El día después de la piscina fue como despertar de un sueño para chocar con un muro de cristal. Ella me escribió con la naturalidad de quien no recuerda haber cruzado el cielo. El alcohol había borrado los rastros del beso en su memoria, pero no en mi piel. Cuando le recordé lo que había pasado entre nosotros en aquel baño, el silencio se apoderó de la pantalla.
—Que esto quede entre nosotros —fue su única sentencia—. No se lo digas a nadie. Ni a tu mejor amigo.
Acepté el secreto como quien guarda un tesoro prohibido. Me convertí en su sombra fiel, en su apoyo constante. La llevaba en la moto a sus diligencias, la esperaba fuera de sus pasantías de la universidad, desafiando incluso a mis propios pulmones. Recuerdo una tarde donde el cielo amenazaba con romperse; el aire estaba pesado y mi asma empezaba a silbar en mi pecho, pero no me importó mojarme con tal de que ella tuviera un viaje seguro a casa. Cada detalle, cada regalo por catálogo, cada kilómetro recorrido era mi forma de decirle: "Yo estoy aquí, y él no".
Entonces, llegaron las vacaciones y tuve que viajar para ver a mi familia materna. La distancia física no nos separó de inmediato, pero creó el espacio perfecto para que el veneno hiciera su efecto.
Una tarde, el teléfono vibró con una violencia que no esperaba. Eran mensajes cargados de furia, palabras que cortaban más que cualquier frío. Me acusaba de haber manchado su nombre, de andar diciendo en las calles mentiras atroces, de presumir una intimidad que aún no nos pertenecía.
Su novio —el hombre que ella aún no soltaba— le había sembrado la duda, y ella, en lugar de creer en el chico que la esperaba bajo la lluvia, eligió creer en la infamia. No importó que yo estuviera a kilómetros de distancia, no importó mi lealtad de años. Mi voz no tuvo fuerza frente a sus gritos escritos.
—¡Es mentira! ¡Yo ni siquiera estoy allá! —traté de explicar, pero el muro ya estaba levantado.
Sin una última palabra, sin darme el derecho a la defensa, el silencio se volvió absoluto. Bloqueo. En un segundo, pasé de ser su confidente y su amante secreto a ser un extraño expulsado de su vida. El vacío que dejó fue más pesado que cualquier asma; era la asfixia de saber que me habían arrebatado mi historia sin dejarme contar mi verdad.
El vacío que dejó el bloqueo fue una herida que no cerró con el tiempo. Me quedé paralizado, con el corazón temblando en una frecuencia que solo el dolor conoce. Lloré. Lloré por la injusticia, por la impotencia de que una mentira de su novio fuera más fuerte que mis años de lealtad. Pero el silencio fue absoluto.
Pasaron los meses y el 2025 comenzó con el peso de mi último año de bachillerato. Traté de seguir adelante. Intenté refugiarme en los brazos de otra persona, buscando desesperadamente su mirada en otros ojos, sus gestos en otro cuerpo. Pero fue un error. Solo terminé rompiendo un corazón ajeno porque el mío seguía ocupado por una inquilina que se negaba a marchar. Nadie podía competir con el recuerdo de la chica del gimnasio.
El destino, que siempre tiene un sentido del humor retorcido, decidió citarme con el pasado en el lugar menos esperado: los juegos intercursos de mi liceo.
Ese último día me asignaron como seguridad en la puerta de la cancha. Caminaba cumpliendo mi deber cuando, de repente, el aire se volvió denso. Al frente, caminando hacia mí, estaba ella.
Era la misma imagen que me había perseguido en sueños: su altura, su cabello corto, su sonrisa encantadora y esos ojos que todavía me hacían sentir como el niño de catorce años en la moto de su padre. Mis sentidos se congelaron. El pánico y el amor se mezclaron en mi garganta y, en un acto de puro instinto de supervivencia, huí. No pude sostenerle la mirada. Me escondí en los baños, con el pulso martilleando en mis oídos, esperando que el mundo dejara de girar.
Cuando salí, ella ya no estaba en el pasillo. Pero mientras vigilaba la puerta, mis ojos la encontraron de nuevo en las gradas del polideportivo. Allí estaba ella, a la distancia, como una cima inalcanzable. No podía dejar de mirarla; era un imán que atraía cada pedazo de mi alma rota. No nos hablamos, no hubo cruce de palabras, solo el silencio de un polideportivo lleno de gente y la certeza de que, aunque el calendario decía que yo me graduaba del bachillerato, mi corazón seguía atrapado en la clase de sus recuerdos.