24 de junio
El verano había comenzado con su calor habitual, pero para mí no significaba descanso.
Entre clases, apuntes y tareas interminables, los días se repetían sin pausa. La universidad era un mundo nuevo, y a veces me sentía pequeña dentro de él, rodeada de personas que parecían tenerlo todo claro: amistades, relaciones, planes. Yo no.
Nunca había tenido novio. Ni siquiera alguien que me hiciera sentir diferente.
Muchos decían que era bonita, que llamaba la atención sin esfuerzo, pero no entendía por qué, a mis diecinueve años, todo en mí se sentía… incompleto.
En casa, todo era distinto.
Mi madre, Leonor, mantenía el orden con su presencia constante. Mi hermana, Marion, llenaba los espacios con su energía. Y junto a nosotras estaban mi tía Ofelia y su hija menor, Ángela. Las cinco éramos cercanas, casi inseparables. Nuestra pequeña familia se había convertido en un refugio en este país que, aunque no era el mío, había aprendido a llamar hogar.
Aquella mañana parecía como cualquier otra.
Café en mano, mochila cargada, intentando concentrarme en mis apuntes.
Hasta que mi teléfono vibró.
“Circe, recuerda que Vernon viene de vacaciones. Llega en dos días.”
Leí el mensaje dos veces.
Vernon.
No lo veía desde que éramos niños. En mi memoria, apenas era un niño pequeño con el que había compartido juegos sin importancia: carreras por el patio, risas fáciles, tardes que no significaban nada más que eso.
No habíamos mantenido contacto. Él vivía en otro país con su madre, Elvira, y su padre, Jerko. Era lógico que nuestras vidas tomaran caminos distintos.
Aun así, su nombre despertó algo en mí.
No era emoción. Era nostalgia.
Recordé mi infancia, los días soleados, los espacios que parecían infinitos. Recordé también el país que dejamos atrás, un lugar tan querido como difícil, que nos obligó a empezar de nuevo.
Guardé el teléfono, intentando volver a mis apuntes.
No lo logré.
La idea de Vernon permanecía ahí, insistente. Como un hilo invisible que conectaba mi presente con algo que creía olvidado.
Dos días.
Solo dos días para verlo otra vez.
Miré alrededor. Marion revisaba su cuaderno, mamá organizaba la cocina, y Ofelia hablaba en voz baja con Ángela.
Todo parecía igual que siempre.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
Porque aunque Vernon no formaba parte de mi vida actual, su llegada traía consigo una pregunta que no podía ignorar:
¿qué pasa cuando alguien del pasado regresa… y ya no eres la misma persona?
OK, este capítulo no ? Y cuando vamos a mencionar que ella vive en Japón y en Canadá