Han pasado algunos días desde lo del hospital.
Marion está bien. Fue solo una infección leve. Ya volvió a quejarse de cosas pequeñas, ya volvió a pelear conmigo por tonterías. La normalidad regresó.
Pero yo no.
No he vuelto a dormir igual desde esa noche.
Por una excusa absurda —creo que ayudar a Ofelia con algo— terminé quedándome otra vez en su casa. No lo planeé demasiado. O tal vez sí.
Vernon ya estaba ahí.
Esta vez no preparó el futón.
Simplemente se metió en la cama, a mi lado, como si fuera lo más natural del mundo.
No preguntó.
Y yo no dije nada.
Al principio solo era cercanía. Su brazo alrededor de mi cintura. Su respiración demasiado cerca de mi cuello.
Después empezó a moverse más.
Se acomodaba encima de mí como si fuera juego. Reía en voz baja. Decía que estaba incómodo y que yo ocupaba mucho espacio.
Mentira.
Yo estaba pegada al borde.
En un momento su mano subió más de lo que debería. Se quedó ahí apenas un segundo.
Un segundo suficiente para que mi cuerpo se quedara rígido.
Luego la retiró rápido.
—Perdón —murmuró—, fue sin querer.
Asentí.
Quise creerle.
Era más fácil pensar que había sido una broma que aceptar que tal vez no lo fue.
No dormimos.
Otra vez no dormimos.
Pero esta vez el insomnio no era suave ni silencioso. Era pesado. Denso. Lleno de cosas que ninguno decía.
A la mañana siguiente, mientras me cambiaba para irme, él habló desde la cama.
—Marion ni nadie va a saber lo de anoche, ¿verdad?
Me quedé quieta.
—¿Saber qué?
Él sonrió apenas.
—Nada. Lo que sea.
Sentí un hueco en el estómago.
—No —respondí.
No sabía exactamente qué estaba aceptando guardar.
Más tarde ese día, Angela y Ofelia decidieron ir a un mall. Compras largas. Cosas aburridas. Dijeron que Vernon se iba a aburrir y me llamaron para que lo acompañara mientras ellas entraban a tiendas.
Cuando llegué, él me miró como si compartiéramos un secreto.
Caminamos por el pasillo principal y, de repente, sin aviso, me dio otra nalgada.
Igual que la primera vez.
Yo me reí.
Pero no era la misma risa.
Ahora sabía que no era solo juego.
Más tarde, cuando regresamos a casa de Ofelia, anuncié que ya me iba.
Él se ofreció a acompañarme hasta el parque que quedaba justo a mitad de camino entre su casa y la mía.
Acepté.
El parque estaba casi vacío.
Nos sentamos en una banca. Hablamos de cosas superficiales. Como si nada estuviera pasando.
Hasta que dejó de hablar.
Y me miró.
Antes de que pudiera reaccionar, me tomó por la cintura y me levantó ligeramente, haciéndome sentar sobre sus piernas.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que me mareé.
—Vernon…
—¿Qué?
—Tú sabes que esto está mal.
No lo dije riendo.
Lo dije en serio.
Pensé en mi mamá. En Marion. En lo que dirían si nos vieran así.
Él sostuvo mi cintura con firmeza.
—Entonces deja que yo tenga la culpa.
—No es necesario que hagas eso.
—Quiero seguir viéndote.
Eso me desarmó.
No dijo que quería algo serio.
No dijo que sentía algo.
Solo dijo que quería seguir viéndome.
Como si eso fuera suficiente.
Se inclinó un poco más cerca.
—Todavía me quedan casi dos meses aquí.
Sentí un frío extraño en el pecho.
—¿Y si la próxima vez que nos veamos… es la última vez que hacemos esto?
No dijo que sería la última vez que nos veríamos.
Dijo la última vez que hacemos esto.
Como si lo nuestro fuera algo que tiene fecha de vencimiento.
Como si fuera un juego que se disfruta mientras dura.
Me bajé de sus piernas lentamente.
No supe qué responder.
Caminé a casa con esa frase repitiéndose en mi cabeza.
Si es la última vez…
Entonces ¿qué somos ahora?
Y lo peor no era la posibilidad de que terminara.
Era que, aun sabiendo eso, no estaba segura de querer detenerlo.