No dormimos nada.
Y no lo digo como exageración dramática.
Literalmente no cerré los ojos.
Vernon tampoco.
La casa estaba en silencio, pero él no dejaba de moverse en el sillón. Cada vez que cambiaba de posición, el cuero crujía y yo abría los ojos otra vez.
—¿No puedes dormir? —le pregunté en voz baja.
—No.
—Yo tampoco.
Hubo una pausa.

La noche anterior había sido rara. Todo empezó como un juego. Una apuesta tonta. Yo perdí. Él dijo “castigo” y me dio una nalgada.
Rápida.
Seca.
Supuestamente ligera.
En el momento me quejé, lo empujé, fingí molestia.
Pero cuando lo miré, algo cambió.
No fue solo la broma.
Fue la forma en que me sostuvo la mirada después.
Demasiado tiempo.
Como si estuviera midiendo algo.
Como si yo estuviera midiendo algo también.
Y ahora, en la oscuridad, esa sensación no me dejaba dormir.
—¿Te molestó? —preguntó de pronto.
Sabía exactamente de qué hablaba.
—No —respondí.
Pero la verdad era más complicada que eso.
No me molestó.
Me afectó.
Y eso era peor.
Seguimos hablando hasta que el cielo empezó a aclararse. Nada importante. Todo importante. Cosas que solo se dicen cuando sabes que el mundo no está escuchando.
Cuando amaneció, me dolían los ojos.
Y entonces escuché a Marion vomitar en el baño.
El cansancio desapareció de golpe.
Corrí hacia ella. Estaba pálida. Sudorosa.
Mamá estaba en la sala, frente a la laptop, con audífonos puestos. Tenía una reunión por Zoom. Cuando me vio entrar apresurada, levantó la mano pidiendo silencio, señalando la pantalla.
Marion salió del baño tambaleándose.
—Circe… por favor… llévame al hospital.
Sentí que el estómago se me cayó.
—¿Qué? ¿Ahora?
—No me siento bien… de verdad no.
Mamá se quitó un audífono un segundo.
—¿Qué pasa?
—Marion necesita ir al hospital —dije.
Ella miró la pantalla, luego el reloj.
—Estoy en plena reunión. ¿Puedes llevarla?
Ahí fue cuando el problema real me golpeó.
Yo sabía conducir.
Pero no tenía brevete.
Marion sí tenía licencia, pero apenas podía mantenerse en pie.
Vernon apareció detrás de mí, en silencio.
—¿Está muy mal? —preguntó.
Marion asintió débilmente.
No había tiempo para pensar demasiado.
El hospital quedaba relativamente cerca. No era cruzar la ciudad. Era manejar unos minutos.
Tragué saliva.
—Yo conduzco.
Mi corazón latía en la garganta mientras tomaba las llaves.
Vernon ayudó a Marion a bajar las escaleras. Yo intentaba que mis manos no temblaran cuando encendí el auto.
No era la primera vez que manejaba.
Pero sí era la primera vez que lo hacía así.
Sin licencia.
Con mi hermana enferma atrás.
Y con Vernon observándolo todo.
—Tranquila —me dijo, desde el asiento del copiloto—. Vas bien.
No sabía si eso me calmaba o me ponía más nerviosa.
Llegamos sin problemas.
Gracias a Dios.
En la sala de espera, Marion se dejó caer en la silla.
Yo sentí el golpe del cansancio de repente. Como si mi cuerpo recordara que no había dormido nada.
—Ustedes dos… —murmuró Marion, mirándonos—. Parecen zombis.
Vernon soltó una pequeña risa.
—Es mi culpa.
Le lancé una mirada rápida.
—¿Tu culpa?
—La mantuve despierta toda la noche. No podía dormir.
Sentí calor subir por mi cuello.
—No fue solo eso… —murmuré.
Marion entrecerró los ojos.
—Ajá.
Justo en ese momento dijeron su nombre.
Se la llevaron para atenderla.
Yo me quedé de pie unos segundos, hasta que el mundo empezó a inclinarse ligeramente.
El sueño me cayó encima como una ola.
Me apoyé contra la pared del pasillo, cruzando los brazos. Solo iba a cerrar los ojos un segundo.
Solo un segundo.
Sentí algo tibio contra mi hombro.
No abrí los ojos al principio.
Vernon se había recostado sobre mí.
Su cabeza descansaba en mi hombro, como si fuera lo más natural del mundo.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Podía sentir su respiración lenta. El peso leve de su frente contra mi clavícula.
No era pesado.
Pero era suficiente para que mi corazón empezara a latir más fuerte.
No sabía cuándo había dejado de ser solo juego.
No sabía cuándo empezó a sentirse así.
Pero ahí, en el pasillo blanco de un hospital, con ojeras, sin dormir y con el cuerpo agotado…
Me di cuenta de algo.
Si esto era solo insomnio…
Entonces no quería volver a dormir nunca.