Quemaduras de anhelo

Cap 6 sin nombre

No le expliqué nada.

Solo le escribí:

¿Quieres cenar conmigo hoy?

Me quedé mirando el mensaje varios segundos antes de enviarlo.

No era una invitación inocente.

Tampoco era una confesión.

Era algo intermedio.

Algo que sabía que no debía empezar…

pero que ya no quería seguir evitando.

Tardó siete minutos en responder.

Siete.

Sí.

Nada más.

Ni una pregunta.

Ni una duda.

Como si para él todo fuera más simple.

El restaurante era pequeño.

Luces cálidas. Mesas separadas. Murmullo bajo.

Uno de esos lugares escondidos cerca de la estación, donde la gente entra sin llamar la atención y sale sin dejar rastro.

Llegué primero.

Siempre llego primero.

Necesito sentir que controlo algo, aunque sea el tiempo.

Cuando entró, me encontró de inmediato.

Miró alrededor apenas un segundo, como si todavía no se acostumbrara del todo a leer los espacios, a entender la ciudad.

Era su primer verano en Japón.

Se notaba.

En la forma en que observaba todo.

En cómo caminaba.

En cómo, aun así, parecía seguro.

Caminó hacia mí.

Como si no existiera nada extraño entre nosotros.

Como si yo no hubiera pasado noches enteras sin dormir.

—Hola.

—Hola.

Pedimos algo sencillo.

Yo insistí en pagar.

—Te invité yo —dije.

Él arqueó una ceja.

—¿Desde cuándo invitas tú?

Lo miré.

—Desde que trabajo.

Le conté.

Que estaba trabajando medio tiempo en una pequeña cafetería cerca de la universidad.

Que hacía turnos por la tarde, sirviendo café, limpiando mesas, memorizando pedidos que nunca eran iguales.

Que llevaba meses ahorrando.

—Entonces esto es gracias a tu esfuerzo —dijo.

Asentí.

No le dije que también era una forma de demostrarme algo.

Que podía decidir.

Que podía hacer cosas sola.

Incluso esto.

—Japón te está volviendo responsable —añadió, con una sonrisa leve.

—Japón me obligó a serlo —respondí.

La conversación siguió.

Fácil.

Ligera.

Demasiado.

Hablamos de música, de clases, de lo diferente que era todo para él.

—Todavía me pierdo —dijo—. Todo parece igual, pero no lo es.

—Te acostumbras.

—¿Tú ya te acostumbraste?

La pregunta me hizo dudar.

—No del todo.

Porque había cosas a las que no quería acostumbrarme.

—¿Por qué me invitaste? —preguntó de pronto.

Lo dijo sin malicia.

Eso lo hizo peor.

Me encogí de hombros.

—Porque puedo.

Mentira.

Lo invité porque necesitaba verlo fuera de todo lo demás.

Sin la casa.

Sin la familia.

Sin excusas.

Salimos cuando ya era de noche.

La ciudad estaba tibia.

Luces encendidas. Voces lejanas. El sonido de los trenes pasando a lo lejos.

Caminamos.

Sin tocarnos.

Pero demasiado cerca.

A veces nuestros hombros se rozaban.

A veces nuestras manos casi se encontraban.

Y siempre…

alguien se detenía antes.

El silencio empezó a pesar.

—¿Sabes qué es lo peor? —dije.

—¿Qué?

Respiré hondo.

—No sé qué sería peor… que a veces me toques…

Tragué saliva.

—…o que alguna vez me besaras.

Se detuvo.

Yo avancé dos pasos antes de darme cuenta.

—Pero yo no te he besado —dijo.

—Era un ejemplo.

Mentí.

—¿Quieres que lo hagamos?

—No.

La respuesta salió rápido.

Pero no fue firme.

—Circe…

Dijo mi nombre más bajo.

Más cerca.

—Por favor.

No era presión.

Era querer.

Seguimos caminando hasta quedar bajo una farola.

La luz amarilla nos encerró.

—Esto no está bien… —murmuré.

Esta vez en serio.

—¿Por qué?

—Porque tengo diecinueve…

Mi voz tembló.

—Y tú tienes dieciséis.

El silencio cambió.

Se volvió real.

—Solo son tres años —dijo.

Negué.

—No es solo eso…

Pero no supe explicarlo.

Podía irme.

Podía terminar todo ahí.

No lo hice.

Se acercó despacio.

Sin prisa.

Como si me diera tiempo de detenerlo.

No lo hice.

Sentí sus manos en mi cintura.

Firmes.

El beso llegó.

Rápido.

Intenso.

Demasiado.

Respondí tarde.

Cuando ya era imposible fingir que no estaba pasando.

Sentí el corazón acelerarse.

El cuerpo ligero.

La mente en blanco.

Y aun así…

pensé:

esto está mal.

Pero no me aparté.

Cuando nos separamos, todo seguía igual.

La gente caminando.

Los autos pasando.

La ciudad respirando como si nada.

Nadie sabía.

Eso dolió más de lo que esperaba.

Caminamos en silencio hasta la casa de mi tía Ofelia.

Se detuvo en la puerta.

—Buenas noches.

Como si nada.

—Buenas noches.

Entró.

La puerta se cerró.

Y yo me quedé ahí.

Un segundo más.

Tal vez esperando algo.

Nada pasó.

El camino de regreso a casa fue más largo.

No por la distancia.

Sino por lo que llevaba conmigo.

¿Había sido un error?

¿O el inicio?

No lo sabía.

Pero entendí algo.

Lo más peligroso no era lo que había pasado.

Era que…

aunque sabía que debía detenerlo…

no estaba segura de querer hacerlo.

Y eso…

fue lo que más miedo me dio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.