenta y reumatismo. Este año toca fiesta. Clara ya tiene el itinerario de la música y yo me encargo de la decoración ready-to-Instagram. Pero aquí hay un vacío legal que me está doliendo en el orgullo analítico. —Se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa y reduciendo la distancia entre nosotros con una sonrisa astuta—. Llevas semanas mirando el móvil como si tuviera el secreto de la eterna juventud. Te ríes sola mirando la pantalla. Te muerdes el labio. Así que, o te ha tocado la lotería, o hay un nuevo espécimen en tu ecosistema y nos lo estás ocultando.
Clara deja caer el bolígrafo con el que estaba apuntando los nombres y se cruza de brazos, clavándome esa mirada de mejor amiga que es capaz de leerte la matrícula a tres kilómetros de distancia.
—Es verdad —secunda, entornando los ojos—. El sábado desapareciste toda la tarde y volviste con una cara que no era ni medio normal. ¿Quién es, Gala? ¿Por qué tanto misterio?
Siento que las mejillas me arden de golpe. Intento beber un trago de agua para ganar tiempo, pero sé que estoy perdida. Con ellos dos no sirven las evasivas; son como el FBI, pero con mejor sentido de la moda. En mi cabeza se reproduce el recuerdo del ático, el sabor de los labios de Lucas y esa sensación de seguridad que sentí a su lado, tan jodidamente lejos de las garras de Biel.
—A ver, no os pongáis dramáticos —comienzo, intentando que mi voz suene todo lo casual que el temblor de mis manos me permite—. No hay ningún misterio. He conocido a alguien, ¿vale? Se llama Lucas.
Clara casi tira el vaso de agua sobre la cartulina rosa y Martín frena el tenedor en el aire, mirándome como si acabara de confesar un crimen de estado.
—¿Lucas? —repite Marta.
— No recuerdo a ningún Lucas , ¿Es de segundo?- pregunta Martín a lo que niego con la cabeza.
—¿Es el chico del autobús?— pregunta Clara entornando los ojos.
—El mismo —admito, sintiendo que el calor me sube por el cuello.
—¡Y no nos habías dicho nada zorra! —Martín se lleva una mano al pecho, ofendido en lo más profundo de su ser—. Eres una traidora de categoría internacional, Gala. Exijo una auditoría completa de ese chaval ahora mismo. ¿A qué se dedica? ¿Tiene conversación? ¿Es de los que usan auriculares de diadema para parecer interesantes o es interesante de verdad?
—Es encantador —digo, y la sonrisa se me escapa antes de que pueda frenarla—. Y normal. Es normal, que para variar en mi vida, ya es mucho.
Clara intercambia una mirada cómplice con Martín y da un par de golpecitos con el bolígrafo sobre la cartulina rosa, justo en el espacio en blanco que había dejado al final de la lista.
—Apuntado: Lucas —dice con una sonrisa triunfal—. Puesto número uno en la lista de honor del cumpleaños.
—¡No, esperad! —me llevo las manos a la cabeza, presa de un pánico repentino—. No podéis meterlo en la lista así como así. Es demasiado pronto. Solo hemos... bueno, ni si quiera estamos saliendo, meterlo aquí con vosotros dos saltando sobre su yugular a preguntas lo va a espantar. Además, Pol y Biel andarán por allí con sus amigos, la barbacoa... no quiero agobiarlo.
—A ver, cariño, nos ponemos intensos, pero somos encantadores —me corrige Martín, apoyando la barbilla en la mano—. Y esto no es negociable. Cumplir diecisiete rodeada de la testosterona de los amigos futboleros de tus hermanos está bien para rellenar espacio, pero necesitas un incentivo real. Si ese chico de verdad te gusta, tiene que pasar el control de calidad. Invítalo.
—Que no...
—Que sí —insiste Clara, deslizándome mi propio teléfono por la mesa de la cafetería—. Saca el móvil. Ahora mismo. Le mandas un mensaje y le dices que dentro de dos sábados te haces un año más vieja y que quieres que esté allí. Si dice que no, Martín y yo nos encargamos de borrarlo de tu historial.
Me quedo mirando la pantalla del teléfono. Mis amigos me observan fijamente, conteniendo la respiración como si estuviéramos en mitad de una misión de alto secreto de la CIA. Sé que tienen razón. Sé que invitar a Lucas a mi casa, a mi entorno, es el paso definitivo para sacarlo de esa burbuja secreta del ático y traerlo a mi realidad. Es arriesgado, sobre todo viviendo bajo el mismo techo que Biel, pero el recuerdo de los labios de Lucas y la seguridad que sentí a su lado me dan el empujón que necesito.
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Editado: 19.07.2026