No dormimos nada.
Y no como exageración.
De verdad no dormí.
Vernon tampoco.
La sala de la casa de mi tía Ofelia estaba en silencio, pero él no dejaba de moverse en el sillón. Cada crujido del cuero me hacía abrir los ojos otra vez.
—¿No puedes dormir? —le pregunté en voz baja.
—No.
—Yo tampoco.
El silencio volvió.
Pero no era tranquilo.
—
La noche anterior había sido… rara.
Todo empezó como una broma.
Una apuesta tonta.
Perdí.
—Castigo —dijo él.
Y antes de que pudiera reaccionar, sentí el golpe.
Rápido.
Seco.
—¡Oye! —lo empujé.
Él se rió.
Pero después…
me miró.
Y no fue una mirada normal.
Duró más de lo que debía.
Como si estuviera esperando algo.
Como si yo también lo estuviera.
Aparté la vista primero.
—
—¿Te molestó? —preguntó en la oscuridad.
Sabía exactamente a qué se refería.
—No…
Pero no era tan simple.
No me molestó.
Pero tampoco fue solo un juego.
Y eso era lo que no me dejaba dormir.
—
Seguimos hablando.
De todo.
De nada.
De esas cosas que solo se dicen cuando el resto del mundo está dormido.
—
Cuando empezó a amanecer, la casa de mi tía seguía en silencio.
Nos levantamos poco después.
—¿Vas a volver a tu casa? —preguntó él.
Asentí.
—Sí.
—Te acompaño.
No discutí.
—
El aire de la mañana era fresco cuando salimos de la casa de Ofelia.
Caminamos en silencio.
A veces nuestras manos se rozaban.
Accidentalmente.
O tal vez no tanto.
—
Cuando llegamos a mi casa, todo parecía normal.
Demasiado normal.
Hasta que escuché el sonido.
Marion.
Corrí hacia el baño.
Estaba pálida. Sudorosa.
—Circe… —murmuró—. llévame al hospital.
Sentí que algo en mi estómago se hundía.
—¿Ahora?
—Por favor…
—
Mamá estaba en la sala, frente a la laptop, con audífonos puestos.
—Estoy en reunión —dijo rápidamente al vernos—. ¿puedes llevarla?
Ahí fue cuando lo pensé.
Sabía manejar.
Pero no tenía licencia.
Marion sí.
Pero no podía ni mantenerse en pie.
—
Vernon apareció detrás de mí.
—¿Está muy mal?
Marion asintió.
No había tiempo.
Tragué saliva.
—Yo conduzco.
—
Mis manos temblaban al encender el auto.
No era la primera vez que manejaba.
Pero sí la primera vez así.
Con miedo.
Con responsabilidad.
Y con él mirándome.
—Tranquila —dijo—. Vas bien.
No sabía si eso ayudaba.
—
Llegamos.
Por suerte.
—
En la sala de espera, Marion suspiró.
—Parecen zombis…
Vernon rió.
—Es mi culpa.
Lo miré.
—¿Tu culpa?
—No la dejé dormir.
Sentí el calor subir por mi cuello.
—No fue solo eso…
Murmuré.
—
Se la llevaron para atenderla.
El silencio volvió.
—
Me apoyé contra la pared.
Solo iba a cerrar los ojos un momento.
Sentí algo tibio en mi hombro.
Vernon.
No me moví.
Su respiración era lenta.
Tranquila.
Como si todo esto fuera normal.
Pero no lo era.
Nada de esto lo era.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
No por incomodidad.
No exactamente.
Y eso…
era lo que más me inquietaba.
—
Cerré los ojos.
Intentando no pensar.
Pero no pude.
Porque en algún punto…
esto había dejado de ser solo un juego.
Y no sabía qué hacer con eso.