Quemaduras de anhelo

Cap 9 piel y silencio

Principios de agosto

Agosto tenía una forma particular de sentirse.

No era solo calor. Era una lentitud espesa que hacía que las horas se diluyeran. La casa estaba en silencio cuando desperté. Leonor ya se había ido. Marion dejó un mensaje rápido diciendo que no volvería hasta la noche.

Abrí las ventanas, pero el aire que entró no alivió nada. El ventilador giraba en círculos constantes, como si repitiera el mismo pensamiento una y otra vez.

Habían pasado unos días desde el parque. Desde el autobús. Desde esa manera suya de buscarme incluso cuando no era necesario.

No hablábamos de lo que éramos.

Pero ya no actuábamos como si no pasara nada.

El mensaje llegó cerca del mediodía.

“¿Estás en casa?”

Lo miré un momento más de lo necesario antes de responder.

“Sí.”

La siguiente burbuja apareció casi de inmediato.

“Voy un rato.”

No pregunté cuánto tiempo. No pregunté por qué.

Había algo en la simplicidad de sus mensajes que decía más que cualquier explicación.

Cuando tocó la puerta, sentí ese pequeño ajuste interno que ya empezaba a reconocer. No nervios. No exactamente. Era anticipación.

Entró con naturalidad, saludando como siempre. Caminó hasta la sala, se dejó caer en el sofá. Hablamos de cosas triviales. Del calor. De que agosto estaba pasando rápido. De que el parque había estado más lleno de lo que esperábamos.

Pero había algo debajo de cada frase. Algo que no necesitaba palabras.

Se quitó la camiseta después de unos minutos.

—No aguanto este calor —dijo.

Asentí, intentando mantener la voz estable.

Yo llevaba una blusa ligera, casi transparente por el sol que entraba desde la ventana. El aire parecía pegarse a la piel.

Se inclinó hacia mí para tomar el vaso de agua que estaba en la mesa. Su brazo rozó el mío. No se apartó.

Ese fue el primer cambio.

Lo miré. Él sostuvo la mirada sin sonreír.

La distancia entre nosotros se volvió absurda de repente. Demasiado corta para fingir indiferencia. Demasiado larga para ignorarla.

El beso llegó sin anuncio. No brusco. No urgente.

Decidido.

Sus labios se movieron con más lentitud que otras veces. Como si estuviera aprendiendo algo nuevo. Como si quisiera memorizar.

Mis manos encontraron su espalda casi por reflejo. Sentí el calor real de su piel, distinto al del ambiente. Más concentrado. Más vivo.

El ventilador seguía girando.

Su mano se deslizó por mi cintura, subió por mi espalda, se detuvo apenas en mi cuello. No había prisa. No había torpeza. Solo esa seguridad que empezaba a desarmarme.

Nos movimos sin hablar. Sin coordinar. La tela dejó de interponerse poco a poco. La mía primero. La suya después. No hubo gestos teatrales. Solo el sonido leve de la ropa cayendo al suelo.

El aire tocando la piel desnuda fue casi frío al principio.

Lo miré.

Hubo un instante exacto donde el tiempo se sostuvo.

Pude haberlo detenido.

Pude haber dicho algo ligero, cualquier excusa para retroceder.

Pero no lo hice.

Porque no quería retroceder.

Su mano recorrió mi brazo con una lentitud nueva. Como si no fuera suficiente tocar, sino entender. Mi respiración ya no era estable. Tampoco la suya.

No cruzamos la última frontera. No fue necesario. La cercanía fue completa sin llegar a ese punto. Cuerpos aprendiendo el ritmo del otro. Manos descubriendo sin violencia. Sin ansiedad.

No fue desordenado.

Fue intenso de una manera que asusta más que lo caótico.

Sentí su frente apoyarse contra la mía por un momento. Sus ojos abiertos. Conscientes.

No era solo deseo.

Era elección.

Cuando la intensidad bajó, el silencio no fue incómodo. Fue pesado. Como si el aire tuviera memoria.

Nos quedamos acostados. El ventilador marcando el mismo círculo de siempre. La luz cambiando lentamente hacia un tono más dorado.

Él dibujaba líneas invisibles sobre mi brazo. Subía y bajaba sin pensar.

—No fue un impulso —dijo finalmente.

La frase cayó suave, pero definitiva.

Abrí los ojos y miré el techo.

Lo sabía.

Nada de lo que había pasado ese día había sido accidente. Tampoco improvisación.

Había habido intención desde el inicio.

Y eso lo volvía más real.

Más peligroso.

Cerré los ojos otra vez, intentando guardar la sensación exacta de ese momento. El peso de su brazo sobre mi cintura. El calor de su respiración cerca del hombro. La tranquilidad posterior a algo que ya no podía deshacerse.

Hasta ese día todavía podía convencerme de que era el verano. De que era la cercanía. De que era el aburrimiento compartido.

Después de esa tarde, ya no.

Ahora sabía cómo se sentía tenerlo así. Sin tela de por medio. Sin distancia. Sin pretexto.

Y lo que me inquietaba no era haber cruzado ese límite.

Era saber que, cuando él se fuera, ese recuerdo no iba a desvanecerse con la misma facilidad.

El ventilador seguía girando cuando se levantó para vestirse. Yo hice lo mismo, más despacio.

Antes de irse, se inclinó y me besó otra vez. Más breve. Más tranquilo.

Como si sellara algo.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido común. Cotidiano. Exactamente igual que cualquier otro día.

Pero la casa ya no se sentía igual.

Yo tampoco.

Y por primera vez, la palabra agosto dejó de sonar como verano.

Empezó a sonar como cuenta regresiva.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.