Quemaduras de anhelo

Cap 8 siempre a mi lado

Finales de julio

Esta vez sí había un mensaje.

No fue largo.

No fue intenso.

“¿Estás despierta?”

Lo leí tres veces como si escondiera algo más. No lo hacía. Era simple. Normal. Exactamente el tipo de mensaje que alguien enviaría si la noche anterior no hubiera cambiado nada.

Pero había cambiado.

Respondí con la misma naturalidad medida que él había usado.

“Sí. ¿Tú?”

Tardó menos de un minuto.

“Desde hace rato.”

No supe por qué eso me hizo sonreír.

Durante el desayuno, Leonor estaba inusualmente animada. Ofelia había llegado temprano y hablaba desde la sala como si la casa fuera todavía suya. Marion apareció con el cabello húmedo, quejándose del calor, y Ángela traía una bolsa de pan dulce que dejó sobre la mesa con un golpe suave.

Todo parecía más lleno que de costumbre.

—Deberíamos salir todos —dijo Ofelia de pronto—. Hace mucho que no hacemos algo en familia.

—¿A dónde? —preguntó Marion, ya interesada.

—Al parque de atracciones —propuso Ángela—. No está tan lejos. Podemos ir en autobús, pasar el día y regresar en la noche.

Leonor dudó un segundo, pero terminó asintiendo.

—Hace tiempo que no vamos.

La conversación avanzó rápido. Fechas. Horarios. Quién llevaba qué.

Y entonces Ángela añadió, como si fuera lo más lógico del mundo:

—Podríamos invitar a Vernon también. Está aquí, ¿no?

Sentí que el aire se ajustaba apenas.

—Claro —dijo Ofelia—. Le vendría bien conocerlo.

Nadie me miró. Nadie insinuó nada.

Era familia. Era normal.

Pero algo en mi pecho se tensó de una forma distinta.

Integrarlo no era lo mismo que encontrarnos por casualidad.

Integrarlo significaba incluirlo.

El autobús iba casi lleno. Marion se sentó junto a la ventana con los audífonos puestos. Leonor y Ofelia conversaban más adelante con Ángela.

Vernon se sentó a mi lado sin preguntar.

El espacio era estrecho. Nuestras piernas se tocaban apenas. Intenté acomodarme, pero el movimiento del vehículo hacía imposible mantener una distancia exacta.

No dijo nada al principio.

Yo tampoco.

En una curva más cerrada, el autobús se inclinó lo suficiente para que mi hombro chocara contra el suyo. Su mano apareció sobre la mía con naturalidad, firme, como si fuera un gesto automático para sostenerme.

No la retiró de inmediato.

No lo miré.

Pero tampoco moví la mano.

El resto del trayecto fue así: contacto intermitente, silencioso. Su rodilla presionando la mía cuando el camino se volvía irregular. Su brazo rozando el mío cuando alguien pasaba por el pasillo.

Nada que pudiera señalarse.

Nada que pudiera negarse.

El parque estaba lleno. Música alta. Gritos lejanos. El olor a azúcar y aceite caliente.

Marion quiso empezar por los juegos más grandes. Ángela protestó por su estómago. Ofelia decidió quedarse sentada un rato con Leonor.

—¿Te subes conmigo? —me preguntó Vernon frente a la primera montaña rusa.

No era una invitación casual. No le preguntó a nadie más.

Asentí.

Durante la fila, la multitud nos obligaba a estar demasiado cerca. Su mano se posó en mi cintura cuando alguien empujó por detrás. No fue protector. Fue seguro.

En el juego, cuando la caída fue más brusca de lo que esperaba, le apreté la mano sin pensar.

Se rió.

Pero no me soltó cuando el vagón se detuvo.

Solo después de unos segundos, cuando ya todos se levantaban.

Pasamos el día así.

Siempre terminábamos uno al lado del otro en las fotos. Siempre elegía el asiento junto al mío. Siempre encontraba una excusa mínima para inclinarse hacia mí cuando hablaba.

En una fila larga, se acercó lo suficiente para que solo yo escuchara:

—Te ves diferente cuando te diviertes.

—¿Diferente cómo?

—Más ligera.

No supe qué responder.

Más tarde, mientras caminábamos hacia otro juego, dijo algo que cambió apenas el tono del día.

—Me alegra estar aquí antes de regresar.

Lo dijo mirando al frente, no a mí.

Como si fuera un comentario más.

Pero la palabra regresar se quedó flotando.

No pregunté cuándo.

No pregunté cuánto faltaba.

Solo asentí.

El resto del día siguió con risas, con calor, con azúcar pegándose en los dedos. Pero debajo de todo eso había una conciencia nueva.

No era infinito.

Era ahora.

En el autobús de regreso, Marion se quedó dormida sobre el hombro de Ángela. Ofelia hablaba en voz baja con Leonor.

Vernon apoyó la frente contra la ventana unos segundos. Luego su mano buscó la mía otra vez, sin mirarme.

La entrelazó con suavidad.

Nadie lo notó.

O nadie quiso notarlo.

No dijimos nada en todo el camino.

Y aun así, se sintió más íntimo que cualquier palabra.

Cuando llegamos, cada quien tomó su rumbo.

—Avísame cuando llegues —dijo él, antes de cruzar la calle hacia la casa de su madre.

Asentí.

No fue despedida. No fue promesa.

Fue continuidad.

Entré a mi cuarto y me dejé caer sobre la cama. La casa estaba silenciosa otra vez. Igual que la mañana anterior.

Pero yo no.

Cerré los ojos y volví a sentir:

Su mano en la mía.

Su voz cerca de mi oído.

La forma en que siempre terminaba a mi lado.

No era solo que me gustara estar con él.

Era que él elegía estar conmigo.

Y eso era lo que empezaba a desestabilizarlo todo.

Porque algo dentro de mí ya entendía que cuanto más natural se volviera…

más difícil sería cuando dejara de serlo.




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