Querida Isabel

Capitulo 2: El Motor de los Catorce

El primer intercambio de miradas fue solo la grieta por la que se filtró el destino. Los días siguientes fueron un juego de sombras; nos veíamos de lejos, entre el peso de las mancuernas y el sudor del esfuerzo, hasta que finalmente el silencio se rompió. No recuerdo la frase exacta, pero recuerdo que su voz cortó la monotonía de mis mañanas para siempre.

A partir de ahí, el gimnasio dejó de ser un lugar de entrenamiento para convertirse en nuestra sala de espera.

Ella era tres años mayor. A los catorce, esa diferencia se siente como un océano de experiencia, una brecha que me hacía mirarla con una admiración casi sagrada. Yo era un chico asomándose al borde de la madurez, y ella, con sus diecisiete, parecía llevar la delantera en un mundo que yo apenas empezaba a entender.

Nuestra complicidad encontró su refugio en la vieja moto de mi padre.

A las ocho de la mañana, cuando el sol apenas empezaba a calentar el asfalto y la ciudad se desperezaba, ella se subía detrás de mí. No había la oscuridad del misterio, sino la claridad de un día que empezaba a nuestro favor. Sentir su cercanía mientras navegábamos por las calles de regreso a su casa era mi victoria diaria. El viento fresco de la mañana nos golpeaba la cara, llevándose el cansancio del ejercicio, mientras yo me concentraba en el camino para no delatar cuánto me temblaban las manos por tenerla tan cerca.

Con cada trayecto, bajo esa luz de mañana que lo hacía ver todo más brillante, me iba hundiendo más. No fue un flechazo repentino; fue una erosión lenta y dulce. Entre más la conocía, más se desdibujaba el resto del mundo. Me estaba enamorando de la mujer que ella ya era, mientras yo, a mis catorce años, intentaba aprender a la velocidad del motor cómo estar a su altura.

Sin saberlo, en cada viaje a su casa, estaba entregando partes de mí que nunca recuperaría.

Un día, mientras el motor de la moto de mi padre vibraba entre nosotros camino a su casa, ella lanzó la pregunta que yo tanto había temido y esperado a la vez:

—¿Cuántos años tienes realmente? —me soltó, con esa curiosidad directa de quien empieza a ver algo más que a un amigo.

—Catorce —respondí, intentando que mi voz no delatara la inseguridad de mi edad.

Sentí su sorpresa en el silencio que siguió. Ella me miró como si estuviera releyendo un libro que creía conocer. Me confesó que pensaba que teníamos la misma edad; mi estatura, un poco más baja que la suya, la había engañado, haciéndole creer que simplemente no había dado el "estirón". Pero ahí estábamos: ella, una joven de diecisiete años con la mirada tras sus lentes y el cabello corto —ese estilo que siempre me ha desarmado—, y yo, un chico de catorce que la miraba hacia arriba en todos los sentidos.

Ella era blanca, de una belleza limpia y serena, y esos lentes le daban un aire de madurez que me cautivaba. A pesar de la cifra, algo nos mantenía conectados en esos trayectos de las ocho de la mañana.

Sin embargo, el destino tiene una forma cruel de probar la resistencia de los hilos invisibles.

Dejé de ir al gimnasio. Por razones de la vida, mis mañanas cambiaron y la rutina que nos unía se rompió de golpe. En aquel entonces, no tenía su número, no había mensajes de texto, no había redes sociales a las que acudir. El único puente entre nosotros era ese gimnasio y el asiento trasero de mi moto.

De la noche a la mañana, ella se convirtió en un recuerdo de ocho de la mañana. Me quedé con la sensación de un libro que se cierra justo en el capítulo más interesante, preguntándome si ella también me buscaba con la mirada entre las máquinas, o si yo solo había sido un pasajero temporal en su vida.




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