Querida Isabel

Capítulo 7: El Color de una Promesa

Para ella, el amor no era una palabra que se lanzaba al viento con facilidad. En las semanas previas, nuestras charlas en su casa se volvieron el mapa de lo que vendría. Ella fue clara: quería respeto, honestidad sin fisuras y, por encima de todo, que su privacidad fuera un santuario sagrado. Me estaba entregando las llaves de su mundo, pero me advertía que debía cuidarlas con madurez.

El 5 de abril de 2025 se marcó en mi calendario como el día del destino.

No quería flores rojas ni clichés de película barata. Ella era distinta, así que busqué lo que más la representaba: mandé a hacer un ramo de flores negras, su color favorito. Un color que para muchos significa ausencia, pero que para nosotros era la elegancia de lo que es real y profundo.

Esa tarde, antes de que el sol se ocultara por completo, pasé a buscarla por su casa. Teníamos una invitación a un cumpleaños con sus amigos, pero yo tenía otros planes.

—Acompáñame a un sitio rápido antes de irnos —le dije, intentando que los nervios no me traicionaran el habla.

Ella aceptó, un poco confundida, y le pidió a sus amigos que nos esperaran. Cuando el motor de la moto se detuvo frente a mi casa, vi la sorpresa en su rostro. Los nervios empezaron a rebotar entre los dos. La hice pasar y le pedí que me esperara en el comedor mientras yo iba a mi cuarto por el secreto que guardaba.

Salí con las flores negras en la mano. El corazón me golpeaba el pecho con la fuerza de quien se está jugando la vida.

—¿Quieres ser mi novia? —solté, entregándole el ramo.

El silencio que siguió fue eterno. Un vacío de segundos donde mi mente repasó los últimos tres años de mi vida. Entonces, ella habló.

—Sí —dijo.

Su respuesta fue un poco seca, envuelta en esa timidez que la caracteriza. Me confesó que estaba nerviosa y que le costaba horrores expresar lo que sentía, pero para mí, ese "sí" fue la música más hermosa que jamás escuché. Estaba feliz, con una alegría que desbordaba cada centímetro de mi cuerpo. El chico del gimnasio finalmente lo había logrado.

Regresamos a su casa, ella guardó sus flores y nos fuimos al cumpleaños. Esa noche, mientras recorríamos el pueblo en la moto, el viento se sentía distinto. Ya no era yo llevándola de regreso; éramos nosotros dos, juntos, escribiendo las primeras líneas de una historia de amor oficial que nos pertenecía solo a nosotros.




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