Quemaduras de anhelo

Cap 2 ecos del pasado

El campus estaba más silencioso de lo habitual esa mañana.

El aire húmedo del verano japonés se pegaba a la piel desde temprano, volviendo todo un poco más lento, más pesado. Me senté junto a la ventana, sosteniendo una taza de cocoa entre las manos, intentando concentrarme en la clase.

No lo logré.

Mi mente seguía regresando al mismo punto.

Dos días.

Vernon ya debía estar aquí.

—Circe.

Levanté la mirada.

—¿Sobreviviste? —preguntó Hina, dejándose caer en el asiento a mi lado con una sonrisa ligera.

Solté una pequeña risa.

—A duras penas.

Hablamos de cosas simples: el profesor, el calor, un café que probamos la semana pasada. Cosas normales. Seguras.

Pero incluso mientras la escuchaba, algo en mí se sentía distraído.

Inquieto.

Como si estuviera esperando algo sin saber exactamente qué.

Al volver a casa, el olor a pan recién horneado me envolvió de inmediato.

Todo estaba como siempre.

Familiar.

Seguro.

—¡Circe! —la voz de Marion me llamó desde la sala.

Dejé la mochila a un lado y me acerqué.

—Vernon vino ayer —dijo, casi sin contener la emoción—. Ya está aquí.

Me detuve.

—¿Ayer?

—Sí… —sonrió—. Ha cambiado mucho.

Algo en su expresión me hizo tensarme apenas.

Asentí, sin saber qué decir.

Al día siguiente salí antes de la universidad.

No tenía una razón clara.

Simplemente… lo hice.

El camino a casa se sintió más corto de lo normal.

Cuando abrí la puerta, escuché voces.

La de mi tía Ofelia.

Y otra más.

Me quedé quieta por un segundo.

Luego entré.

—Circe —dijo Ofelia—. Ven, cariño.

Di un paso al frente.

—Vernon, ella es Circe.

Lo miré.

Y por un instante, el tiempo se detuvo.

No era el niño que recordaba.

Era más alto. Sus facciones se habían definido, y había algo en su postura… más firme.

Pero fue su mirada lo que me hizo dudar.

Se quedó en mí un segundo más de lo normal.

Como si también estuviera intentando reconocerme.

—Hola —dijo.

—Hola… —respondí.

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

El silencio que siguió fue breve.

Pero incómodo.

Extraño.

Familiar.

Aparté la mirada primero.

No entendía por qué.

Durante la tarde, todo volvió a la normalidad.

Conversaciones, risas, platos que iban y venían.

Pero algo había cambiado.

Lo sentía en pequeños detalles.

En la forma en que, de vez en cuando, levantaba la mirada… y él ya estaba mirándome.

No de forma evidente.

Solo lo suficiente.

Esa noche, me recosté en mi cama, mirando el techo.

El ventilador giraba lentamente, moviendo el aire caliente de la habitación.

Cerré los ojos.

Y sin querer…

pensé en él.

En su voz.

En la forma en que me había mirado.

Fruncí el ceño.

No era nada.

No significaba nada.

Y aun así…

no pude evitar sentir que ese verano no iba a ser como los demás.




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