Ya faltaban pocos días.
No era exageración. No era dramatismo.
Eran días reales. Contados.
Y por eso decidimos volver al parque de atracciones.
Como si regresar ahí pudiera detener algo.
Como si repetir el inicio aplazara el final.
Nos subimos a casi todo. Vernon, como la vez anterior, encontraba la manera de sentarse a mi lado siempre. Si alguien ocupaba el asiento junto a mí, él proponía cambiar. Si había que elegir parejas, me miraba primero.
Era sutil.
Pero era constante.
Yo llevaba todo agosto conteniéndome. Sonriendo. Haciendo bromas. Fingiendo que septiembre no existía.
Pero existía.
Cuando ya el sol empezaba a bajar, él señaló la atracción de terror. La que nadie quería. La que tenía una fila interminable.
Ofelia se negó. Marion también. Ángela hizo una mueca.
Yo, curiosamente, sí quería subir.
Como la fila era tan larga, decidieron que sería la última atracción antes de irnos. Y que yo lo acompañaría.
Mientras avanzábamos lentamente en la fila, el parque parecía más distante. Más ajeno.
—Ya casi me voy —dijo él.
Así, directo.
Yo asentí.
—Perdón por no habértelo pedido antes.
Lo miré confundida.
—¿Pedir qué?
—Que fueras mi novia.
Me quedé en silencio.
El ruido del parque seguía, pero entre nosotros se hizo un espacio raro. Vulnerable.
—Lo pensé varias veces —continuó—. Solo que no quería hacerlo más difícil.
—¿Más difícil para quién?
—Para los dos… pero sobre todo para mí.
La fila avanzó un poco más.
Entonces empezó a contarme cosas que nunca me había dicho.
Que sí había querido a su primera novia. Que con las demás no fue igual. Que cuando terminaron, se deprimió más de lo que esperaba. Que sus padres, preocupados, decidieron llevarlo a una psicóloga.
—Pensé en hablarle de ti —confesó—. Pero no tuve el valor. No sabía cómo explicar lo que estaba pasando aquí.
Aquí.
Conmigo.
Sentí algo apretarse dentro de mí.
—Te voy a extrañar mucho —dijo después, bajando la voz—. Más de lo que imaginé.
Y fue ahí.
Ahí fue donde algo dentro de mí se rompió.
Porque yo llevaba todo agosto siendo fuerte.
Llevaba todo agosto diciéndome que no iba a llorar.
Que no iba a ser dramática.
Que no iba a hacer más difícil su despedida.
Pero escucharlo decir eso… escuchar que sí le importaba… que sí lo había pensado… que sí le dolía…
Me desarmó.
Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Primero silenciosas.
Después inevitables.
Intenté girar el rostro, pero ya era tarde.
—Oye… —dijo él, sorprendido.
Negué con la cabeza, pero no podía hablar. Sentía el pecho demasiado lleno. Demasiado pesado.
La gente alrededor empezó a mirar. Murmuraban. Algunos sonreían incómodos. Otros simplemente observaban.
No me importó.
No podía seguir fingiendo.
—Yo también te voy a extrañar —logré decir entre lágrimas—. Y he estado tratando de no pensar en eso… todo este mes.
Él me miraba diferente. No con lástima. No con incomodidad.
Con algo más profundo.
Se acercó un poco.
No hizo un escándalo. No intentó callarme.
Solo tomó mi mano.
—No quería hacerte llorar —susurró.
—No querías hacerlo más difícil —respondí, intentando sonreír—. Pero ya lo es.
Eso lo dejó en silencio.
No lloró.
Pero su mirada cambió. Se volvió más seria. Más consciente.
Avanzamos en la fila todavía tomados de la mano.
Yo me limpiaba las lágrimas como podía, tratando de recomponerme antes de entrar a la atracción. Él, sin soltarme, dibujaba pequeños círculos con el pulgar en mi piel, como si intentara tranquilizarme sin decir nada más.
Cuando por fin subimos al carrito oscuro de la atracción, yo ya estaba más calmada. No completamente. Pero lo suficiente.
Las luces se apagaron.
Las figuras aparecían de repente. Los sonidos fuertes hacían que otros gritaran.
Yo no grité.
Solo sentía su mano firme en la mía.
Y entendí que lo que realmente me daba miedo no estaba dentro de esa atracción.
Estaba afuera.
Esperándonos.
Cuando salimos, el cielo ya estaba casi oscuro.
Nos reunimos con los demás. Nadie preguntó por mis ojos rojos. O si lo notaron, decidieron no decir nada.
El camino de regreso fue más silencioso que cualquier otro.
Yo miraba por la ventana, viendo las luces pasar como si fueran segundos que no podía detener.
Él se bajó primero.
Antes de entrar a la casa de Ofelia, volteó hacia mí.
No dijo nada.
Pero su mirada fue suficiente.
Subí a mi casa con el pecho todavía apretado.
Y por primera vez desde que llegó…
entendí que ya no estaba tratando de evitar la despedida.