Querida Isabel

Capitulo 1: El Eco de los Metales

Dicen que los grandes cambios no siempre vienen acompañados de fanfarrias o señales divinas. A veces, el destino tiene el olor metálico de un gimnasio y el sonido rítmico de discos chocando entre sí.

Era mi primer día. Entré con esa mezcla de incomodidad y determinación que uno carga cuando intenta reinventarse. El lugar estaba lleno de gente en movimiento, un caos de esfuerzo y música alta que me hacía sentir fuera de lugar. Pero entonces, el ruido se volvió blanco.

Allí estaba ella.

Estaba sentada, recuperando el aliento tras una serie de ejercicios. El cansancio parecía sentarle bien, como si fuera una armadura de cristal. Me quedé ahí, de pie, con la torpeza de quien no sabe qué hacer con las manos en un lugar desconocido.

De pronto, ocurrió.

Ella subió la mirada. Fue un movimiento lento, casi coreografiado por el azar. En ese segundo, el gimnasio dejó de existir. No había máquinas, no había gente, no había mañana. Solo estaban sus ojos encontrando los míos. Fue un impacto silencioso, una colisión que no dejó marcas en la piel, pero que lo cambió todo por dentro. Ella me vio, y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien realmente me miraba.

En aquel momento no lo sabía, pero ese cruce de miradas era el prólogo de mi naufragio.




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