A la mañana siguiente del beso, el silencio fue distinto.
No incómodo.
Pero más consciente.
Vernon abrió los ojos primero esta vez. Yo ya estaba despierta, mirando el techo.
Giró la cabeza hacia mí.
—Oye.
Su voz todavía tenía sueño.
—¿Te arrepientes?
No lo dijo con miedo.
Lo dijo como quien necesita saber.
Lo miré despacio.
Recordé la conversación.
El miedo.
El beso.
Negué.
—No.
Su expresión se suavizó, pero aún así preguntó:
—¿Ni un poco?
Me acerqué apenas.
—¿Tú sí?
—No —respondió rápido.
Eso me hizo sonreír.
Apoyó la frente contra la mía, como si ese gesto ya fuera costumbre.
—Solo quería asegurarme.
—No me arrepiento —repetí, más firme esta vez.
Y no mentía.
Los días siguientes fueron tranquilos.
Sin drama.
Sin confesiones nuevas.
Solo cercanía que ya no fingía ser casual.
Pequeños roces al pasar.
Miradas que duraban medio segundo más de lo necesario.
Sonrisas privadas en medio de conversaciones familiares.
Dos o tres días después, la casa amaneció más ruidosa de lo normal.
Ángela quería ir con Elvira y Lana a los grandes almacenes. Yerko ya se había ido temprano al trabajo.
—¿Vienes, Circe? —preguntó Elvira desde la puerta.
Miré mi laptop abierta sobre la mesa.
—Me mandaron algo de la universidad. Un examen online. Es opcional… pero si lo hago me suma puntos.
No era mi mejor materia.
Y si podía subir la nota, lo haría.
—Entonces quédate, hija —dijo Elvira con cariño—. No tardes mucho.
Los despedí en la puerta.
La casa quedó en silencio.
Vernon ya se había ido temprano con sus amigos a jugar fútbol.
Me quedé sola.
Respiré hondo.
Abrí el examen.
Al principio me tensé. Era una materia que nunca se me había dado fácil. Pero conforme avanzaba, las preguntas no eran tan complicadas como había imaginado.
Una hora después, lo terminé.
Lo revisé dos veces.
Lo envié.
Y por primera vez en días, sentí orgullo simple. Sin romance. Sin conflicto.
Solo yo.
Minutos después escuché la puerta abrirse de golpe.
Risas nerviosas.
Pasos desiguales.
Me levanté de la mesa.
Vernon entró apoyado en el hombro de uno de sus amigos.
El chico me miró y, con un inglés torpe pero decidido, explicó:
—Eh… football… ankle… twist. Not broken. Just… bad.
Señaló el tobillo de Vernon.
—He say is fine. But… not fine.
No pude evitar sonreír.
—Thank you.
Entre los dos lo ayudamos a sentarse en el sofá. El amigo se despidió rápido, prometiendo escribirle más tarde.
La puerta se cerró.
Silencio otra vez.
Pero distinto.
Me arrodillé frente a Vernon.
—¿Déjame ver?
—No es nada —dijo, intentando sonar tranquilo.
Le quité el zapato con cuidado.
El tobillo ya empezaba a inflamarse un poco.
—Ajá. “Nada”.
También tenía un raspón leve en la pierna.
Fui por hielo y un pequeño botiquín.
Cuando regresé, él me observaba con una expresión que no supe descifrar al instante.
Me senté frente a él otra vez.
—Te mueves demasiado —murmuré mientras limpiaba el raspón.
—Me gusta que me cuides.
Le lancé una mirada rápida.
—No te acostumbres.
Pero sonreí.
El hielo hizo que se tensara un poco.
Instintivamente apoyó la mano en mi rodilla.
No fue dramático.
Fue natural.
Su mano se quedó ahí.
Mis dedos terminaron el vendaje con cuidado.
—Listo.
No me levanté de inmediato.
Él tampoco apartó la mano.
El silencio empezó a cargarse de algo más suave. Más lento.
—Entonces… ¿cómo te fue en el examen? —preguntó.
—No estaba tan difícil como pensé.
—Ves. Siempre piensas que todo es más grave de lo que es.
—No todo.
Lo miré.
Su mirada cambió apenas.
Menos juguetona.
Más profunda.
—¿Sigues sin arrepentirte? —preguntó esta vez en voz más baja.
Negué.
Y esta vez fui yo quien se acercó.
Muy poco.
Lo suficiente para que nuestras respiraciones se mezclaran.
Su mano subió de mi rodilla a mi cintura, despacio. Preguntando sin palabras.
No me aparté.
El beso comenzó lento.
Más lento que el primero.
Más consciente.
Sus dedos se deslizaron por mi espalda con cuidado, como si todavía estuviera aprendiendo dónde podía quedarse.
Yo apoyé las manos en su pecho.
Sentí su corazón latiendo rápido.
Nos separamos apenas.
—Tu tobillo —susurré.
—No me duele ahora.
La forma en que lo dijo hizo que mi estómago se tensara suavemente.
Volvimos a besarnos.
Un poco más profundo.
Un poco más largo.
No había prisa.
La casa estaba vacía.
El mundo estaba lejos.
Sus manos fueron más seguras esta vez, recorriendo mi cintura, mi espalda, mis costados. No invasivas. Solo explorando.
Mis dedos se enredaron en su cabello.
El aire se volvió más pesado.
Nos movimos apenas hasta quedar más cerca en el sofá.
No cruzamos ninguna línea abrupta.
Fue una progresión.
Pequeños roces.
Sus labios bajando despacio hacia mi cuello.
Mi respiración perdiendo el ritmo.
—Circe —murmuró contra mi piel.
No sonó a duda.
Sonó a certeza.
Mis manos bajaron por su espalda.
Sentí el calor bajo la tela.
El beso volvió a mi boca, más intenso, pero aún cuidadoso.
No había culpa.
No había miedo.
Solo dos personas que ya habían decidido quedarse… al menos por ahora.
Cuando nos separamos, ambos respirábamos distinto.
No cruzamos más allá.
Pero la promesa quedó suspendida en el aire.
Apoyé mi frente contra la suya.
—No te muevas mucho —dije, intentando recuperar algo de compostura.