Querida Isabel

Capitulo 3: El Regreso en dos Ruedas

Pasaron tres años. Tres años en los que el recuerdo de su cabello corto y su mirada tras los cristales se fue acomodando en un rincón de mi memoria, como un fantasma silencioso. Yo ya no era el niño de catorce años; el tiempo había pasado, pero el sentimiento se había quedado congelado, esperando un deshielo que parecía imposible.

Entonces, el destino —o esa extraña forma que tiene la vida de cerrar círculos— decidió intervenir una noche.

Yo iba en la bicicleta de mi abuelo, pedaleando sin rumbo fijo, cuando la vi. Salió de la casa de una amiga, también sobre una bicicleta. La oscuridad de la noche nos rodeaba, pero la reconocí al instante. El corazón, que había estado en calma durante mil días, dio un vuelco violento. El tiempo se dobló sobre sí mismo y, de repente, volvíamos a tener ocho de la mañana en el cuerpo, aunque fueran las diez de la noche.

Decidimos seguir el camino juntos. El roce de los neumáticos contra el asfalto era el único sonido que acompañaba nuestra charla. Hablamos de todo y de nada, recuperando los segundos perdidos. Al llegar al porche de su casa, con el frescor de la noche como testigo, sentí que no podía callar más. El silencio de tres años pesaba demasiado.

—Todavía te amo —le dije, y las palabras flotaron en el aire del porche con una gravedad absoluta—. Nunca dejé de esperarte.

Se lo confesé todo: que aquel niño del gimnasio nunca se había ido, que el sentimiento había sobrevivido a la ausencia y al silencio. Ella me miró con una sorpresa genuina, conmovida por la idea de que alguien la hubiera amado con tanta lealtad durante tanto tiempo. Me confesó que yo siempre le había atraído, pero que en aquel entonces, esos tres años de diferencia eran un muro que ella no sabía cómo saltar.

Luego, vino el golpe de realidad.

—Tengo novio —me dijo.

Esa frase debió ser el final, pero para mí fue solo un obstáculo más. El amor de un joven de diecisiete años que ha esperado tres inviernos no se rinde con una palabra. Sabía que ella sentía algo, lo veía en su mirada. Así que, a pesar de su compromiso, decidí quedarme. Volvimos a hablar a diario, reconstruyendo el puente que se había roto, con la esperanza de que, esta vez, el amor pesara más que el pasado o que cualquier otra persona.




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