Quemaduras de anhelo

Cap 6 sin nombre

No le expliqué nada.

Solo le escribí:

¿Quieres cenar conmigo hoy?

Miré el mensaje durante varios segundos antes de enviarlo. No era una invitación inocente. Tampoco era una confesión. Era algo intermedio. Algo peligroso.

Tardó siete minutos en responder.

Siete.

Sí.

Nada más.

Ni pregunta.

Ni sospecha.

Ni resistencia.

Nos encontramos directamente en el restaurante. Era pequeño, de esos donde las luces son cálidas y las mesas están lo suficientemente separadas como para fingir privacidad. Me gustaba porque nadie parecía interesado en nadie.

Llegué primero. Siempre llego primero. Necesito el control de algo, aunque sea del tiempo.

Cuando entró, levantó la mirada y me buscó con una seguridad que me desarmó un poco. Caminó hacia mí como si no existiera nada extraño entre nosotros.

Como si yo no hubiera pasado noches enteras sin dormir.

—Hola —dijo, sentándose frente a mí.

—Hola.

Pedimos algo sencillo. Yo insistí en pagar desde el inicio.

—Te invité yo —aclaré.

—¿Desde cuándo invitas tú? —preguntó con media sonrisa.

Ahí fue cuando se lo conté. No por mensaje. No como una explicación previa. Se lo dije mirándolo a los ojos.

Que estaba trabajando medio tiempo en una tienda en la ciudad.

Que llevaba meses ahorrando.

Que no necesitaba que nadie pagara por mí.

—Entonces esto es gracias a tu esfuerzo —dijo, apoyando los codos en la mesa.

Asentí.

No le dije que también era gracias a mi necesidad de demostrarme adulta.

De demostrarle que podía decidir.

La conversación fue tranquila. Hablamos de cosas simples: la música que estaba escuchando, un profesor que le parecía insoportable, una película que yo fingí no querer ver solo para discutir.

Pero debajo de cada palabra había una tensión suave. Como si cada frase estuviera rodeando algo que no queríamos tocar.

A mitad de la cena me preguntó:

—¿Por qué me invitaste?

Lo dijo sin malicia. Solo curiosidad.

Me encogí de hombros.

—Porque puedo.

Pero no era verdad.

Lo invité porque necesitaba verlo fuera del contexto que nos protegía.

Lo invité porque quería comprobar si lo que sentía cambiaba cuando la noche era nuestra.

Salimos casi a la misma hora que el resto de los comensales. La ciudad estaba tibia. El aire tenía ese olor que anuncia el final del verano.

Empezamos a caminar.

No tomé su mano. Él tampoco la mía.

Pero caminábamos demasiado cerca.

A veces nuestros hombros se rozaban. A veces nuestras manos casi se encontraban y se separaban en el último segundo. Era un juego silencioso.

Yo lo iba a dejar a casa de la tía Ofelia. Siempre caminábamos. Decíamos que era por costumbre, pero creo que en realidad era porque caminar alarga lo inevitable.

Hubo un momento en que el silencio dejó de ser cómodo.

Y entonces hablé.

—¿Sabes qué es lo peor?

No me miró de inmediato.

—¿Qué?

Respiré hondo.

—No sé qué sería peor… que a veces me toques… o que alguna vez me besaras.

Mi voz no sonó firme. Sonó honesta.

Se detuvo.

Yo di dos pasos más antes de darme cuenta de que ya no caminaba a mi lado.

—Pero yo no te he besado —dijo.

—Era un ejemplo.

Intenté seguir caminando, pero él me alcanzó.

—¿Quieres que nos besemos?

Mi respuesta fue automática.

—No.

Pero el problema no era la palabra.

Era la duda.

—Circe… —dijo mi nombre como si fuera frágil—. Por favor.

No era presión. No era arrogancia. Era algo peor: deseo contenido.

Seguimos caminando unos metros más hasta quedar bajo una farola. La luz amarilla nos envolvía como si nos estuviera señalando.

—Solo uno —susurró.

Me quedé quieta.

No asentí de inmediato. No hablé.

Pero tampoco me fui.

Y a veces quedarse es una forma de aceptar.

Se acercó despacio esta vez, como si estuviera midiendo mi respiración. Sentí sus manos en mi cintura, firmes pero no violentas.

El beso llegó de golpe.

No fue delicado. Fue urgente.

Fue como si él hubiera estado conteniéndose durante semanas.

Sus labios eran cálidos. Decididos. Yo respondí tarde, un segundo después, cuando ya estaba dentro de algo que no tenía regreso.

Sentí una corriente en el estómago.

Sentí vértigo.

Sentí que estaba cruzando una línea invisible.

Sí, me gustó el gesto.

Me gustó que me eligiera así, sin dudas.

Pero casi no disfruté el beso.

Fue demasiado intenso. Demasiado lleno de algo que todavía no sabíamos sostener.

Sus manos se movieron con una seguridad que me hizo estremecer. No fue nada explícito. No fue nada escandaloso.

Pero fue suficiente para que mi cuerpo entendiera más de lo que mi mente quería aceptar.

Cuando nos separamos, el mundo seguía exactamente igual.

Eso fue lo más inquietante.

La gente pasaba.

Los autos seguían su curso.

Nadie sabía que algo había cambiado.

No dije nada.

Él tampoco.

Caminamos el resto del trayecto en silencio.

Cuando llegamos a la casa de la tía Ofelia, se giró hacia mí como si nada hubiera ocurrido.

—Buenas noches.

Así. Simple.

Como si no acabara de romper algo.

—Buenas noches —respondí.

Lo vi entrar. La puerta se cerró.

Y yo me quedé unos segundos mirando esa madera, como si esperara que volviera a abrirse.

El camino de regreso a mi casa fue más largo.

No porque estuviera más lejos.

Sino porque ahora tenía que convivir con la pregunta.

¿Había sido un error?

¿O había sido el inicio?

Esa noche entendí algo.

Cuando algo no tiene nombre, es más fácil que desaparezca.

Pero lo nuestro ya había empezado a pronunciarse.

Y lo que se pronuncia…

ya no puede fingir que no existe.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.