Desperté con la sensación de que algo estaba a punto de cambiar. Era lunes por la mañana, y el sol todavía no lograba atravesar por completo las cortinas de mi cuarto. El calendario sobre mi escritorio me recordaba que aquella semana era la última de clases antes de las vacaciones de verano. La emoción y los nervios se mezclaban en un torbellino difícil de controlar.
Mi mamá, Leonor, ya estaba en la cocina preparando el desayuno. Su aroma a café recién hecho y tostadas siempre lograba calmarme un poco, aunque hoy ni siquiera el olor parecía suficiente.
—¿Lista para la última semana de clases? —preguntó mientras servía el café.
Asentí con una sonrisa, aunque mis pensamientos ya estaban a kilómetros de distancia. La semana siguiente me iba de viaje al país de Vernon, y aunque la idea de volver a verlo me llenaba de emoción, también me daba miedo. Iba a ser la primera vez que viajara sola, aunque mi tía Ofelia había planeado acompañarme. Al final, sin embargo, no pudo; el trabajo le demandaba más tiempo del que esperaba y sus compromisos no le permitieron venir.
Mi hermana Marium entró a la cocina con su uniforme escolar, todavía medio dormida, y se sirvió cereal sin mirarme mucho. Siempre era así, concentrada en su mundo y ajena al mío, pero de alguna manera eso me hacía sentir más libre.
—¿Ya tienes todo listo para el viaje? —me preguntó mientras tomaba la leche de la nevera.
—Casi —respondí—. Solo me falta organizar un par de cosas antes de irme.
Ese día en la escuela fue una mezcla de rutina y anticipación. Mientras caminaba por los pasillos, cada pequeño detalle me recordaba que pronto todo sería diferente: las clases terminarían, las vacaciones comenzarían, y yo estaría a miles de kilómetros de casa. No quería pensar demasiado en Vernon todavía, pero era imposible. Su imagen, su sonrisa, el sonido de su voz se colaban en cada pensamiento.
Esa tarde, después de clases, ayudé a mi mamá con las compras. Teníamos que dejar todo listo para que la semana siguiente pudiera salir tranquila y concentrarme en mi viaje. La lista era larga: ropa cómoda, unos cuantos libros, mi diario y algunas cosas que sabía que necesitaría para estar varios días en casa de mi prima Elvira.
—Recuerda empacar también un suéter —me dijo Leonor mientras me entregaba una pequeña maleta—. Por las noches puede hacer frío.
Asentí y sonreí. Siempre cuidando cada detalle, como siempre ha sido ella.
Cuando llegué a casa, me senté frente a la ventana del cuarto. Observé la calle tranquila, los niños jugando, los autos pasando a lo lejos. Todo parecía normal, estable, como si nada fuera a cambiar. Pero yo sabía que no era así. Esta semana sería solo el preámbulo de algo mucho más intenso, de un verano que prometía ser inolvidable.
Abrí mi mochila y revisé mentalmente cada cosa que iba a llevar: ropa ligera, un par de vestidos, zapatos cómodos, mi neceser. Y entre todo eso, había un pequeño espacio reservado para los recuerdos de los últimos días con Vernon, aunque apenas habíamos hablado en los últimos meses. No sabía cómo sería volver a verlo, cómo reaccionaría él al verme allí, ni si nuestra conexión seguiría intacta después de tanto tiempo.
Esa noche, mientras me preparaba para dormir, mi corazón no dejaba de latir más rápido. La idea de viajar sola me daba miedo, pero también una curiosidad inmensa. Una semana más y estaría en su país, en la casa de mi prima Elvira, rodeada de su familia y de la posibilidad de reencontrarme con Vernon.
Cerré los ojos y respiré profundo. Intenté decirme que todo saldría bien, que la emoción valía cualquier nerviosismo. Pero en el fondo sabía que este verano no sería como cualquier otro. Algo estaba a punto de cambiar para siempre, y yo no estaba segura de si estaba lista… o si alguna vez lo estaría.