Quemaduras de anhelo

Cap 7 nadie es inocente

Capítulo 7

Desperté antes de que sonara la alarma, pero no fue el sonido lo que me sacó del sueño. Fue la sensación. Esa presión leve en el pecho que no dolía, pero tampoco dejaba respirar del todo.

No abrí los ojos de inmediato. Me quedé boca arriba mirando el techo, intentando ubicar en qué momento exacto del recuerdo estaba. La noche anterior regresó de golpe: la calle casi vacía, el aire tibio, su cercanía.

Y el beso.

Giré la cabeza hacia la mesa de noche y busqué el celular casi por reflejo. Ni siquiera pensé. Solo lo hice.

Nada.

La pantalla estaba limpia, indiferente. Sin mensajes. Sin notificaciones tardías. Sin esa validación absurda que esperaba sin querer admitirlo.

Lo dejé boca abajo.

Me senté en la cama y escuché la casa. Silencio. Leonor ya se había ido a trabajar; cuando tenía turno completo salía antes de que amaneciera del todo. Su ausencia siempre hacía que la casa se sintiera más grande, más fría.

Marium tampoco estaba. Había dejado una nota rápida en la cocina diciendo que saldría con sus amigas. La letra apresurada, una carita feliz dibujada al final. Todo normal.

El mundo seguía funcionando.

Me preparé algo de desayunar sin hambre. El sonido del tostador fue exageradamente fuerte en la cocina vacía. Me serví café y lo dejé enfriarse mientras miraba la ventana.

Intenté decirme que no era para tanto.

Un beso no cambia la estructura de nada.

Un beso no obliga a nadie.

Un beso no define.

Pero la palabra beso no me parecía suficiente para lo que había sido. No fue rápido. No fue torpe. No fue accidental.

Fue decidido.

Sacudí la cabeza, como si así pudiera acomodar los pensamientos.

Ordené mi cuarto. Doblé ropa que ya estaba doblada. Me cambié dos veces antes de decidir que daba igual. Revisé el celular otra vez.

Nada.

Salí a caminar porque quedarme dentro de la casa se volvió insoportable. La calle tenía esa tranquilidad de media mañana: una señora regando plantas, un niño pateando una pelota contra una pared, el ruido lejano de una moto.

Todo cotidiano. Todo estable.

Y yo no.

Cuando lo vi más tarde, fue como si alguien hubiera puesto la escena en contraste.

Su tía estaba en la puerta cuando llegué.

—Hace calor —dijo con naturalidad—. ¿Por qué no van a comprarse un helado?

Sonreí, fingiendo normalidad. Él también.

Y eso fue lo primero que me descolocó.

Normal.

Demasiado normal.

Caminamos uno al lado del otro por la acera, manteniendo una distancia exacta, casi matemática. Él empezó a hablar de cualquier cosa. De una serie. De un vecino nuevo. De algo que había leído en internet.

Se reía.

Yo lo escuchaba, pero más que oírlo, lo observaba. Buscando una grieta. Un titubeo. Una señal de que estaba tan consciente como yo de lo que había pasado.

Nada.

Nuestros hombros casi se rozaban a veces, pero ninguno hacía el movimiento final.

¿Fui la única que cruzó una línea?

La pregunta empezó a crecerme por dentro.

Compramos el helado y seguimos caminando. El mío empezó a derretirse y una gota resbaló por mi dedo. Antes de que pudiera limpiarla, él tomó mi mano con naturalidad y la quitó con el pulgar.

Fue un gesto pequeño.

Pero su pulgar no se retiró enseguida.

Mi respiración cambió sin permiso.

Seguimos avanzando en silencio unos segundos más. El ruido lejano de un auto pasando. El viento moviendo ligeramente los árboles.

Entonces su mano rozó la mía otra vez.

No fue accidente.

Fue lento.

Esta vez no aparté la mano. Tampoco la tomé. Simplemente dejé que ese espacio ambiguo existiera.

Se detuvo.

Yo también.

—¿Vamos a seguir fingiendo? —preguntó.

Su voz no tembló. No fue dramática. Fue directa.

Sentí el pulso en la garganta.

—No sé de qué hablas —respondí, aunque mi voz me traicionó.

Soltó una pequeña risa, casi imperceptible.

—No fue un impulso.

El aire se volvió más denso.

—Lo pensé antes.

Esas palabras me atravesaron de una forma que no esperaba.

No fue un impulso.

Eso significaba que había habido intención. Que había habido decisión.

—¿Qué cosa? —pregunté, aferrándome a una formalidad inútil.

—Besarte.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

No fue un impulso.

Lo pensé antes.

Eso lo cambiaba todo.

Porque un impulso se puede disculpar.

Una decisión no.

—Podemos fingir que fue nada —añadió—. Si eso te hace sentir más cómoda.

Cómoda.

No estaba cómoda. Estaba expuesta.

—No necesito fingir —dije demasiado rápido.

Y ahí supe que la vulnerabilidad era mía.

Me sostuvo la mirada unos segundos más. No parecía nervioso. No parecía arrepentido. Solo… seguro.

Luego empezó a caminar otra vez.

Lo seguí.

El resto del trayecto fue distinto. No hubo otro intento. No hubo dramatismo. Pero el aire entre nosotros estaba cargado.

Cada vez que decía mi nombre lo hacía un poco más bajo. Cada vez que nuestras manos se acercaban, el contacto parecía inevitable.

Y lo peor fue que me gustó.

Me gustó saber que no había sido casualidad.

Me gustó que no se disculpara.

Me gustó que no pareciera dudar.

Eso fue lo que me asustó.

Cuando nos despedimos, no hubo beso. Solo una mirada sostenida un segundo más de lo normal.

Caminé sola hasta mi casa.

La misma calle. Las mismas casas. El mismo mundo estable.

Pero algo dentro de mí ya no estaba en equilibrio.

Intenté analizarlo con frialdad.

No era solo deseo.

No era solo curiosidad.

No era solo el vértigo de lo prohibido.

Era que me gustó no tener el control.

Me gustó que él hubiera decidido primero.

Me gustó que me hubiera elegido.

Eso me dejaba en una posición peligrosa.

Porque si él podía decidir avanzar… también podía decidir detenerse.




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