Vernon llevaba ya dos semanas en la ciudad.
Al principio, apenas noté su presencia. Era fácil verlo como alguien pasajero, una visita más, un recuerdo de infancia sin peso real en mi vida.
Pero algo cambió.
No de golpe.
Fue poco a poco.
En detalles pequeños.
En la forma en que su risa se quedaba más tiempo del necesario en mi mente.
En comentarios simples que, sin razón clara, volvía a recordar horas después.
No era nada importante.
O eso intentaba decirme.
—
Esa tarde fui a casa de mi tía Ofelia.
El ambiente estaba tranquilo. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas, tiñendo la sala de tonos cálidos.
Vernon estaba ahí.
Sentado frente al televisor, viendo una película de terror con una concentración exagerada.
Como si quisiera demostrar que no tenía miedo.
No pude evitar sonreír.
—¿Por qué no te quedas a dormir? —dijo de repente, sin apartar la vista de la pantalla.
Parpadeé.
—¿Qué?
Giró ligeramente el rostro hacia mí.
—Será más divertido.
Sentí algo extraño en el pecho.
No incomodidad exactamente.
Pero tampoco era algo normal.
—No sé… —murmuré.
No era propio de mí aceptar algo así tan fácilmente.
Pero tampoco rechazarlo.
Eso me inquietó más.
—
Cuando le pedí permiso a mi tía, accedió sin problema.
Mi madre dudó un poco más.
Pero al final, aceptó.
—
La película empezó.
Y, como sospechaba, Vernon no era tan valiente como pretendía.
Saltaba en cada escena.
Yo reía en silencio, tratando de no hacerlo notar demasiado.
Pero entre risa y risa…
pasaron otras cosas.
Pequeñas.
Casi insignificantes.
Un roce de manos.
Un movimiento más cercano de lo necesario.
Nada que pudiera señalar directamente.
Y aun así…
todo se sentía distinto.
—
Cuando la película terminó, la casa quedó en silencio.
Demasiado silencio.
Subimos a la habitación.
Yo me acomodé en la cama.
Él en el futón.
Todo parecía normal.
Hasta que dejó de serlo.
—
—¿Estás despierta? —su voz sonó más baja de lo habitual.
—Sí.
Hubo una pausa.
—¿…puedes cantar algo?
Me sorprendió.
Pero no pregunté por qué.
Solo lo hice.
Canté en voz baja, casi como un susurro.
La habitación se llenó de un silencio distinto.
Más suave.
Más cercano.
Cuando terminé, no dijo nada de inmediato.
Solo…
se acercó un poco más.
Lo suficiente para sentir su presencia más cerca de lo que debería.
—Cantas bonito —murmuró.
Sentí un leve calor en el rostro.
No respondí.
No supe cómo.
—
Nos quedamos hablando en voz baja.
Cosas simples.
Sin importancia.
Y al mismo tiempo…
demasiado importantes.
El tiempo pasó sin que me diera cuenta.
Hasta que el cansancio nos alcanzó.
—
Esa noche, mientras cerraba los ojos, sentí algo extraño.
No era solo comodidad.
No era solo cercanía.
Era otra cosa.
Algo que no terminaba de entender.
Y que, en el fondo…
sabía que no debía ignorar.