Quemaduras de anhelo : ecos del verano

Cap 5 las noches pesadas

El día había sido sorprendentemente ligero.

Lana no me dejó sentarme ni cinco minutos seguidos. Tenía nueve años y la energía de alguien que todavía cree que el mundo se puede arreglar con brillantina.

Insistió en que la ayudara con una maqueta del sistema solar. A mitad del proyecto ya habíamos decidido que los planetas necesitaban más color del necesario.

—Si la maestra pregunta, le dices que fue idea científica —le susurré.

—No. Le voy a decir que fue idea tuya —respondió con una sonrisa traicionera.

Vernon estaba sentado frente a nosotras, observando en silencio.

No decía mucho.

Pero miraba.

Y no era una mirada casual.

Era como si estuviera intentando memorizar algo.

Esa noche la casa quedó en calma.

Lana dormía.

Ángela se había ido a su habitación hacía rato.

Elvira hablaba por teléfono en voz baja en la sala.

Yo bajé a la cocina por agua.

Vernon ya estaba ahí.

Apoyado en la encimera, mirando hacia la ventana.

—¿No duermes? —pregunté.

—A veces me cuesta.

Tomé un vaso. El sonido del agua llenándolo fue lo único que se escuchó por unos segundos.

—No siempre fue así —añadió él.

Lo miré.

—¿Cuándo?

Dudó apenas.

—Cuando fui a visitarte… y volví.

Mi cuerpo se tensó sin que lo notara.

—Pensé que sería más fácil regresar a mi rutina —continuó—. Mi casa, mis amigos, mi trabajo. Todo estaba igual.

Hizo una pausa.

—Pero yo no.

El silencio se volvió más pesado.

—Hubo noches en las que no podía dormir.

Sus dedos jugaron distraídamente con el borde de la mesa.

—Le decía a mi mamá que era porque extrañaba a mi abuela.

Levantó la mirada hacia mí.

—Y era verdad. La extrañaba.

Su voz bajó apenas.

—Pero no era solo eso.

Sentí que mi respiración se hacía más lenta.

—Me despertaba pensando en cosas pequeñas. Conversaciones. El aeropuerto. La forma en que me miraste cuando me fui.

Tragó saliva.

—Me parecía ridículo sentir tanto por alguien que estaba tan lejos.

No había dramatismo.

Solo sinceridad.

—Hubo noches en las que tuve que voltearme para que nadie notara que estaba llorando.

No lloraba ahora.

Lo decía con una calma que daba más miedo que las lágrimas.

—Quise a mi primera novia —dijo después de unos segundos—. Y te quise a ti.

No lo dijo para comparar. Lo dijo como verdad histórica.

—Pero después… intenté seguir adelante.

No me moví.

—Salí con alguien el año pasado. Pensé que con el tiempo volvería a sentir lo mismo.

Se quedó en silencio un momento.

—No pasó.

Su mirada no buscaba compasión. Buscaba comprensión.

—No era culpa de ella. Yo simplemente… no podía.

El aire entre nosotros cambió.

—Y eso me molestó. Porque no entendía por qué no podía sentir esa intensidad otra vez.

Dio un paso más cerca.

No me tocó.

—Cuando dijiste que vendrías el año pasado… pensé que tal vez eso cerraría algo. O lo aclararía.

Respiré hondo.

—Y cuando no viniste, me convencí de que era mejor así.

Esa frase dolió un poco.

Pero no por enojo.

Por honestidad.

—Me acostumbré a no esperarte —añadió—. O eso creí.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

No incómodo.

No tenso.

Sino lleno.

—¿Y ahora? —pregunté, casi sin voz.

Me miró con una intensidad que no había mostrado antes.

—Ahora no sé si estoy empezando de nuevo…

Su voz bajó apenas.

—…o si simplemente nunca dejé de sentir lo mismo.

No se acercó más.

No intentó besarme.

Y entendí que eso era precisamente lo que hacía que sus palabras pesaran más.

Porque no era impulso.

Era algo que había sobrevivido al tiempo, a la distancia y a los intentos fallidos de reemplazo.

Y por primera vez desde que llegué, sentí que no solo yo había estado cargando con lo que pasó hace dos años.

Él también lo había hecho.

En silencio.

En su propio país.

En sus propias noches.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.