Querida Isabel

Capítulo 8: La Grieta en el Cristal

Durante meses, el mundo fue nuestro. Los domingos en mi casa se convirtieron en rituales sagrados; días donde el tiempo se detenía entre películas, risas y la certeza de que, por fin, la tenía a mi lado. Pero más allá de los momentos de descanso, ella se convirtió en mi mayor pilar.

Cuando llegó el momento de mi graduación de bachillerato, ella estuvo allí, celebrando cada paso de mi logro como si fuera propio. No solo fue su presencia lo que me sostuvo; en un gesto de generosidad que nunca olvidaré, ella me regaló mi sesión de fotos de graduación. Quería que tuviera el recuerdo perfecto de ese cierre de etapa, y se encargó de que así fuera. Yo me desvivía por ella: cartas escritas a mano, detalles constantes, y hasta el esfuerzo de regalarle un teléfono y un televisor. Quería devolverle un poco del inmenso apoyo que me brindaba.

La diferencia de edad se había disuelto. Éramos simplemente dos personas que se amaban. O eso creía yo.

Sin darme cuenta, empecé a asfixiar lo que tanto me había costado conseguir. Ella me lo advirtió desde el primer día: "Respeta mi espacio, respeta mi privacidad". Pero el miedo a perderla, ese fantasma que me perseguía desde los catorce años, me jugó una mala pasada. Mis celos y mi inseguridad me llevaron a invadir su santuario, a cruzar fronteras que no debí tocar. Lo hice sin pensar, cegado por un amor que se estaba volviendo posesivo. Intentaba cambiar, se lo prometía una y otra vez, pero terminaba cometiendo los mismos errores. Estaba dañando la flor que ella tanto había cuidado.

Entonces, cuando la relación ya estaba frágil por mis fallos, el mundo exterior terminó de romperlo todo.

A los ocho meses de noviazgo, mi familia estalló. Fui acusado de cosas que no hice, calumnias que dolían más por venir de mi propia sangre. Me echaron de casa sin mirar atrás. En ese momento de oscuridad total, cuando todos me daban la espalda, ella y su madre fueron las únicas que me tendieron la mano. No me juzgaron; me abrieron las puertas de su hogar y me brindaron el apoyo que mi propia familia me negaba.

Esa primera noche dormí en su casa con el alma rota, refugiado en su protección, mientras el odio de mis parientes se extendía hacia ella y su familia, manchando sus nombres por todo el pueblo. La situación se volvió peligrosa. Yo seguía siendo menor de edad y el miedo a una demanda o a represalias legales contra ella por tenerme allí me obligó a tomar una decisión desgarradora. Tuve que irme con mi familia materna, buscando un respiro, pero el veneno ya había llegado allí. Nadie me creía. Estaba solo, lejos de las únicas personas que me habían apoyado, y con la dolorosa sospecha de que mi caos personal estaba terminando de destruir lo poco que quedaba de su felicidad a mi lado.




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