Desperté con el corazón latiendo demasiado rápido. Hoy era el día. La semana de clases había terminado y en unos días comenzaría mi viaje al país donde Vernon vivía. Al principio, pensaba que iría con mi tía Ofelia, como habíamos planeado meses atrás, pero un cambio inesperado en su trabajo lo arruinó todo. Hubiera preferido que ella estuviera allí, que me diera su mano firme y tranquila mientras cruzábamos el aeropuerto, pero no.
Al principio me sentí un poco desamparada. ¿Ir sola? Nunca lo había hecho. ¿Y si algo salía mal? Pero justo cuando estaba a punto de resignarme al nerviosismo, apareció Ángela, mi prima menor, con una sonrisa enorme y una maleta que parecía casi tan grande como ella.
—¡Sorpresa! —dijo, como si supiera exactamente cuánto necesitaba verla—. Tu tía cambió su pasaje, así que me tocó venir a acompañarte.
Sentí un alivio inmediato. Ángela siempre tenía esa capacidad de transformar cualquier momento en algo más ligero, más seguro. Le di un abrazo rápido, apretado, y por un instante el mundo dejó de ser aterrador.
—¡Gracias! —le dije, todavía nerviosa—. No sabes cuánto necesitaba verte.
—Lo sé —respondió con esa sonrisa confiada que siempre me hacía sentir que todo iba a salir bien—. Vamos, que tenemos un avión que no espera.
El aeropuerto estaba lleno, con anuncios por altavoz, maletas rodando y gente de todas partes del mundo caminando apresurada. Todo me parecía abrumador, pero tener a Ángela a mi lado me daba una sensación de seguridad que no había anticipado. Mientras caminábamos, me contaba pequeñas cosas: quién había ganado el concurso de talentos en la escuela, cómo su gato se escondía cada vez que Jerko llegaba a casa, y hasta los detalles más tontos se sentían importantes porque me distraían de los nervios.
Al pasar por la zona de cafeterías, no pude evitar detenerme frente a la máquina de jugos recién exprimidos. Ángela me dio un empujón juguetón.
—Ni se te ocurra comprarte eso, que luego te da sueño en el avión.
Reí y sacudí la cabeza, agradecida por su preocupación. Incluso en medio de mis miedos, sus palabras me recordaban que no estaba completamente sola.
En la cola para abordar, nos detuvimos un momento. Me miró y me dijo con una sonrisa traviesa:
—Vas a ver, Circe, todo va a estar bien. Además, voy a ser tu espía personal mientras estés allí.
Reí a pesar de los nervios. Su presencia convertía lo desconocido en algo manejable. Me recordó que no estaba completamente sola, y eso me dio fuerzas para respirar más profundo y enfrentar el viaje.
Durante el vuelo, Ángela y yo hablamos de todo y de nada. Hablamos de Vernon sin decir su nombre directamente, compartiendo teorías tontas de lo que él estaría haciendo, pero sin expectativas, solo dejando que el pensamiento flotara. Cada comentario me hacía sonreír, pero también me recordaba la mezcla de miedo y emoción que me esperaba cuando finalmente lo viera. Mirar por la ventanilla y ver cómo el mundo se hacía pequeño bajo las nubes me daba una sensación extraña: libertad y vértigo al mismo tiempo.
Cuando aterrizamos, mi corazón dio un salto. Sabía que mi prima había sido un puente entre la ansiedad y la emoción, y que sin ella, probablemente estaría demasiado nerviosa para siquiera salir del avión con confianza. El viaje hasta la casa de Elvira fue tranquilo, con Ángela señalándome calles y pequeñas tiendas, comentando sobre la comida que tendría que probar y los lugares que no podía perderme. Me contaba sobre los parques que habían visitado cuando eran pequeñas y sobre los cafés que prometía llevarme, y todo parecía mucho más real, más tangible gracias a sus historias.
Al llegar, Elvira nos recibió con los brazos abiertos. Su esposo Jerko nos sonrió tranquilizadoramente, y los niños corrieron a saludarme con curiosidad y alegría. Todo era familiar y nuevo al mismo tiempo.
—Bienvenida, Circe —dijo Elvira—. Ángela me contó todo, parece que la trajiste bien acompañada.
Asentí, sonriendo, mientras veía a Ángela guiándome hacia mi habitación. No podía evitar sentir que ese pequeño giro —que Ángela viniera en lugar de Ofelia— había hecho todo más especial. Sabía que en los próximos días ella sería mi cómplice, mi confidente.
Esa noche, mientras me acomodaba en mi cama, escuché los sonidos de la casa: risas lejanas de los niños, la voz tranquila de Jerko ordenando algo en la cocina, y la presencia constante de Ángela jugando con ellos. Todo parecía normal, pero mi mente seguía a Vernon. A pesar de la distancia, la incertidumbre y los nervios, sentía que estaba exactamente donde debía estar.
Cerré los ojos un instante y respiré hondo. Este viaje no solo era conocer su país. Era enfrentar mis propios miedos, aceptar la emoción de lo desconocido… y prepararme para lo que mi corazón ya había decidido que quería. Mientras escuchaba el murmullo de la casa y los pasos lejanos de Ángela, supe que, de alguna manera, estaba lista para lo que viniera.