Quédate con mi cara

TIERRAS MOVEDIZAS

La rutina en esta casa se ha vuelto extrañamente densa en los últimos días. Desde hace una semana, una especie de neblina gris e invisible parece haberse instalado en el ambiente, apagando el ruido habitual de los portazos, las quejas por la limpieza y las conversaciones cruzadas en el pasillo.

Se nota especialmente a la hora de cenar.

Sentados a la mesa el miércoles por la noche, la distancia entre nosotros se sentía más grande que nunca. Elena, apenas picoteó el plato moviendo los cubiertos con la mente puesta en otra parte, respondiendo con monosílabos amables cada vez que Pol o yo intentábamos integrarla. Tenía los hombros sutilmente caídos y una expresión de fatiga profunda que intentaba camuflar detrás de una corrección impecable. Mi padre no le quitaba el ojo de encima; estaba extrañamente atento a cada uno de sus movimientos, recolocándole el vaso o apoyando una mano protectora en su espalda cada vez que ella se quedaba con la mirada fija en el infinito. Era una tensión muda, una seriedad en sus rostros que yo no alcanzaba a descifrar, pero que hacía que el aire en el comedor se sintiera casi irrespirable.

Pol se encargó de llenar los huecos hablando de sus entrenamientos, devorando la comida con la inconsciencia habitual que le caracterizaba, ajeno a las corrientes subterráneas de la mesa.

Intentando romper el hielo y forzar un poco de esa normalidad que parecía escurrirse entre los dedos, la madre de Biel dejó su copa de vino sobre el mantel y me dirigió una mirada atenta.

—Por cierto, Gala, el sábado es tu cumpleaños. Tu padre y yo habíamos pensado en reservar en ese restaurante italiano tan lujoso del centro que tanto te gusta. Ese que tiene la pasta trufa en rueda de queso. Nos apetece invitarte a una cena especial en familia.

Miré a mi padre, que asintió con una sonrisa débil, reforzando la propuesta de su marido con un hilo de voz suave.

—Sí, cariño. Te lo mereces. Además, tenemos tu regalo esperándote en el despacho. Sé que le tenías muchas ganas a esa cámara de fotos nueva.

El corazón se me encogió un poco. El detalle de la cámara era precioso, y en cualquier otro momento me habría vuelto loca de la ilusión, pero verlos allí sentados, esforzándose tanto por mantener una amabilidad que se sentía forzada y gris, me revolvió el estómago. Algo iba mal con ellos, lo presentía, pero mi propia culpabilidad me impedía indagar más.

—Muchísimas gracias, de verdad —respondí, intentando sonar lo más agradecida posible—. Me hace muchísima ilusión lo de la cámara... pero de verdad que no hace falta que os gastéis ese dineral en el restaurante. Prefiero que hagamos algo tranquilo en casa. Clara y Martín insistieron en organizar una barbacoa en el porche con Pol y algunos amigos. No os preocupéis, de verdad, prefiero mil veces el plan de estar aquí relajados.

Entonces, Biel movió su pieza.

Él tampoco había abierto la boca en toda la noche, limitándose a observarnos desde su esquina de la mesa con la mandíbula rígida y esos ojos oscuros fijos en mí, invocando en silencio el recuerdo de Grecia y la traición de su desprecio posterior. Aprovechó el segundo exacto en el que mi madre iba a replicar y soltó la bomba con ese tono desapegado y arrastrado que usa cuando quiere hacer daño:

—Claro, Germán, dejad que se quede en el porche —dijo Biel, dirigiendo su mirada hacia mi padre, clavando el dardo directamente en mi pecho—.Me ha dicho que hay nombres nuevos en la lista de invitados. No querrá que una cena familiar le estropee la presentación oficial.

—¿Presentación oficial? —repitió Elena, saliendo de su letargo por un segundo y parpadeando con una chispa de genuina sorpresa. Intercambió una mirada rápida con su marido antes de clavar los ojos en mí—. Gala, ¿de qué está hablando Biel? ¿Hay alguien especial?

Sentí que las mejillas me ardían de golpe. Desvié la mirada hacia Biel con un recelo que fui incapaz de disimular, deseando con todas mis fuerzas que la tierra se me tragara. Él se limitó a dar un sorbo parsimonioso a su vaso de agua, sosteniéndome la mirada por encima del cristal con una suficiencia que me revolvió el estómago. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo: me estaba acorralando frente a ellos.

—No, Elena, en serio, Biel es un exagerado —negué de inmediato, intentando forzar una risa casual que sonó completamente falsa—. No es ninguna presentación oficial de nada. Es... es solo un chico . De verdad, no es nada importante.

Elena esbozó una de sus sonrisas débiles, aunque la sombra de cansancio seguía instalada en sus facciones.

—Bueno, de todas formas hay tiempo para ambas celebraciones, cariño —intervino ella con voz suave, buscando la aprobación de mi padre con la mirada—. Nos hace muchísima ilusión compartir ese día contigo, así que podemos darte el regalo por la mañana y dejaros el porche libre para vuestros amigos por la tarde.

Mi padre, que había estado observando la escena en silencio y con esa seriedad protectora que no se le quitaba de la cara, dejó los cubiertos sobre el plato. Se quedó pensativo unos segundos, mirando el mantel, hasta que de repente una idea pareció iluminarle el rostro. Miró a Elena y luego se giró hacia mí, con una expresión de entusiasmo que hacía días que no le veíamos.

—Esperad un momento. Tengo una idea muchísimo mejor —anunció, apoyando los antebrazos en la mesa—. ¿Por qué en vez de hacer la barbacoa en el porche de casa no os vais todos el fin de semana a la cabaña del lago?

Se me cortó la respiración.

—¿A la cabaña? —repitió Pol, dejando de masticar por primera vez en toda la noche y abriendo los ojos de par en par—. Joder, Germán, eso sería brutal. Allí podemos poner la música al trapo sin que los vecinos den el coñazo.

—Exacto —asintió mi padre, visiblemente animado por haber encontrado una forma de complacerme sin que la casa se convirtiera en un caos—. Está vacía, tenéis espacio de sobra, el embarcadero... Es el sitio perfecto para una barbacoa de diecisiete cumpleaños. Vuestra madre y yo nos quedamos aquí tranquilos descansando, os damos la cámara antes de que os vayáis, y vosotros os lleváis a vuestros amigos allí a pasar el sábado y la noche si queréis. La única condición es que Biel tiene que ir, es el adulto. ¿Qué te parece, Gala?




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