Querida Isabel

Capítulo 6: El Retorno de lo Inevitable

La vida tiene vueltas que el corazón no alcanza a procesar. Apenas un par de días después de verla en las gradas del liceo, mi teléfono vibró con un nombre que creía perdido en el pasado.

—Hola, ¿cómo has estado? —escribió ella.

Entré en pánico. El aire me faltó como en mis peores crisis de asma. ¿Realmente me estaba escribiendo después de tanto silencio? Empezamos a hablar de nuevo, con la cautela de quien camina sobre hielo fino, hasta que una noche me invitó a su casa.

Nos sentamos frente a frente en la mesa del comedor. El ambiente estaba cargado de todo lo que no nos habíamos dicho. Finalmente, el tema del bloqueo salió a la luz. La miré a los ojos, con la firmeza de quien no tiene nada que ocultar, y le juré que yo jamás hablaría mal de ella. Porque no se puede ensuciar lo que uno ama, y yo la amaba con una fe que rozaba lo sagrado.

Ella bajó la guardia. Me confesó que se había dejado llevar por la rabia y por los comentarios cizañeros de su ahora exnovio. Al escuchar esa palabra —"ex"—, una llamarada de esperanza se encendió en mi pecho. Por fin, después de años de sombras, el camino parecía despejado.

Sin embargo, el amor no siempre es una línea recta. Aunque recuperamos la comunicación y yo volví a ser su sombra protectora en la moto y en el gimnasio, ella tenía miedo. Las heridas de su relación pasada la hacían dudar, y esos dos años de diferencia —ella con diecinueve, yo con diecisiete— seguían pesando en su cabeza. Pero yo no conocía la palabra rendición. Me gané a su madre, a su hermana, y sobre todo, me propuse ganarme su confianza cada día.

Todo culminó un 14 de febrero.

Fue nuestra primera cita oficial. La noche era perfecta, envuelta en ese aura de los primeros nervios. Le regalé flores, comimos hamburguesas y terminamos en una plaza que, sin saberlo, se convertiría en nuestro refugio eterno. Hablábamos de lo especial que había sido la velada cuando, de repente, ocurrió.

Fiel a su estilo y a mi torpeza de eterno enamorado, fue ella quien dio el primer paso. Se inclinó y me besó. Fue nuestro segundo beso, pero se sintió como el primero de una vida nueva. Sus labios seguían siendo cálidos, suaves, el lugar donde siempre quise quedarme a vivir. Estábamos nerviosos, casi como si estuviéramos cometiendo un pecado hermoso bajo la luz de la luna.

Esa noche la dejé en su casa sintiéndome el dueño del mundo. No éramos "oficiales" ante los demás, pero esa plaza y ese beso eran el contrato que mi corazón llevaba esperando desde los catorce años.




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