Quemaduras de anhelo

Cap 12 la maleta cerrada

No fui al aeropuerto.

Y no fue porque fuera fuerte.

Fue porque era cobarde.

No quería ver el momento exacto en que él eligiera irse.

Esa noche toqué su puerta sabiendo que ya nada podía cambiarse.

—Pasa —dijo.

Entré.

La maleta estaba cerrada.

Y juro que nunca había odiado tanto un objeto.

Estaba ahí, tranquila, firme, definitiva.

Me acerqué y me senté a su lado. Mis manos estaban frías. Las escondí entre mis piernas para que no lo notara.

No sabíamos cómo despedirnos.

Eso es lo cruel de las despedidas reales: nadie te enseña cómo hacerlas.

—Mañana no vayas —dijo.

Su voz no sonó fuerte. Sonó cansada.

—No iba a ir —respondí.

Porque si lo veía caminar hacia la puerta, me iba a romper ahí mismo.

Apoyé la cabeza en su hombro y sentí su respiración. Intenté grabarla. Intenté memorizarla. Intenté convencerme de que no sería la última vez que la escucharía así, tan cerca.

Pero mi cuerpo sabía.

El cuerpo siempre sabe cuando algo se termina.

—Tengo miedo —dije.

No era una frase linda. Era verdad.

—¿De qué? —preguntó.

Tardé en responder.

—De que cuando te vayas… yo ya no importe igual.

Ahí se hizo un silencio que dolió más que cualquier palabra.

Porque la distancia cambia cosas.

La rutina cambia cosas.

La vida cambia cosas.

Y yo no podía competir contra un país entero.

Sentí su mano apretar la mía.

—No digas eso.

Pero no dijo “no va a pasar”.

Solo dijo “no digas eso”.

Y entendí más de lo que quería entender.

Lo miré.

Sus ojos estaban brillosos. No lloraba. Pero estaba conteniéndose.

Me acerqué y lo besé antes de pensar.

No fue lento.

Fue desesperado.

Como si mi boca estuviera intentando dejar una marca que el tiempo no pudiera borrar.

Mis manos temblaban. Las suyas también.

Y en medio del beso me di cuenta de algo terrible:

No podía detenerlo.

No con amor.

No con lágrimas.

No con nada.

Cuando me separé, ya estaba llorando.

No elegante. No silenciosamente bonita.

Llorando de verdad.

Me cubrí la cara porque no quería que me viera así.

Agosto me había hecho sentir fuerte.

Septiembre me estaba mostrando lo contrario.

Él intentó abrazarme más fuerte.

—Circe…

Pero yo negué con la cabeza.

—No prometas nada —le pedí—. No me prometas cosas que no sabes si podrás cumplir.

Porque prefería el dolor honesto a la ilusión que se rompe después.

Nos quedamos abrazados en silencio.

Sentí su corazón acelerado contra mi pecho.

Pensé en algo horrible:

Que quizás esta sería la última vez que lo escucharía así de cerca.

El tiempo no se detuvo.

Nunca lo hace.

Cuando me levanté, sentí que algo dentro de mí se quedaba sentado en esa cama.

Caminé hacia la puerta.

No quería voltear.

Pero lo hice.

Él estaba ahí. Mirándome como si también estuviera perdiendo algo.

Y lo estaba.

—Buenas noches —susurré.

Sonó como adiós.

—Buenas noches, Circe.

Cerré la puerta.

Y supe que ya nada volvería a ser exactamente igual.

Tres días después

No bajé cuando se fue.

Escuché la puerta.

El motor.

El silencio.

Y me quedé en la cama mirando el techo, como si si no me movía, el día no empezaría.

Pero empezó.

Y eso fue lo peor.

El primer día intenté convencerme de que estaba bien.

El segundo día fingí que no esperaba nada.

El tercero me di cuenta de que sí estaba esperando.

Estaba sentada en mi cama cuando el teléfono vibró.

Un sonido pequeño.

Pero mi corazón reaccionó como si alguien lo hubiera apretado con fuerza.

Miré la pantalla.

Su nombre.

Me quedé mirándolo varios segundos antes de abrirlo.

Tenía miedo de que no dijera lo que necesitaba leer.

Abrí el mensaje.

“Circe cómo estás? Te extraño cuídate.”

Eso fue todo.

Tres días de distancia resumidos en una línea.

Leí “te extraño” una y otra vez.

Y entonces lo imaginé.

En otro cuarto.

En otro país.

Sin mí.

Y aun así escribiendo mi nombre.

No fue felicidad lo que sentí.

Fue algo más complejo.

Fue darme cuenta de que lo nuestro sí existió…

pero que ahora existía lejos.

Las lágrimas salieron sin que pudiera detenerlas.

No porque el mensaje fuera insuficiente.

Sino porque era suficiente para confirmar que dolía en ambos lados.

Apoyé el teléfono contra mi pecho.

Y lloré como no había llorado en agosto.

Lloré por la maleta cerrada.

Por la habitación vacía.

Por la versión de mí que fue feliz sin pensar en el final.

Por el miedo de que el tiempo hiciera lo que siempre hace: seguir adelante.

El verano había terminado.

Y yo ya no era la misma que comenzó en él.

Porque ahora sabía lo que era querer algo que no podía retener.

Y eso cambia a una persona.

Cuando abrí los ojos, el cuarto estaba igual.

Pero yo no.

Y entendí algo que dolía aceptar:

Amar no siempre significa quedarse.

A veces significa recordar.




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