Quemaduras de anhelo : ecos del verano

Cap 4 tardé en llegar

La tarde cayó con una calma que parecía engañosa.

Lana corría por la sala con un dibujo en la mano, hablándole a Vernon como si fuera el único capaz de entender la magnitud de su obra.

—Tengo nueve años y ya dibujo mejor que tú —anunció con total seguridad.

Vernon se inclinó hacia ella, fingiendo analizar el papel.

—Eso no es muy difícil —respondió con una sonrisa paciente.

Ella soltó una risa escandalosa y salió disparada hacia la cocina para enseñárselo a su madre.

Ángela estaba sentada en el sofá, cruzada de piernas, observando la escena con una tranquilidad casi profesional. A sus veintiocho años tenía esa forma de estar presente sin intervenir, como si supiera que no todo necesitaba comentario.

Elvira apareció desde la cocina.

—Faltan algunas cosas para la cena —dijo—. ¿Pueden ir al mini super?

Miró a Vernon y luego a mí.

—Ustedes son los únicos libres.

No hubo discusión. Vernon tomó las llaves. Yo asentí.

Y salimos.

El aire de la calle era fresco, ligeramente húmedo. Caminábamos uno al lado del otro, dejando entre nosotros una distancia mínima, suficiente para no tocarnos, pero demasiado corta para fingir indiferencia.

Al principio hablamos de lo evidente.

Que el barrio había cambiado.

Que la tienda de la esquina ahora era una farmacia.

Que el tráfico parecía peor que antes.

Nada importante.

Pero algo estaba esperando.

—Pensé que vendrías el año pasado —dijo de pronto.

No me miró cuando lo dijo.

Yo sabía que esa frase existía desde antes de que saliéramos de la casa.

—Lo intenté —respondí con sinceridad.

Mis pasos se hicieron más lentos sin que lo notara.

—Estaba ahorrando. De verdad.

Guardó silencio, atento.

—Pero en mi trabajo las cosas empezaron a ir mal. No fue algo grande… solo comentarios, cambios de turno sin avisar, actitudes raras. Al principio pensé que podía soportarlo. Después ya no.

Tragué saliva antes de continuar.

—Me fui. Y encontrar otro trabajo que fuera igual de flexible con la universidad fue más difícil de lo que pensé. Perdí tiempo. Y dinero.

El sonido lejano de un semáforo marcando el paso peatonal llenó el espacio entre nosotros.

—Tuve que empezar a ahorrar desde cero.

No había dramatismo en mi voz. Solo hechos.

—No quería venir sin tenerlo organizado —añadí—. No quería depender de nadie. Y no quería llegar a medias.

Él caminaba un poco más despacio ahora.

—No sabía eso —dijo finalmente.

—No te lo conté.

Porque explicar el cansancio a distancia nunca es fácil.

Llegamos a la esquina. Al cruzar la calle, nuestras manos casi se rozaron. Fue un movimiento mínimo, natural por la cercanía.

Ninguno se apartó.

Pero tampoco terminamos de tocarnos.

El mini super estaba casi vacío. Tomamos lo necesario: pan, una botella de salsa, bebidas. Todo práctico. Todo normal.

Al salir, el cielo empezaba a oscurecer.

Entonces él dijo:

—Cambiaste.

Lo dijo sin sonrisa.

Lo miré.

Había algo distinto en su forma de observarme. Más atento. Más contenido.

—Tú también.

No fue un cumplido ni una acusación. Solo verdad.

Había cambiado su postura, su manera de medir las palabras. Ya no era el mismo chico que había ido de visita dos años atrás. Y yo tampoco era la misma que lo había despedido en el aeropuerto prometiendo que iría “el próximo año”.

Seguimos caminando.

—No pensé que tardarías tanto —añadió más bajo.

No sonó molesto. Sonó… sincero.

Respiré hondo antes de responder.

—Yo tampoco pensé que me tomaría tanto tiempo venir.

Esta vez sí lo miré cuando lo dije.

No había excusas en la frase. Solo reconocimiento.

Él asintió despacio, como si entendiera algo que no necesitaba más explicación.

Al llegar a la casa, se detuvo antes de abrir la puerta.

Fue un gesto pequeño, pero suficiente para que yo también me detuviera.

El porche estaba iluminado por una luz amarilla tenue. La calle estaba en silencio. Desde dentro se escuchaba la voz de Lana riendo por algo.

Vernon me miró de una manera distinta. No como durante la caminata. No como en la sala el día anterior.

Más cerca.

No dijo nada.

Tampoco me abrazó.

Solo dio un paso hacia mí.

Sentí su respiración antes de entender lo que iba a hacer.

Inclinó ligeramente el rostro.

Y nuestras narices se rozaron.

Fue suave. Breve. Familiar.

Un gesto que no necesitaba explicación.

No era el cariño de antes.

No era la cercanía de antes.

Pero tampoco era indiferencia.

Fue como si nuestros cuerpos recordaran algo que nuestras palabras todavía estaban intentando descifrar.

No duró más de un par de segundos.

Se separó primero.

—Vamos —murmuró.

Y abrió la puerta.

Lana corrió hacia nosotros apenas entramos.

—¿Trajeron mi jugo?— preguntó la hermana menor de Vernon

—Sí, jefa —respondió Vernon entregándole la bolsa.

Ángela levantó la vista desde el sofá y nos dedicó una sonrisa ligera, tranquila, como si no hubiera nada especial en que volviéramos juntos.

Y tal vez no lo había.

Pero mientras dejaba las cosas en la cocina, entendí algo.

No se trataba solo de haber llegado.

Se trataba de todo lo que había tenido que pasar para poder hacerlo.

Y de que, a pesar del tiempo, la distancia y las versiones distintas que ahora éramos…

Algunas cosas no habían desaparecido.

Solo habían aprendido a esperar.




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