Querida Isabel

Capítulo 9: El Axilio del Corazón

Mi estancia con mi familia materna fue un infierno silencioso. Mientras yo intentaba reconstruir mi nombre, ellos se encargaban de pisotearlo con comparaciones hirientes, dándole la razón a quienes me habían echado de casa. Estaba solo, rodeado de gente que me veía como el villano de una historia que no entendían. Pero nada de eso dolía tanto como lo que estaba pasando con Isabel.

El 22 de Diciembre, el mundo se terminó de derrumbar. A través de una llamada que todavía resuena en mi cabeza, escuché su voz cansada. Me terminó. Dijo que no podía más, que mis errores habían agotado su paciencia. En ese momento, sentí que perdía lo único real que me quedaba. Aunque ella me prometió que al viajar a Maracay volveríamos, la realidad era una agonía constante.

Pasé el 24 y el 31 de diciembre encerrado en un cuarto, ignorando las festividades, habitando únicamente en el recuerdo de su risa. La depresión me arrastró a un abismo tan profundo que intenté apagar mi propia luz, pero el destino no me dejó irme; solo quedaron marcas en mi piel como testigos de mi desesperación.

Finalmente, llegué a Maracay para empezar de cero, pero el reencuentro no fue el bálsamo que esperaba. Ella rompió su promesa. Hubo un momento fugaz en el que, ante mi insistencia, me dijo que sí, que volviéramos; pero por orgullo o por miedo a que no fuera un sentimiento real, le dije que no. Fue el error más amargo de mi vida.

Desde entonces, me convertí en un náufrago que ruega por una tabla de salvación. He llorado en llamadas de madrugada y suplicado en mensajes infinitos. Ella me pide que no me aferre, que busque otras motivaciones, y las tengo: sigo ayudando a su madre con el pago del internet y mi motor son "Rafita" y la "Uva". Esos niños, sus sobrinos, son la familia que elegí; especialmente Rafa, que me mira con el amor que solo un tío conoce. Por ellos y por ella, sigo en pie.

Hoy, la situación ha cambiado a un precio muy alto. Le he dicho que no me importa ser un "migajero", que no me importa compartir su tiempo o que me ignore, con tal de no perderla. He aceptado ser, prácticamente, su juguete. Duele, y la falta de atención me quema por dentro, pero sigo aquí, esperando el día en que vuelva a mirarme con la seriedad de antes. Sigo esperando la oportunidad de demostrarle que el chico que cometió errores ya no existe, y que mi amor es lo suficientemente grande para aguantar cualquier tormenta hasta que decidamos caminar juntos de nuevo.

Fin..




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