Quédate con mi cara

MARA DENTRO

—¡Biel, joder, reacciona! ¡Que si llega a ser un partido oficial nos clavan cuatro por tu culpa!

La voz de Hugo me llega amortiguada por el zumbido que tengo metido en las orejas. No le contesto. Me limito a quitarme las botas de tacos con dedos torpes y a dejarlas caer contra el suelo de baldosas del vestuario con un golpe seco. El olor a reflex, a sudor y a humedad me satura los pulmones, pero ni siquiera soy capaz de concentrarme en eso.

Tienen razón. He estado lamentable. Como capitán del equipo, se supone que tengo que ser el primero en morder, el que organice la defensa, el que tenga los reflejos lo suficientemente afilados como para anticipar cada balón. Pero hoy he sido un puto fantasma arrastrándose por el césped artificial. En el partidillo de entrenamiento he dejado pasar dos balones ridículos, he fallado un pase limpio a portería y casi me llevo por delante al extremo por llegar tres segundos tarde a un cruce.

Tenía las piernas pesadas, pero el problema no era físico. El problema es que cada vez que parpadeaba, no veía el balón; veía el reflejo de la pantalla de mi móvil. El vacío de su silencio. La certeza de que Gala me había colgado el teléfono para quedarse a solas con alguien, estaba seguro.

—Déjalo, Javi, que el capi hoy tiene el cuerpo aquí pero la cabeza en otra galaxia —se mofa el delantero del equipo, dándome un palmetazo sonoro en la espalda desnuda mientras pasa con la toalla al hombro—. ¿Qué pasa, Biel? ¿Tanta fiesta te está pasando factura o es que por fin hay una tía que te hace perder los papeles?

—Vete a la mierda, Carlos —le suelto sin mirarlo, con la voz pastosa.

El vestuario estalla en una ronda de risas y vaciles masculinos. Es el código de siempre, la agresividad camuflada de colegueo que normalmente manejo con los ojos cerrados. Suelo ser yo el que lidera las burlas, el tipo duro e intocable al que nadie se atreve a toserle. Pero hoy no tengo fuerzas ni para sostener la fachada. Me quedo sentado en el banco de madera, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos, escuchando el eco de las duchas al fondo y el chachareo de los chicos sobre la lista de invitados para el sábado.

El cumpleaños de Gala. Sé que están organizando algo. He oído a Pol hablar de la barbacoa del porche. Y yo estoy aquí, completamente ciego, encerrado fuera de los muros que ella ha levantado a su alrededor.

Me levanto de golpe, necesitando que el agua me borre la mugre y el agobio, y me meto en la zona de las duchas. Dejo que el chorro caiga a una temperatura casi insoportable sobre mi nuca, esperando que el dolor físico apague la tormenta mental. Cierro los ojos. El vapor caliente empieza a nublar el espacio, y es ese calor, mezclado con el sonido del agua golpeando los azulejos, lo que me arrastra hacia atrás sin que pueda evitarlo.

Hacia el agua. Hacia el calor de verdad. Hacia el último verano.

A la mierda el instituto. A la mierda el fútbol. En lo único en lo que puedo pensar es en Grecia.

Había sido a finales de julio, durante ese viaje familiar sagrado que nuestros padres se empeñaban en repetir cada año para fingir que éramos la versión moderna de la familia Brady. Aquella noche, después de una cena eterna en una taberna del puerto donde el vino local y el calor sofocante del Egeo habían dejado a los viejos completamente derrengados, todos regresaron al hotel arrastrando los pies, ansiosos por pillar el aire acondicionado. Todos menos nosotros.

Gala y yo nos quedamos atrás, caminando por la orilla de una playa completamente desierta, a oscuras, a un par de kilómetros del pueblo. El cielo de las islas no tenía nada que ver con el gris miserable de Madrid; era un manto de tinta negra salpicado de millones de estrellas que parecían brillar solo para nosotros, con una luna llena colgada del horizonte que teñía el agua de un color plata irreal.

La tensión que había nacido aquella noche de tormenta meses atrás en nuestra casa se había vuelto insoportable durante el viaje. Ya no podíamos mirarnos sin que el aire quemara.

Me detuve en seco sobre la arena húmeda, mirándola de reojo. Ella llevaba un vestido blanco, ligero, que el viento de la costa se lo pegaba al cuerpo, y el pelo alborotado por la sal. Se veía tan jodidamente limpia, tan ajena a mi oscuridad, que me dio rabia. Necesitaba romper esa distancia, necesitaba ensuciarla un poco con mi propio caos.

—A que no tienes huevos de meterte —le solté, desafiándola con esa sonrisa chulesca que siempre usaba para pincharla.

Gala se frenó y me miró, entornando esos ojos claros que la luna hacía brillar. Su barbilla se alzó, orgullosa. Odiaba que la tratara como a una cobarde.

—¿Ah, sí? —desafió ella, y por primera vez no hubo timidez en su voz, sino un reto directo que me prendió fuego en la sangre—. Mírame.

Antes de que pudiera procesarlo, Gala se llevó las manos al dobladillo del vestido y se lo quitó de un tirón, dejándolo caer sobre la arena junto a sus sandalias. Se quedó en ropa interior, blanca y sencilla, mostrándome una silueta que me dejó sin aire en los pulmones. Se giró y corrió hacia la orilla, adentrándose en el mar espumoso sin mirar atrás.

Solté una maldición entre dientes, me deshice de la camiseta y los pantalones en tres segundos y me lancé al agua detrás de ella.

El mar estaba extrañamente cálido, como si guardara todo el calor del sol de la tarde. Nadé un par de brazadas hasta que el agua me llegó al pecho y la alcancé. Cuando Gala se giró para regodearse de su victoria, la luz plateada de la luna la pilló de pleno. El tejido blanco, completamente empapado, se había vuelto sutilmente translúcido, pegándose a su piel como una segunda capa invisible. Dejaba adivinar sus curvas de una forma tan pura y a la vez tan devastadora que sentí que el mar se me tragaba, la agarré por la cintura y la atraje hacia mí. El impacto de su piel mojada y templada contra la mía desmanteló cualquier rastro de cordura que me quedara. Estábamos en una playa vacía, bajo las estrellas, flotando en mitad de la nada.




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