Querida Isabel

Capitulo 4: Sangría y Paredes de Azulejo

Para intentar llegar a su corazón, me convertí en un estratega de los pequeños detalles. En ese entonces, yo vendía productos por catálogo, y cada entrega era la excusa perfecta para esconder una caja de chocolates o algún detalle que le recordara que yo seguía ahí, firme. No había señales claras de su parte; ella no prometía dejar a su novio, pero me permitía estar cerca, y en ese juego de cercanía, yo iba aprendiendo sus gustos, sus miedos y el mapa de su sonrisa.

Un domingo, decidí cambiar el escenario. La invité a una piscina junto a un par de amigos. Quería verla fuera de la rutina, bajo el sol.

Verla en el agua era como ver una fotografía que nunca quieres que se borre. Sus ojos brillando, sus cachetes marcados por la risa y esa sonrisa que me desarmaba por completo. Ella tenía una luz especial ese día. Entre risas y chapoteos, pedí a un amigo que buscara una botella de sangría. Al rato, estábamos los dos sentados al borde de la alberca, con los pies sumergidos y el sabor dulce del vino en los labios, mientras el mundo —y mis amigos— parecían quedar en un segundo plano.

Entonces, el ambiente cambió.

—Acompáñame al baño —me dijo ella.

La seguí, con el pulso empezando a acelerarse. No recuerdo si fue una invitación explícita o si simplemente la inercia de estar con ella me llevó a cruzar la puerta, pero de pronto, el espacio se redujo a cuatro paredes de azulejos y el sonido de nuestras respiraciones. Era la primera vez que estaba a solas con una chica en un lugar tan pequeño. Los nervios me quemaban.

Ella empezó a hablar. Me confesó las grietas de su relación actual, las cosas feas que estaban pasando, la incertidumbre de no saber si seguir o soltar. Se veía vulnerable, con los ojos nublados por las ganas de llorar. Yo estaba ahí, paralizado, buscando las palabras correctas para consolarla, pero ella no quería palabras.

Me miró.

Y antes de que yo pudiera reaccionar, me dio el beso que yo había estado ensayando en mi mente durante tres años. Sus labios eran cálidos, suaves, un refugio que olía a sol y a sangría. Nos perdimos en ese beso durante tres minutos que parecieron una eternidad suspendida en el aire, un secreto encerrado bajo llave. No pasamos a más porque alguien tocó la puerta, devolviéndonos bruscamente a la realidad.

Salimos de allí como si nada hubiera pasado, pero para mí, todo había cambiado. El trayecto de regreso a su casa fue distinto. La dejé en su puerta y me fui a la mía con el impacto del beso todavía vibrando en mi boca. Había obtenido lo que quería, pero ahora el misterio era más grande: ¿Había sido un beso de despedida a su antigua relación, o el verdadero inicio de lo nuestro?




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