No debería haber cerrado la puerta.
Eso fue lo primero que pensé cuando escuché el clic suave detrás de Vernon.
No fue un gesto dramático.
Ni siquiera consciente.
Pero lo sentí.
El aire cambió.
Me arrodillé frente a él para revisar su tobillo otra vez. El vendaje necesitaba ajustarse. O eso me dije.
Mis dedos rozaron su piel con cuidado.
Demasiado lento.
Sentí su mirada sobre mí. No en mi rostro. Más abajo. Subiendo. Bajando.
Tragué saliva.
—¿Te duele? —pregunté, intentando sonar normal.
—Un poco.
Pero su voz no estaba concentrada en el tobillo.
Cuando terminé y fui a levantarme, su mano cerró suavemente alrededor de mi muñeca.
No me detuvo con fuerza.
Me preguntó sin palabras.
Lo miré.
No había juego en sus ojos.
Había intención.
Y eso fue lo que me hizo no apartarme.
Me atrajo hacia él con cuidado y terminé sentada sobre sus piernas. Su tobillo lesionado lo obligó a moverse lento, pero sus manos fueron seguras cuando encontraron mi cintura.
Sentí el calor de sus dedos a través de la tela.
Demasiado consciente.
Mi respiración ya no era estable.
—Sigues sin arrepentirte —murmuró.
—No.
Mi voz salió más suave de lo que esperaba.
Su pulgar trazó una línea lenta por mi espalda.
Fue solo eso.
Y aun así me estremecí.
El beso no fue como los anteriores.
Fue más profundo.
Más firme.
Sus manos ya no dudaban tanto.
Y las mías tampoco.
Sentí su corazón acelerarse bajo mis dedos.
Sentí mi cuerpo inclinarse hacia él sin pensarlo demasiado.
Cuando sus labios bajaron apenas hacia mi cuello, el aire se volvió más pesado.
—Vernon… —susurré.
No era un rechazo.
Era una advertencia suave.
Se detuvo de inmediato.
Eso hizo que lo besara otra vez.
Más lento.
Más consciente.
Más peligroso.
Cuando finalmente me aparté, mi frente quedó apoyada en la suya. Respirábamos distinto.
Demasiado cerca.
Demasiado.
Él se levantó primero, con cuidado por el tobillo.
Abrió la puerta.
Y ahí fue cuando la vi.
Ángela estaba al final del pasillo.
No completamente de frente.
Pero lo suficiente.
Sus ojos bajaron del rostro de Vernon a mi habitación.
A la puerta cerrándose.
A mí detrás de él.
No dijo nada.
Solo sostuvo mi mirada un segundo más largo de lo normal.
Después sonrió.
Pero no fue una sonrisa distraída.
Fue una sonrisa que sabía.
Y siguió caminando.
El corazón me golpeó el pecho.
No dijo nada.
Pero lo había visto.
Y ahora ya no éramos solo nosotros dos quienes lo sabíamos.