Vernon llevaba ya dos semanas en la ciudad. Al principio pensé que sería solo un visitante más, alguien de mi pasado infantil que no significaba nada. Pero, poco a poco, su presencia comenzó a perturbar mi rutina de maneras sutiles y extrañas: una risa que me hacía sonreír sin razón, un comentario que se quedaba en mi mente mucho después de escucharlo.
Esa tarde fui a la casa de mi tía Ofelia, con la intención de pasar un rato tranquilo. La luz cálida del atardecer se colaba por las cortinas, dibujando sombras danzantes sobre las paredes. Vernon ya estaba en la sala, viendo una película de terror, con la concentración de quien intenta aparentar valentía. Al verme, me lanzó una pregunta que me tomó por sorpresa:
—¿Por qué no te quedas a dormir?
Sentí un ligero cosquilleo en el pecho. Siempre había sido tímida, especialmente al pedir permisos fuera de casa. Pero algo en su sonrisa, en la forma en que me miraba, hizo que la idea dejara de parecer absurda.
—No sé… —murmuré, jugueteando con mi cabello—. ¿Estás seguro de que está bien?
—Sí, será divertido —insistió, con ese tono entre travieso y seguro que siempre lograba que mis dudas se disolvieran.
Respiré hondo y fui a preguntarle a mi tía.
—Tía, ¿me puedo quedar esta noche? —dije, con un hilo de voz, preocupada de interrumpirla.
Ofelia me sonrió, calmada y paciente:
—No me molesta, Circe, pero llama a tu mamá y pregúntale.
El teléfono sonó pesado en mis manos. Leonor no estaba convencida al principio, pero finalmente aceptó. Suspiré de alivio y volví a la sala, donde Vernon me esperaba con esa sonrisa que me hacía sentir más ligera.
La película comenzó y, como siempre, Vernon saltaba de susto en cada escena. Yo reía suavemente, disfrutando cada reacción suya. Cada roce accidental de nuestras manos, cada movimiento cerca del otro en el sofá, parecía encender una chispa silenciosa que ninguno de los dos nombraba. La tensión era invisible pero palpable, un hilo delicado que se tensaba con cada sonido de la película y cada risa compartida.
Cuando la película terminó, Ofelia se retiró a dormir. La casa quedó en silencio, y algo cambió en la atmósfera: el mundo exterior desapareció, y solo quedábamos nosotros. Subimos a la habitación asignada; yo asumí que dormiría en la cama y él en el futón del piso. Pero en medio de la noche, el miedo lo hizo acercarse más de lo que esperaba. Su respiración temblorosa me hizo comprender que necesitaba algo más que compañía física: necesitaba sentirse seguro.
—¿Me cantas algo? —susurró, con voz temblorosa, y los ojos fijos en los míos.
Sonreí, sorprendida, y comencé a cantar suavemente, casi en un murmullo. Sus hombros se relajaron, y su mano rozó ligeramente la mía, un contacto tan breve como eléctrico. Me dijo que cantaba bonito y que se sentía a gusto conmigo. El simple hecho de escucharlo me hizo sonreír, y yo también me sentí extrañamente cómoda a su lado.
Nos acomodamos en la cama; él en el futón al lado, yo en la cama. Hablamos en susurros sobre la película, sobre miedos pequeños, sobre cosas triviales y profundas, hasta que terminamos rezando juntos. Cada palabra compartida parecía acercarnos, creando un puente invisible entre nuestras edades, nuestros recuerdos y nuestra soledad compartida.
El silencio se adueñó de la habitación. La luna iluminaba suavemente su rostro, y por un momento, lo vi no como un niño del pasado ni como alguien de quien dudaba, sino como un compañero inesperado en una noche que prometía quedarse en mi memoria. Cerré los ojos con un suspiro, con la sensación extraña de que este verano sería distinto, que algo en mí había despertado y no sabía todavía hasta dónde nos llevaría.